Traducimos de Yasmina Soriano de un artículo del NPA Révolucionnaires (Francia)
Desde hace varias semanas, un movimiento apodado la «revolución de los flamencos rosas» está cobrando fuerza en Albania contra los proyectos de inversión del clan Trump. Detrás de esas protestas, los manifestantes señalan como objetivo al Gobierno de Edi Rama, y, más allá de este, señalan al sistema en general.
Desde 2024, Jared Kushner e Ivanka Trump —yerno e hija, respectivamente, del presidente estadounidense— han hecho público su plan para construir un complejo hotelero de lujo en la isla de Sazan, frente a la costa albanesa, cerca de la segunda ciudad del país, Vlorë.
Desde el principio, el proyecto ha suscitado oposición: está previsto que se construya en pleno delta del río Vjosa, uno de los últimos ríos europeos cuyo curso permanece en gran medida libre de la intervención humana, y amenaza, entre otras cosas, una zona protegida donde habitan numerosos flamencos rosas, de los que toma su pintoresco nombre este movimiento.
Los «flamencos» se ponen al rojo vivo
El reciente recrudecimiento de las protestas se produjo tras una nueva visita de Kushner e Ivanka Trump y el inicio del vallado de terrenos dentro de la reserva protegida de Vjosa-Narta, un paso que materializa los planes de construcción.
Esta nueva oleada llega después de las manifestaciones celebradas entre el diciembre y abril pasados, que desembocaron en violentos enfrentamientos con la policía en Tirana y en las que se exigía la dimisión del primer ministro, Edi Rama. Estas protestas tienen como punto de mira —ya entonces y también ahora— la corrupción y una política de alineamiento con los nuevos objetivos del imperialismo estadounidense. Después de haber aceptado previamente las políticas imperialistas europeas mediante la instalación de centros de internamiento para migrantes expulsados de Italia (con la esperanza de acelerar así la integración del país en la Unión Europea), el Gobierno de Rama está permitiendo el establecimiento de un «cuartel general para operaciones especiales» del ejército estadounidense y se ha alineado sistemáticamente con los Gobiernos de Estados Unidos e Israel en las votaciones de la ONU sobre el genocidio en Palestina.
No resulta sorprendente que, tras el lema general «Albania no está en venta», que no está exento de cierto nacionalismo, las manifestaciones más recientes, cada vez más numerosas, hayan vuelto a enlazar con las críticas generales a la corrupción y con la exigencia de la dimisión de Rama, considerado un apoyo fundamental del proyecto.
En las numerosas pancartas de los manifestantes pueden leerse consignas tan variadas como rupturistas: «Cuando los estudiantes se rebelan, el Estado tiembla» o «Si no hay justicia para el pueblo, no habrá paz para el Gobierno». Y mientras que las protestas de comienzos de la primavera estuvieron parcialmente marcadas por la presencia de la oposición conservadora encabezada por Sali Berisha, son muchos los jóvenes que expresan su rechazo hacia los dos principales partidos, considerados las dos caras de un mismo sistema podrido y corrupto hasta la médula. Algunas pancartas proclaman: «Rama a la cárcel, Berisha a la cárcel».
La política de Estados Unidos refuerza además su indignación: el pasado 12 de junio, Trump levantó las duras sanciones impuestas a Berisha —equiparables a las que pesan sobre los principales dirigentes rusos—, reservándose así un posible peón de recambio.
¿Una nueva «Primavera de los Balcanes»?
Durante mucho tiempo, la juventud albanesa se sintió más inclinada a emigrar que a movilizarse. Hoy, sin embargo, sigue los pasos de los jóvenes de Turquía, Serbia, Grecia, Bulgaria y Rumanía.
El 23 de mayo, en Belgrado, nuevas manifestaciones acompañadas de violentos enfrentamientos con las fuerzas del orden recordaron que el movimiento en Serbia, articulado en torno a temas y reivindicaciones similares a los de Albania, está lejos de haberse apagado.
Todo parece indicar que una nueva «Primavera de los Balcanes» está acercándose.