La noche del pasado 3 de enero, bajo la luz de la primera luna llena de 2026, once helicópteros de las fuerzas especiales estadounidenses aterrizaron en el corazón del poder venezolano para secuestrar ilegalmente al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. Este zarpazo imperialista, denominado «Operación Resolución Absoluta», no solo dejó un saldo de un centenar de muertos (32 de ellos cubanos); la soberanía nacional venezolana pisoteada y el certificado de defunción del supuesto Derecho Internacional, que ya hemos abordado en otro artículo.
Sino que también instaló una pregunta punzante en el centro del debate político: ¿quién gobierna ahora Venezuela?
La respuesta, evidentemente, no se agota en nombres propios, sino que apunta a una suerte de tutelaje colonial, basándonos en las primeras medidas y discursos de la exvicepresidenta y hoy máxima autoridad de la república bolivariana de Venezuela, Delcy Rodríguez. Tutelajeque se gesta sobre las cenizas de un proyecto que, aunque transformador en sus inicios, parece estar siendo devorado por sus propias contradicciones burocráticas y su dependencia del capital global.
La administración de Donald Trump no tardó en revelar el verdadero rostro de su intervención. Lejos de la retórica de la «defensa de la democracia» que lleva caracterizando incursiones estadounidenses alrededor de un siglo. Trump, en su primera comparecencia, mencionó la palabra «petróleo» en 29 ocasiones, dejando claro que el objetivo es el control directo de la Faja del Orinoco, la mayor reserva de crudo pesado del planeta, especialmente goloso para la industria petrolera estadounidense que produce principalmente un petróleo muy ligero extraído mediante el Fracking, que combinado con el crudo pesado da un hidrocarburo excelente para su transformación en plásticos, combustibles y otros derivados.
El pragmatismo de la administración Trump cogió por sorpresa a los sectores de la derecha tradicional, cuando inmediatamente oyeron por boca del presidente estadounidense descartar a María Corina Machado, quien no consiguió ablandarlo ni regalándole su bochornoso premio Nóbel de la Paz. En su lugar, Washington ha optado, como interlocutor, por la exvicepresidenta, quien representa para los intereses texanos una figura capaz de garantizar la estabilidad técnica y política para que las multinacionales —como Chevron, ExxonMobil y Shell— retomen el control operativo del crudo. Trump ha sido enfático: el gobierno estadounidense «dirigirá» Venezuela, y las autoridades provisionales deberán entregar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a precio de mercado, bajo la supervisión directa de Washington. La «Agenda de Cooperación» anunciada por la “procónsul” Rodríguez no es más que la aceptación sumisa de los términos del invasor.
Entre imperios anda el juego: la pasividad de Rusia y China
El cacareado éxito que ha podido vender Trump a su electorado tras no conceder ni una sola víctima en su “primera gran intervención militar”, no solo puede explicarse desde la podredumbre del régimen chavista, sino que es imposible de explicar sin la connivencia de Rusia y China, hasta ahora, pilares para el sostén del proyecto bolivariano. Todo parece apuntar a un reparto geopolítico de zonas de influencia que recuerda a las peores prácticas del siglo XIX. Moscú y Beijing, a pesar de sus discursos sobre la «multipolaridad», no movieron un solo dron en defensa de su aliado en Caracas.
Si la pasividad rusa, hoy en el Caribe y ayer en Siria, parecen ser la moneda de cambio para que Washington reconozca el triunfo de Putin en Ucrania y empuje a Europa a aceptar ese nuevo mapa. China, por su parte, tras ver cómo sus inversiones en Venezuela caían drásticamente desde 2018, ha optado por un silencio calculado, redirigiendo su mirada hacia otros mercados y aceptando, por ahora, la hegemonía estadounidense en lo que Trump denomina su «vecindario estratégico», a la espera, quién sabe, del momento propicio para recuperar Taiwan. Para los sectores de la izquierda más campista, a los que no le bastaba el abandono de los pueblos palestinos o saharauis para desmitificar los regímenes ruso y chino, lo acontecido en Caracas supone una lección dolorosa: ni Rusia ni China representan una alternativa antiimperialista, ni mucho menos socialista.
Anatomía de una capitulación: del abandono externo a la traición interna
La pregunta de cómo es posible que fuerzas extranjeras operen con tal impunidad en Caracas solo puede responderse analizando el estado de putrefacción del régimen madurista. La parálisis total de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), que no activó sus sistemas de defensa antiaérea, sugiere una infiltración masiva o una negociación previa a trastienda por parte de sectores del alto mando militar.
La República bolivariana de Venezuela hace ya mucho tiempo que dista de ser la expresión de una revolución viva, asemejándose más a un Bonapartismo sui generis en avanzada etapa de descomposición. En la última década, la cúpula militar se transformó en una verdadera casta empresarial, dirigiendo más de 100 empresas públicas y controlando sectores clave de la minería y el petróleo a través de mecanismos como la «Ley Antibloqueo». Esta boliburocracia, preocupada por preservar sus privilegios y riquezas acumuladas, se ha decantado en repetidas ocasiones por pactar con el imperialismo antes que convocar a una movilización popular que pudiera desbordar su control. El secuestro de Maduro ha sido el epílogo de un proceso donde la desmovilización popular y la represión a la izquierda crítica dejaron al gobierno suspendido en el aire, sin más base que un aparato estatal corroído por la corrupción.
Balance del Proceso Bolivariano: entre el mito y la realidad
Para entender el presente, es obligatorio realizar un balance crítico del ciclo iniciado por Hugo Chávez en 1998. Reconocemos que la Revolución Bolivariana ha sido la experiencia más transformadora de América Latina desde los años 90 del siglo pasado, logrando sacar a millones de personas de la pobreza extrema y desafiando el Consenso de Washington. Sin embargo, su arquitectura política siempre fue la de un régimen que maniobraba entre las clases sin terminar de romper con el Estado burgués. A continuación, mencionamos algunas de las limitaciones que han ido ahogando el proceso.
- La trampa del extractivismo: A pesar de la retórica socialista, el modelo económico nunca superó su carácter rentista. Al contrario, la dependencia del crudo se profundizó: el petróleo pasó de representar el 64% de las exportaciones en 1998 al 92% en 2012. Esta apuesta total por el extractivismo, lejos de otorgar soberanía, encadenó al país a la volatilidad del mercado mundial de commodities.
- Paternalismo vs. Democracia Obrera: Los logros sociales se canalizaron a través de una relación clientelar y paternalista. En lugar de promover una verdadera democracia obrera y la auto-organización desde abajo, la burocracia estatal tuteló cada consejo comunal y sindicato, asfixiando la autonomía de las masas.
- La decadencia bajo Maduro: Tras la muerte de Chávez, el modelo de mando carismático fue reemplazado por un autoritarismo burocrático que, ante la crisis económica de 2014, optó por descargar el peso del ajuste sobre los trabajadores mientras protegía los intereses de la nueva burguesía emergente.
El asesinato de la custodia presidencial cubana y venezolana el 3 de enero fue el golpe final a una estructura que ya estaba hueca por dentro, carcomida por una burocracia que hablaba de socialismo mientras pavimentaba el camino para el regreso del imperialismo.
El imperativo energético: por qué Venezuela y por qué ahora
Para comprender la urgencia de Trump, debemos mirar más allá de la política y observar la geología del capital. Estados Unidos, a pesar de su auge en el fracking, produce un petróleo extraligero que es ineficiente para la producción de diésel, el combustible que mueve la economía global. Sus refinerías están diseñadas para trabajar con mezclas de crudo extrapesado, como el de Canadá o el de la Faja del Orinoco.
Con la producción canadiense estancada y la escasez mundial de diésel amenazando su estabilidad interna, el petróleo venezolano se ha convertido en un objetivo de seguridad nacional para el imperio. Trump no ha ido a Venezuela a llevar la democracia, ni a acabar con el narcotráfico; viene a buscar el componente viscoso que le permita rentabilizar su propia industria energética y asegurar el suministro de diésel para sus máquinas de guerra y transporte. La figura de Delcy Rodríguez es el puente perfecto: alguien que conoce la industria y está dispuesta a abrir la Ley de Hidrocarburos a la privatización masiva en nombre de una supuesta «Agenda de Cooperación».
Hacia una salida revolucionaria e internacionalista
Venezuela se encuentra ante una involución colonial sin precedentes, atrapada entre una agresión imperialista y un gobierno tutelado que acepta la sumisión. Sin embargo, la historia nos enseña que las correlaciones de fuerza no son estáticas y que solo la acción independiente de la clase trabajadora puede romper este nudo gordiano.
Desde IZAR, sostenemos que es imposible realizar una política antiimperialista coherente si no va acompañada de una política anticapitalista y socialista. Como señalaba José Carlos Mariátegui, “la burguesía nacional siempre terminará pactando con el invasor para proteger su propiedad; solo el proletariado y el campesinado pueden llevar la lucha por la liberación nacional hasta sus últimas consecuencias”.