Traducción de Tomás Martínez de un artículo del NPA-R
El acuerdo de paz anunciado por Trump y firmado el 17 de junio no garantiza que no habrá más contratiempos, especialmente dado que la enorme fuerza militar estadounidense permanece desplegada y ahora se abre un plazo de 60 días para cerrar un acuerdo definitivo. Este periodo podría verse marcado por tácticas de presión, amenazas o incluso bombas, tal como se observó durante las semanas de supuesto “alto el fuego” previas a la firma del acuerdo actual.
Sin embargo, está claro que Trump quiere salir del atolladero que creó con su guerra contra Irán. Animado por su éxito en Venezuela, es probable que supusiera que el asesinato del líder supremo y de otras figuras clave (incluidos el jefe de la Guardia Revolucionaria y el ministro de Defensa), sumado a la llegada de la flota estadounidense, propiciaría la aparición de un gobierno de relevo en el seno de la dictadura iraní: uno dispuesto a alinearse con EEUU y a servir a sus intereses. La amnistía por crímenes de guerra es el privilegio de los asesinos que dirigen el mundo bajo el sistema capitalista. Desde los bombardeos masivos para controlar el mercado petrolero de Oriente Medio hasta más modestamente el despliegue de una fuerza expedicionaria de aliados en África para controlar, entre otras cosas, ciertos recursos minerales, todos han desempeñado su papel.
Un acuerdo totalmente beneficioso para el régimen iraní
El protocolo representa una verdadera derrota para su política belicista. EEUU promete la retirada de sus fuerzas de la República Islámica de Irán” y abstenerse de cualquier injerencia en sus asuntos internos: el levantamiento de las sanciones económicas, el descongelamiento de activos y la liberación de cuentas y exenciones del Tesoro estadounidense para la exportación de petróleo crudo iraní. Se suma la promesa de 300 mil millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo económico. Nadie sabe quién lo financiará: ¿los países vecinos productores de petróleo? Una forma de que su capital se beneficiara del «dividendo de la paz».
La República Islámica reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares, se compromete a eliminar sus reservas de material enriquecido y a negociar el futuro de su programa. Mientras tanto, debe mantener el statu quo actual y EEUU no impondrá nuevas sanciones. No es más que el acuerdo nuclear firmado en 2015 bajo la administración Obama: el principal problema era el control del petróleo. Se añade el levantamiento del bloqueo naval a Irán, la reanudación del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz, sin que Irán cobre tasas de tránsito, y futuras conversaciones con los demás estados del Golfo.
Negociaciones y tácticas de presión
Aún son posibles muchos giros inesperados. La armada estadounidense permanece en tierra, amenazando con usar bombas para negociar acuerdos en contra de la población iraní. Los primeros indicios de problemas surgieron rápidamente. El 20 de junio, Irán volvió a cerrar el estratégico paso fronterizo, amenazando con restablecer un peaje, tras los ataques israelíes contra el Líbano. Trump replicó en redes sociales: “No habrá peaje en el estrecho de Ormuz […] a menos que lo imponga EEUU […] por los servicios prestados como ángel de la guarda a los países de Oriente Medio”. Pero exhibir su poderío militar mientras amenaza simultáneamente a sus aliados regionales no puede ocultar el fracaso de su agresión del pasado febrero.
Para disgusto de Netanyahu y los halcones israelíes, quienes no dudan en criticarlo por su sumisión a EEUU, el reciente arrebato de Trump por los últimos ataques aéreos israelíes en Beirut, que interrumpieron sus negociaciones con Irán, no detendrá la guerra de Israel en el Líbano. Como garante de la paz en Oriente Medio, fuertemente armado con el apoyo de las principales potencias occidentales, es improbable que Israel sea completamente repudiado por sus protectores y conserva vía libre para sus propias guerras. Estas guerras obstaculizan en cierta medida las maniobras diplomáticas de Trump, aunque él las había aplaudido sin reservas.
Como siempre, es la población la que ha pagado el precio de la aventura emprendida por Trump con su aliado Netanyahu. Tras las muertes y la destrucción industrial que ya han provocado oleadas de despidos, ¿provocará el empeoramiento de la situación social disturbios en Irán, un país que ha sufrido varios ataques en los últimos años? Quizás, pero al menos inicialmente la dictadura iraní podría verse aún más fortalecida por el rotundo fracaso de la guerra lanzada por Trump, exigiendo ahora aún más sacrificios y salarios más bajos en nombre de la reconstrucción, al tiempo que acusa a sus oponentes de traición.