4 AÑOS DE GUERRA EN UCRANIA Y 2 MILLONES DE MUERTOS POR MERCADEOS A ESPALDAS DEL PUEBLO


Traducción de Tomás Martínez de un artículo del NPA-Révolutionnaires

Acaban de cumplirse 4 años de guerra en Ucrania, en pleno corazón de Europa, iniciada por Putin el 24 de febrero de 2022. Esta guerra, librada con fines imperialistas del autócrata ruso, recibió la respuesta de los rivales occidentales, liderados por EEUU y amparados por la OTAN, que proporcionaron a Ucrania ayuda militar y financiera altamente interesada (que, por supuesto, deberá ser devuelta). El verdadero propósito de esta supuesta ayuda quedó claro cuando Trump le arrebató a Zelenski un contrato el verano pasado para la explotación de las “tierras raras”, la riqueza mineral del país.

Las negociaciones en curso, una compleja partida de billar, entre Trump y Putin, entre representantes de la UE y Ucrania, y ahora también entre representantes de Ucrania y Rusia, giran en torno al reparto del botín en la posguerra. El equilibrio de poder entre las potencias imperialistas se ha visto drásticamente alterado por el conflicto. Los EEUU de Trump se complacen en haber salido victoriosos, tras haber reintroducido a Putin en el círculo de las grandes potencias y también en la esfera de sus acuerdos. Sus aliados europeos, debilitados y desanimados, buscan negociar su parte en la reconstrucción capitalista de la región.

Según un informe del CSIS (Center for Strategic and International Studies), esta guerra se ha cobrado más vidas militares en 4 años que cualquier otra potencia desde el final de la II Guerra Mundial. Casi 2 millones de víctimas, entre muertos y heridos. Entre 500.000 y 600.000 muertos o heridos entre las tropas ucranianas, 1,2 millones entre las tropas rusas. ¡Una terrible catástrofe humana! Terribles daños materiales en barrios completamente destruidos, instalaciones industriales y equipos destruidos. Y casi 8 millones de ucranianos han huido al extranjero. 3,7 millones de desplazados dentro del país de una población total que era de 43 millones en 2021. Hoy las vemos sin electricidad ni calefacción desde que el ejército ruso atacó la infraestructura energética del país.

Zelenski en guerra al servicio de los capitalistas ucranianos

El régimen de Zelenski gestiona la defensa de Ucrania contra la invasión rusa únicamente en beneficio de los capitalistas ucranianos. Las consecuencias de este enfoque clasista son un deslizamiento político hacia un nacionalismo exacerbado y la transformación de Ucrania en un estado económico semicolonial del imperialismo occidental.

El esfuerzo bélico recae sobre la clase trabajadora, mientras que los hijos de ministros o la burguesía quedan exentos de la movilización. Este tipo de injusticia flagrante la que alimenta el creciente número de deserciones. Circulan vídeos de reacciones populares, a menudo de mujeres, contra los reclutadores militares que secuestran en las calles a quienes no se presentan al servicio militar obligatorio. Esta resistencia está obligando al régimen a hacer algunas concesiones, como la reapertura de las fronteras para los menores de 22 años.

Durante la guerra, Zelenski continuó con su agenda política proempresarial: limitó los derechos sindicales, introdujo contratos flexibles de «cero horas» e implementó reformas en el código laboral que perjudicaron a los trabajadores. Para cooptar a las clases trabajadoras a pesar de todo, el gobierno está desplegando propaganda ultranacionalista: las llamadas leyes de «descolonización», pero en realidad son leyes de «desrusificación» que buscan eliminar la cultura y el idioma rusos de la educación, las bibliotecas y los medios de comunicación, a pesar de que un segmento de la población ucraniana habla ruso. Esta situación beneficia a la extrema derecha: en Kiev, la avenida Moscú ha sido rebautizada como avenida Bandera (líder pronazi de un grupo armado ucraniano durante la Segunda Guerra Mundial).

Esta decisión clasista tiene consecuencias en el frente militar: la defensa ucraniana depende únicamente de la capacidad represiva del Estado para reclutar carne de cañón, por un lado, y armas occidentales, por otro, a costa de una inminente esclavitud económica.

Detrás de la represión de Putin, un desafío continuo a la guerra

Desde los primeros días de la invasión rusa de Ucrania, se desató la represión contra las decenas de miles de personas contrarias a la escalada bélica. A esto le siguieron arrestos, juicios, fuertes multas, intimidación e incluso largas penas de prisión en campos de internamiento. Un millón de personas huyeron del país y la represión no ha hecho más que intensificarse. En abril de 2023, Putin firmó una ley que condena a cadena perpetua a cualquier «traidor a la patria». Rusia cuenta actualmente con más de 1700 presos políticos, según algunas ONG, más que toda la Unión Soviética en los 80. Cada mes se abren 60 nuevas causas penales por «traición» contra ciudadanos que han criticado la guerra.

A finales de enero, los medios de comunicación anunciaron que figuras de la oposición liberal a Putin, un segmento de la burguesía rusa que espera su momento si cae el dictador, están siendo cortejadas por las democracias imperialistas europeas. Entre otras cosas, negociaron la liberación en 2024 de Ilya Yashin, estrecho colaborador del líder opositor Alexei Navalny, quien murió, probablemente asesinado, en febrero de 2024. Sin embargo, guardan silencio sobre la suerte de cientos de personas más, entre ellas Boris Kagarlitsky, figura destacada de la izquierda socialista rusa, detenido en 2023 y condenado a años de prisión en una colonia penitenciaria.

La represión se dirige especialmente a los jóvenes. En noviembre de 2025 la edad de responsabilidad penal se redujo de 16 a 14 años. Según el ministerio del Interior ruso, 159 adolescentes han sido procesados ​​por traición como Arseny Turbin, de 14 años, arrestado en septiembre de 2023 y condenado a 5 años de prisión por publicar vídeos antibélicos en redes sociales. El objetivo es disuadir cualquier intento de oponerse a su política de guerra. Pero la población dista mucho de estar unida porque Rusia ha entrado en una economía de guerra, lo que pesa cada vez más sobre la clase trabajadora.

Para los soldados rasos que intentan desertar, el castigo suele ser terrible. Aún existen imágenes de mercenarios de Wagner filmándose golpeando hasta la muerte con un mazo a un soldado acusado de desertar. Con frecuencia, los desertores capturados son encerrados en sótanos y torturados antes de ser enviados a regimientos desplegados en el frente, donde la muerte es casi segura. Sin embargo las deserciones en el ejército sigue aumentando. La asociación rusa de apoyo a los desertores, «Adiós a las armas», estima que entre 30.000 y 40.000 soldados desertaron solo en 2023; cifras difíciles de verificar que demuestran el alcance de la oposición a la guerra en un país que se presenta monolítico.