NO SE PUEDE DECIR NO A LA GUERRA SIN DECIR NO A LA OTAN: ES UNA OBLIGACIÓN ACABAR CON LAS BASES AMERICANAS DE ROTA Y MORÓN

El pasado 12 de marzo se cumplían 40 años del referéndum por el que se aprobaba la permanencia del Estado español en la OTAN. La entrada en la alianza se había hecho en mayo de 1982, por parte del gobierno de UCD. No obstante, la presencia militar estadounidense (decir Estados Unidos y decir OTAN es sinónimo, dado el predominio de dicho país como líder indiscutible de esta alianza) en el Estado español, aún vigente, es muy anterior: proviene del franquismo y los pactos que permitieron la instalación de unidades estadounidenses en suelo español, firmados en 1953. La naturaleza de la OTAN como una alianza en defensa de los intereses de la burguesía estadounidense y de la UE, y el uso de esas bases para llevar a cabo intervenciones imperialistas pone de manifiesto que no se puede estar contra la guerra sin exigir que España rompa con ella y se acabe con la presencia estadounidense en las bases de Rota y Morón.

Qué es la OTAN

La II Guerra Mundial, revisitada infinidad de veces por la literatura, el cine y la televisión, es vista como un enfrentamiento entre el nazismo y el fascismo, por un lado, y una especie de alianza antifascista entre democracias liberales y la URSS, por el otro. Sin embargo, y aunque sería un tema en el que profundizar en otro artículo, es necesario entender que este conflicto bélico no fue más que la continuación de la Gran Guerra, es decir, del enfrentamiento entre diferentes potencias (dirigidas por las burguesías correspondientes) por salvaguardar y ampliar sus intereses comerciales y coloniales (o neocoloniales). Una vez terminada la amenaza de Alemania, Italia y Japón para dichos intereses, el miedo al fantasma del comunismo, mitigado por la alianza y la cooperación de la burocracia estalinista de la URSS durante la guerra, emergía entre las burguesías “occidentales”.

Una Europa destruida por el enfrentamiento bélico, en el que el fascismo era asociado al capitalismo, y donde los grandes partidos comunistas poseían un enorme prestigio, era un terreno peligroso que podía poner en cuestión el statu quo, a pesar de la claudicación de las direcciones estalinistas de dichos partidos, como ocurrió en Francia o Italia. Frente a esta amenaza, que se hizo más patente con la toma del poder en Checoslovaquia en 1948 por parte del Partido Comunista (KSČ) y el bloqueo de Berlín Occidental, las burguesías de Europa occidental y Estados Unidos vieron como algo necesario levantar una alianza militar que salvaguardara sus intereses justo a las puertas del que ahora era su enemigo principal, la URSS. Eso se materializaba, el 4 de abril de 1949, con el nacimiento de la OTAN (Organización Tratado Atlántico Norte).

El acuerdo inicial, formado por 12 países, incluía a Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Islandia, Italia, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Portugal y Reino Unido. A estos se irían sumando otros países hasta llegar a los 32 actuales. Como ya hemos dicho, el Estado español lo haría en 1982, para confirmar su continuidad en 1986. Sin embargo, sus relaciones efectivas con la OTAN venían de bastante antes.

Bienvenido Mister Marshall

La dictadura franquista, que alcanzó el poder gracias, entre otras cosas, a la ayuda de la Alemania Nazi y la Italia fascista (con la connivencia de los países occidentales, que decidieron “no intervenir”), tuvo que maniobrar al son de la evolución de la II guerra mundial para apoyar a sus antiguos aliados sin enemistarse con el resto de potencias. Al terminar el conflicto se quedó aislado. La agudización del enfrentamiento con la URSS, y la situación estratégica de los territorios españoles, fueron motivo más que suficiente para quebrar este aislamiento. La España de Franco pasó de ser condenada a un aliado tolerable en solo unos años.

El culmen de este proceso de integración en el panorama internacional sería la firma de los Pactos de Madrid (23 de septiembre de 1953). Por los mismos, y a cambio de ayuda económica y militar, el Ejército estadounidense recibía el permiso de instalarse en cuatro bases militares en suelo español, tres áreas (Morón de la Frontera, Torrejón de Ardoz y Zaragoza) y una naval (Rota), además de tener presencia en escuadrones de vigilancia área. En caso de ataque soviético, podrían usar estas bases de manera unilateral y sin autorización.

OTAN de entrada no (pero sí)

Como en otros tantos aspectos, la “Transición” tampoco supuso una ruptura con la política del régimen. Si acaso, vino a profundizar en la misma. A pesar de los Pactos de Madrid y del uso de las bases militares por parte de Estados Unidos, la dictadura franquista era un mal envoltorio para que el Estado español pudiese entrar en la OTAN. Muerto Franco, y pasado el peligro de que el movimiento obrero rompiese, durante los años 70, con lo que había sido la dictadura (con la inestimable ayuda de las direcciones de las grandes organizaciones del movimiento obrero, como el PCE, el PSOE, CCOO o UGT), la entrada oficial en la OTAN era un paso necesario. Por ello, el 30 de mayo de 1982, el gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo firmaba la adhesión definitiva.

Frente a esto, un PSOE todavía en la oposición se oponía a la entrada en la alianza y defendía la necesidad de un referéndum, con su famoso eslogan “OTAN de entrada no”, posición que compartía con el PCE, lo que dio lugar importantes movilizaciones masivas. Con la victoria de Felipe González en las elecciones de 1982, la posición del PSOE cambió, lo que requirió un enorme esfuerzo mediático debido al giro radical y brusco en las posiciones defendidas por el partido y sus líderes. El gobierno del PSOE era el indicado para llevar a cabo las reformas estructurales que modernizasen el capitalismo español, con su integración en Europa y la OTAN. De pronto, ambas cuestiones aparecían como unidas. Había que convencer a quienes antes se habían movilizado en contra, de que la permanencia en la alianza militar era necesaria. Y así fue: en el referéndum, celebrado en marzo de 1986, con un 60% de participación, un 52,54% decía que sí a la permanencia en la OTAN, un 39,85 que no, y 6,54% votó en blanco. Junto a la entrada en la UE, a época de la Transición se cerraba con una desilusión más.

Decir no a la guerra exige decir no a la OTAN

El “sí” en el referéndum de 1986 no se dio a una pregunta directa o simple. Se votaba si se se consideraba “conveniente permanecer en la Alianza atlántica según los términos acordados por el gobierno de la Nación”, es decir, bajo la condición de que se cumplirían tres condiciones: en primer lugar, que la participación en la alianza no supondría la “incorporación a la estructura militar integrada”; en segundo lugar, que se mantendría la prohibición de “instalar, almacenar o introducir armas nucleares en España”; por último, que se reduciría de manera progresiva “la presencia militar de los Estados Unidos en España”. Sobre el primer aspecto, España se incorporaría a la estructura militar integrada en 1999. Y sobre el último, podríamos decir que la presencia militar de los Estados Unidos (es decir, de la OTAN) no se ha mermado: el aumento del gasto militar en los últimos años, y los recientes debates al respecto son prueba de ello. Sin ir más lejos, en 2023 se acordó ampliar de 4 a 6 destructores en la base de Rota. Evidentemente, si se permanecía en la OTAN, era para formar parte activa de dicha alianza.

De hecho, hasta 2022, 125.000 militares del ejército español han participado en 21 misiones. Actualmente hay presencia en misiones, por mandato de la OTAN, a lo largo de todo el mundo, en países como Bulgaria, Eslovaquia, Islandia, Irak, Letonia, Rumanía, Países Bálticos, Turquía, o en diferentes mares. Las bases de Morón y Rota fueron clave en las intervenciones en Irak, Kosovo o Libia y, a pesar de que Sánchez se opusiera recientemente al uso de las mismas para la guerra de Irán, seguramente han seguido sirviendo para el tráfico hacia otras bases autorizadas de terceros países y, por tanto, para la misma guerra. Misiones que tienen y han tenido como objetivo defender los intereses imperialistas de Estados Unidos y sus aliados europeos, en un mundo que se convierte multipolar, donde la hegemonía de Washington está cada vez más en cuestión (como muestra los derroteros de la guerra en Irán), en el que se incrementan los gastos militares y donde la guerra está cada vez más presente.

La presencia de las bases militares de Rota y Morón no tiene más función que facilitar las intervenciones imperialistas estadounidenses para controlar rutas comerciales, recursos y mantener su influencia política. Intervenciones dirigidas a enriquecer a unos cuantos a costa de la guerra y la destrucción, sea de los enemigos o sea de los de abajo, carne de cañón. Su mantenimiento en España (en Andalucía, concretamente), igual que la entrada en la OTAN, no es por seguridad, porque exista amenaza de ningún tipo o porque sea necesario. Simplemente sirve a la burguesía española, que necesitaba integrarse en Europa y tener sintonía con Estados Unidos, y cuyos intereses, al menos de momento, son compartidos. Y además de para intervenciones externas, sirve para poder amenazar cualquier intento de revuelta o de subversión en países OTAN y aledaños.

Es necesario por tanto que se replantee la pertenencia del Estado español a la OTAN y, por supuesto, la presencia de militares estadounidenses en bases utilizadas para atacar pueblos a lo largo del mar Mediterráneo. La permanencia en la alianza atlántica (eufemismo usado en aquel referéndum) fue fruto de una fuerte labor de propaganda, y supuestamente respondía a unas condiciones que no se han cumplido. Permanecer en dicha alianza solo responde a los intereses de unos pocos, que se perfilan para guerras que, como estamos viendo, sufrimos el resto con recortes presupuestarios o con inflación y precios por las nubes. Hay que romper con la OTAN. Hay que acabar con la presencia militar estadounidense en el Estado español. Hay que decir alto y claro no a la guerra. Pero hay que ser consecuente con ello: no se puede decir no a la guerra y participar de las mismas mediante bases y alianzas.