El pueblo de Montefrío se convirtió en noticia el pasado 6 de abril cuando un hombre agredió a varias personas en plena calle con un hacha. Este hecho coincidió, hacía apenas unos días, con una brutal violación en Zafarraya, también en la provincia de Granada. Ambos crímenes, absolutamente injustificables y de carácter puntual, fueron rápidamente aprovechados por la prensa para avivar el fuego en un contexto político como el actual, donde la extrema derecha se vertebra cada vez más en torno a la xenofobia y el racismo. Una vez más, la etnia del agresor solo se vuelve relevante cuando sirve para alimentar discursos de odio contra la población migrante.
Dentro de este discurso dominante —que no busca en ningún caso cuestionar la lógica del sistema injusto en el que vivimos— resulta mucho más sencillo culpar a quienes llegan a trabajar en condiciones de esclavitud que señalar a los verdaderos responsables: los patrones que explotan a la clase obrera, sea esta nativa o extranjera. En esa lógica perversa, la extrema derecha, que actúa como fiel garante de esa desigualdad, insiste en hablar de “migración sin control” y de “reconquista”. Sin embargo, es esa misma extrema derecha la que apuesta por profundizar un modelo económico que depende estructuralmente de esa mano de obra explotada, especialmente en sectores como la agricultura, la hostelería o los cuidados, garantizando así que los beneficios de la patronal sigan creciendo a costa de la precariedad de la población migrante.
En lo que respecta a la vida de las mujeres, lejos de buscar una mejora real de nuestras condiciones, pretenden eliminar avances básicos como las políticas contra la violencia de género o la educación sexual y de género. Y cuando se trata de nuestro cuerpo quieren controlarlo, apostando por prohibir el aborto universal y gratuito o el uso del velo, como ya ha sucedido en Granada respecto al niqab. Todo ello evidencia que a los fascistas no les interesa ni nuestra emancipación ni nuestra seguridad; no les importa que se nos viole. Lo que hacen es instrumentalizar el sufrimiento de las mujeres para alimentar el odio, canalizar la rabia y engrosar sus propias filas.
Todo esto ocurre, además, en un momento político en el que el “gobierno más progresista de nuestra historia” continúa reforzando unas fronteras que matan, mientras los CIE siguen existiendo y las devoluciones en caliente no han desaparecido. A pesar de la reciente aprobación de un proceso de regularización extraordinaria, al que no se ha dotado de los recursos suficientes para agilizarlo y con un alcance muy limitado: solo permite regularizar a quienes cumplan determinados criterios y, además, de forma temporal, durante apenas un año.
Quieren un Torrepacheco global
Cuando los fascistas hablan de “reconquista”, conviene preguntarse de qué están hablando exactamente en una ciudad como Granada, donde la presencia árabe se extendió durante ocho siglos, frente a los seis de “dominio cristiano”. O en pueblos como Zafarraya, cuyo nombre viene del árabe o Montefrío, coronado aún hoy por un castillo árabe del siglo XIV. ¿Qué identidad pretenden reivindicar con el lema de “España cristiana y no musulmana”, cuando la propia historia demuestra que una parte fundamental de nuestra herencia cultural hunde sus raíces precisamente en ese pasado que pretenden negar?
Mientras tanto, los propios datos de la Junta de Andalucía muestran que en 2025 municipios como Montefrío contaban con cerca de un 11% de población extranjera —de la cual el 68% es de origen magrebí—, mientras que en Zafarraya esta cifra asciende a casi un 23%, siendo el 92,7% también de origen magrebí. Se trata de pueblos cada vez más abandonados por la población nativa y profundamente dependientes del trabajo agrícola. No es casualidad: la campaña del espárrago en la zona es una de las mayores producciones de Europa y genera enormes beneficios para los grandes propietarios.
En todo este contexto y a raíz del evento que inicia este artículo, Montefrío ha sido recientemente escenario de la llegada de grupos de fuera del pueblo de carácter escuadrista que han llevado a cabo señalamientos contra la población magrebí del municipio, acompañadas de la instalación de pancartas racistas con lemas como “La invasión mata” o “¿Regularizaciones? Remigración”.
Pero estas cacerías no son nuevas en Andalucía. No surgen ahora con la consolidación institucional de la extrema derecha: tienen un largo recorrido. Basta recordar lo ocurrido hace 25 años en El Ejido, bajo un gobierno del PSOE, para entender que este tipo de violencia no es una anomalía reciente, sino el resultado de décadas de políticas que han alimentado el racismo y la exclusión.
¿Qué hacer frente a esta situación?
Por eso, quienes hoy llaman al “voto útil” y se presentan como dique de contención frente a la extrema derecha, apelando al mal menor y pidiendo apoyo para nuevos gobiernos del PSOE, tratan de ocultar deliberadamente 40 años de políticas antisociales y racistas que han servido como caldo de cultivo para la situación actual en la que PP y Vox no tienen ningún reparo en alcanzar acuerdos de Gobierno en comunidades como Extremadura o Aragón centrando el debate en la “prioridad nacional”.
Del mismo modo, tampoco es cierto que la solución pase por más policía, más control o más represión. Desde IZAR, pensamos que la única salida real pasa por la organización conjunta de nuestra clase, superando las divisiones de género, raciales, de orientación sexual… que se nos imponen. Solo así será posible conquistar mejoras reales: políticas sociales para la mayoría, la derogación de la ley de extranjería que criminaliza a la población migrante en beneficio de los terratenientes, y, en última instancia, la superación de este sistema criminal.
Porque si una parte de nuestra clase se está dejando arrastrar por los discursos de la extrema derecha, es como resultado de las políticas antisociales llevadas a cabo por la izquierda institucional y porque no ven una alternativa real a su izquierda. Pero esa alternativa está por construir. Por eso, frente al capitalismo y su lógica racista, se hace necesaria una lógica distinta: la del beneficio de la mayoría social, que solo podrá imponerse mediante la organización y la lucha unitaria de nuestra clase contra los capitalistas y la extrema derecha.