Traducción de Alberto Lavín de un artículo de la organización socialista revolucionaria estadounidense Speak Out Now
A medida que la campaña de deportación de Trump ha cobrado impulso durante el primer año de su segundo mandato, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) se han convertido en la cara violenta de las políticas antiinmigrantes del régimen. Al irrumpir en ciudades señaladas con agresiones y espectáculos mediáticos, el ICE y la CBP han aterrorizado a las poblaciones locales, tanto inmigrantes como no inmigrantes. Bajo el mandato de Trump, han extendido sus acciones mucho más allá de lo que eran sus límites hasta ahora y se han revelado como una fuerza política paramilitar con el potencial de reprimirnos a todos.
Trump, orientado por su asesor Stephen Miller —que ni siquiera trata de ocultar sus teorías supremacistas blancas—, está ampliando el alcance del ICE y la CBP al tiempo que les otorga una libertad de acción mayor de la que han tenido bajo cualquier otro presidente. Pero Trump y Miller no han cambiado fundamentalmente las funciones de estas agencias, ni crearon o desarrollaron estas organizaciones y sus culturas de violencia e impunidad. Ambas agencias existían antes de Trump y ambas exhibían muchas de las mismas características antes de que él tomara los mandos. Hoy en día son claramente parte de un aparato represivo más amplio que ha sido y seguirá siendo utilizado contra inmigrantes, disidentes y la clase trabajadora en su conjunto.
¿Qué son realmente las naciones y las fronteras?
Las fronteras son límites creados por la clase dominante de una región o país y acordados con la clase dominante de otro país. Las fronteras precisas, bien marcadas y bien defendidas que conocemos hoy son también muy recientes en la historia de la humanidad. En la mayoría de los casos, existen desde hace un siglo o dos como mucho. Muchas líneas en el mapa están trazadas con la sangre de las conquistas violentas de gobernantes para repartirse cada vez más territorio para sí mismos.
Las naciones modernas y sus fronteras, tal como las conocemos hoy, son en realidad un medio por el cual las clases dominantes capitalistas mantienen el dominio sobre la amplia clase trabajadora que vive dentro de sus demarcaciones. Utilizan estas fronteras para reclamar el derecho a cobrarnos impuestos, para obligarnos a vivir bajo leyes que los benefician a ellos y no a nosotros, e incluso para prepararnos y organizarnos para luchar en guerras por ellos contra los trabajadores de otras naciones.
En todo el mundo, los trabajadores son una mayoría sólida de la población y, en todo el planeta, miles de millones de trabajadores luchan por sobrevivir y forjarse vidas dignas. Mientras que los capitalistas que nos contratan y despiden —y se enriquecen al hacerlo— se mueven por su necesidad de obtener beneficios, nosotros trabajamos no para la acumulación y el lucro, sino simplemente para sobrevivir y alimentar a nuestras familias. Estas dos clases —la diminuta clase capitalista y la clase trabajadora, mucho más numerosa— tienen intereses fundamentalmente diferentes. Y esto es algo que las clases dominantes capitalistas nunca quieren que entendamos. Aunque a menudo es difícil de ver, los trabajadores de un país tienen en realidad intereses en común con los trabajadores de otros países, y no tienen intereses en común con los capitalistas de su propio país.
De esta manera, las naciones que estas clases dominantes capitalistas han creado, los sentimientos nacionales que tanto se esfuerzan en inocular entre la población y las fronteras que dicen ser rígidas y fijas, son todos utilizados para dirigirnos y explotarnos en su beneficio, sin permitirnos nunca ver nuestros intereses de clase comunes y unirnos.
Nativismo, restricciones nacionales y vigilancia policial en los EE. UU. modernos
A principios del siglo XX, el Estado estadounidense se había expandido y había colonizado todo el continente norteamericano de este a oeste. La población seguía aumentando, pero ya no se quedaba territorio por ocupar. Esto dio lugar a un extendido movimiento “nativista” que promovía los intereses de los ciudadanos estadounidenses blancos que venían de varias generaciones atrás en el país, frente a aquellos que llegaron —o podían llegar— después. El movimiento nativista pasó a intentar definir con mayor rigor quién era “estadounidense” y quién no.
Ya hubo antes casos de discriminación contra algunos grupos de inmigrantes por motivos étnicos o religiosos y, aparte de la larga historia de esclavitud de millones de personas de ascendencia africana, la Ley de Exclusión China de 1882 fue probablemente el primer intento en la historia moderna de los EE. UU. de negar claramente los derechos de residencia y ciudadanía a un grupo específico de personas. La ley, aunque contaba con la oposición de los intereses de las grandes empresas que querían explotar la mano de obra china, se aprobó sin mucho problema ante la preocupación de que los trabajadores chinos entraran en los Estados Unidos y compitieran por los empleos de los trabajadores que ya vivían aquí. Fue impulsada por la angustia económica de la clase trabajadora, pero racializada para excluir a un grupo de trabajadores de otra nacionalidad visiblemente diferente.
Tan solo diez años después, políticos como el presidente Theodore Roosevelt utilizaron términos como “suicidio racial” para describir un proceso mediante el cual los llamados estadounidenses blancos de ascendencia europea supuestamente se extinguirían al no tener suficientes hijos y al permitir la entrada de demasiados no europeos, o incluso de europeos que no fueran del norte o del oeste, o que no fueran protestantes. Esta idea se difundió y el movimiento nativista creció en las décadas siguientes, alcanzando su punto máximo a principios de los años 1920. El Ku Klux Klan creció rápidamente, incluso en zonas urbanas, bajo la premisa de detener la inmigración “antiestadounidense”. En 1924, el Congreso aprobó la Ley Johnson-Reed para restringir con dureza la inmigración hacia los EE. UU., prohibiendo prácticamente la llegada de asiáticos y limitando —pero privilegiando— el flujo de solo unos pocos países del norte y oeste de Europa. Al menos uno de los autores de la ley declaró que el objetivo de la misma era proteger la pureza racial blanca.
La Patrulla Fronteriza de los EE. UU.
Según el investigador Reece Jones, la Ley de Apropiación del Trabajo de 1924 creó lo que entonces se conocía como la Patrulla Fronteriza de los EE. UU., la cual puede describirse con precisión como una “fuerza policial racial”. Esto es evidente en el hecho de que, aunque tenían la tarea de vigilar todas las fronteras de los EE. UU. (incluidas las fronteras marítimas y la frontera norte con Canadá), su principal área de actuación se encontraba a lo largo de la frontera sur con México y la nutrida población obrera “no blanca” que allí residía. Fue también una agencia violenta desde su origen, con agentes que admitían sin pudor haber matado a numerosas personas sin justificación legal alguna.
En las décadas de 1920 y 1930, la Patrulla Fronteriza tenía unos 1.500 agentes en activo. Aunque su tamaño era limitado, se le permitió ampliar su alcance en 1947, cuando una resolución administrativa interna dentro de la Patrulla permitió que los agentes, por primera vez, ejercieran su autoridad no solo en la región fronteriza inmediata, sino hasta 100 millas [160 kilómetros] dentro de la frontera de los EE. UU. La Patrulla Fronteriza creció progresivamente, realizando muchos más arrestos a partir de la década de 1950, en particular con su actuación durante la “Operación Wetback” [Espaldas Mojadas], la campaña abiertamente racista llevada a cabo durante la administración Eisenhower en la que hasta un millón de mexicanos y mexicano-estadounidenses fueron deportados. Al menos miles de los deportados eran, en realidad, ciudadanos estadounidenses. Fue en ese periodo cuando la Patrulla Fronteriza comenzó a considerarse a sí misma como un tipo de fuerza policial de ámbito nacional. También fue en ese periodo, sobre todo en la década de 1970, cuando una serie de decisiones de la Corte Suprema ampliaron las competencias de los agentes de la Patrulla Fronteriza para registrar y detener a personas en violación directa de la 4.ª Enmienda. Estas mismas decisiones también abrieron la puerta a que los agentes utilizaran lo que hoy llamaríamos perfilamiento racial al decidir a quién registrar y detener. La agencia siguió creciendo, pero aun así no empleó a más de 3.000 agentes durante toda la década de 1980.
Durante la década de 1980, hubo un ligero cambio de estrategia. Muchas grandes empresas querían contratar trabajadores indocumentados de la misma manera que las pequeñas empresas —como cuadrillas de construcción o restaurantes— lo hacían bajo cuerda. Fue en este contexto que la administración Reagan aprobó la Ley de Reforma y Control de la Inmigración (IRCA), que supuestamente otorgaba la “amnistía” a casi tres millones de personas indocumentadas. De hecho, el camino hacia la ciudadanía fue un proceso largo y complejo que se prolongó hasta diez años. La única “regularización” real fue que las grandes empresas pudieron contratar legalmente a estos inmigrantes por salarios inferiores a los estándares, y los trabajadores seguían en situaciones precarias porque sus expedientes podían ser denegados en cualquier momento.
Bajo el presidente demócrata Bill Clinton, en la década de 1990, el gobierno de los EE. UU. tomó medidas más expeditivas para limitar la inmigración en la frontera sur y sus alrededores. En ese momento, la Patrulla Fronteriza comenzó a expandirse drásticamente. A la vez que militarizaba la frontera sur, la administración Clinton aprobaba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que destruyó el mercado agrícola de México y expulsó a los agricultores de sus tierras. Aprobando leyes como la Ley de Reforma de la Inmigración Ilegal y de Responsabilidad del Inmigrante de 1996 y ejecutando crueles políticas fronterizas como la Operación Gatekeeper y la Prevención a Través de la Disuasión, Clinton incrementó los peligros para quienes intentaban cruzar la frontera, lo que provocó un aumento considerable de muertes. Los agentes de la Patrulla Fronteriza se centraron en unos pocos puntos, en especial en áreas próximas a San Diego y El Paso, con la intención de disuadir los cruces fronterizos indocumentados o no autorizados. Se construyeron las primeras 14 millas de muro firme cerca de San Diego. La agencia inició una campaña de contrataciones masivas y sumó más del doble de agentes, pasando de aproximadamente 3.500 al comienzo de la presidencia de Clinton a 8.500 cuando terminó su segundo mandato. Aquí comenzó claramente la tendencia que llega hasta hoy, inaugurada por un presidente demócrata.
La Guerra contra el Terrorismo
Los ataques del 11 de septiembre de 2001 marcaron el inicio de la llamada Guerra contra el Terrorismo bajo el mandato del presidente republicano George W. Bush. Casi de inmediato, Bush y el Congreso reaccionaron con contundencia y, en menos de un año, consolidaron un nuevo aparato estatal que podía detener actividades terroristas extranjeras, pero que también abrió la puerta a las agencias represivas a las que nos enfrentamos hoy, incluido el ICE.
Esto se logró con la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional de 2002, que creó el Departamento de Seguridad Nacional (DHS). Bajo el paraguas del DHS se encontrarían dos agencias menores: el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), diseñadas para encargarse de diferentes áreas del control y el cumplimiento de la legislación migratoria.
Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)
La primera agencia creada fue el ICE en 2003. El papel del ICE era investigar, rastrear y, posteriormente, detener y deportar a personas que hubieran ingresado en los EE. UU. sin documentación o autorización, y que fueran sospechosas de ser una amenaza para la seguridad pública. Sus agentes y actividades no se limitan a ninguna región, sino que pueden operar en cualquier lugar de los EE. UU. donde haya personas indocumentadas que consideren amenazas a la seguridad o el orden público. Aunque no se dispone de las cifras exactas de agentes del ICE en el momento de su fundación y en los años siguientes, sabemos que incluso en 2024 y 2025, cuando Trump comenzó su segundo mandato, la agencia tenía alrededor de 10.000 empleados. Sin embargo, la agencia se había vuelto ya mucho más activa durante la presidencia del demócrata Barack Obama, que intensificó las deportaciones en su primer mandato y terminó deportando a más de 3 millones de personas —mucho más que cualquier otro presidente en la historia de los EE. UU., incluido Trump hasta ahora—.
Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP)
La segunda de estas agencias creadas bajo el DHS fue la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, o CBP. Se trataba básicamente de la Patrulla Fronteriza de los EE. UU. bajo un nuevo paraguas, dotada de mayor financiación y personal. Continuó realizando sus mismas actividades y, en 2004, contaba con aproximadamente 11.000 agentes. Para 2010, tenía unos 20.000 agentes. Como era de esperar, parece que los agentes de la CBP continuaron funcionando con los mismos niveles de violencia de siempre. Una asociación pública, por ejemplo, documentó 364 “choques mortales” con agentes de la CBP entre 2010 y 2025.
Podemos ver que estas agencias han ido ampliando su capacidad y aplicando nuevas iniciativas antiinmigrantes con mayor intensidad desde principios de la década de 1990, tanto bajo administraciones demócratas como republicanas: primero Clinton durante ocho años, luego Bush durante ocho años y después Obama durante otros ocho años. Pero a medida que estas agencias y sus actividades han aumentado y se han recrudecido, se ha ido gestando en los EE. UU. otro movimiento nativista y antiinmigrante aún mayor.
Trump, Miller y los medios de la derecha alimentan la histeria antiinmigrante
La histeria antiinmigrante fue, como es bien sabido, un componente básico del movimiento que llevaría a Donald Trump a ser elegido presidente en 2016. Esta tendencia se debió, en parte, al empeoramiento de las condiciones de la clase trabajadora en los EE. UU. desde la década de 1970, agravándose con la crisis capitalista de 2007-2008. La crisis dejó tras de sí a trabajadores desesperados y llenos de preguntas que encontraron respuestas en la histeria mediática sobre la inmigración como una amenaza. Personalidades mediáticas como Lou Dobbs, de CNN, y los muchos presentadores de Fox News se hacían eco entre sí afirmando que la inmigración estaba fuera de control y que era la causa del declive del nivel de vida de la clase trabajadora estadounidense. La histeria cristalizó en organización con el desarrollo del Tea Party, un movimiento reaccionario con trasfondos racistas y una versión temprana de la perspectiva de “Estados Unidos Primero” (America First). En última instancia, la histeria fue impulsada directamente por el odio y las mentiras vertidas por Donald Trump, que comenzó a lanzar su figura política pública con la teoría conspirativa racista del birtherism (sobre el lugar de nacimiento), que utilizó para acosar a Obama. En 2015, en el discurso que dio inicio a su campaña presidencial, Trump declaró su intención de mentir, de difundir falsedades racistas y de jugar con el miedo a los inmigrantes en su camino a la Casa Blanca:
“Cuando México manda a su gente, no mandan a los mejores. No te mandan a ti. Mandan a personas con muchos problemas, y se traen esos problemas para acá. Traen drogas. Traen delincuencia. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas”.
Trump se rodeó entonces de ideólogos antiinmigrantes como Steve Bannon y, más tarde, Stephen Miller. La inmigración se convirtió en una “invasión”, nuestra “patria” estaba bajo amenaza y un “gran reemplazo” estaba en marcha. Algunos incluso afirmaron (como Theodore Roosevelt más de 100 años antes) que un “genocidio blanco” estaba ocurriendo y que era necesario tomar medidas drásticas para detener la amenaza.
Durante su primer mandato, Trump procuró endurecer las medidas contra la inmigración tanto en la frontera como en el interior. Conforme avanzaba el mandato, el número de deportaciones aumentó, aunque la mayoría de deportados fueron capturados y devueltos en caliente en la frontera, en lugar de perseguidos hacia el norte. En cuatro años, Trump llegó a deportar alrededor 1,5 millones de personas. Esto lo igualaba al ritmo de Obama, pero no representaba la cifra masiva de deportaciones que a él y a muchos de sus seguidores les habría gustado.
Trump 2.0
En su segundo mandato, Trump, Miller y sus otros guardianes antiinmigrantes se dedicaron a lo que llamaron “deportaciones masivas” desde el primer día. A través de órdenes ejecutivas, cambios en las políticas internas, nuevos mecanismos de financiación y retórica pública, amplios sectores de la administración comenzaron a desarrollar sus capacidades para un asalto total.
A través de una serie de órdenes ejecutivas con nombres sensacionalistas para infundir miedo, como la “Orden Ejecutiva para Proteger al Pueblo Estadounidense contra la Invasión”, la administración comenzó internamente a reorientar al DHS, el ICE, la CBP y otras ramas del gobierno para el asalto. Tras unos meses de preparación, las agresiones comenzaron a principios de junio con redadas indiscriminadas y televisadas contra trabajadores en el área metropolitana de Los Ángeles. Luego, en julio, la administración y el Congreso impusieron la infame “Big Beautiful Bill” (la Ley Grande y Hermosa), aumentando drásticamente la financiación para el ICE y la CBP. En los diez años transcurridos desde el primer mandato de Trump, el presupuesto del ICE oscilaba entre los 6.000 y los 10.000 millones de dólares. Bajo la “Big Beautiful Bill”, el ICE tendrá acceso a 85.000 millones de dólares. Durante años, el ICE contó solo con unos 10.000 agentes; ahora está camino de al menos 12.000 agentes más, y planea construir nuevos campos de concentración con 100.000 nuevas camas para un número de prisioneros cada vez mayor.
La CBP también está recibiendo aumentos presupuestarios significativos. En 2020, la agencia tenía un presupuesto de menos de 20.000 millones de dólares. En los presupuestos de 2025 y 2026, esa cifra se dispara hasta superar los 64.000 millones. Aunque ya cuenta con 45.000 agentes, la nueva financiación se traducirá en 5.000 agentes más, y al menos 50.000 millones de dólares se destinarán a nueva infraestructura y tecnología fronteriza.
Estos aumentos presupuestarios masivos amplifican la capacidad de estas agencias para infligir un terror y un sufrimiento inenarrables a millones de personas. Los nuevos reclutas serán, sin duda, fervientes seguidores de la agenda nacionalista de Trump y Miller y, por lo tanto, estarán dispuestos para emplear la violencia y la crueldad desde el principio. El ICE utiliza de manera muy intencionada “silbatos de perro” [dogwhistles, referencias simbólicas veladas a ideología de extrema derecha] nada sutiles en su propaganda para atraer a reclutas supremacistas blancos convencidos. Estas fuerzas tampoco se limitarán a arrestar inmigrantes sin más y, de hecho, estarán ansiosas por extender su violencia a los ciudadanos estadounidenses, a la izquierda y a otros supuestos enemigos del Estado que protesten contra sus acciones, algo que hemos podido comprobar estas últimas semanas con la Operación Metro Surge en Minneapolis y los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti, por no mencionar al resto de extranjeros y personas no blancas asesinadas durante estos últimos meses. Habrá más muertes a medida que el régimen de Trump intensifique su represión.
A nivel internacional, estas agencias se convertirán ahora en una parte más importante de la maquinaria de represión global que se está consolidando en todo el mundo. Además de mirar la nacionalidad, el idioma, la raza y el color de piel para señalar a millones de personas y negarles el acceso a una vida mejor, también trabajarán para mantener fuera a millones de trabajadores pobres y oprimidos de todo el mundo. Estos millones —o miles de millones— huyen desesperadamente de la pobreza, el hambre, el desempleo, la crisis ambiental, la represión política o la violencia; sin embargo, se les dice que no pueden entrar, que deben dar media vuelta y aceptar su sufrimiento sin más. En palabras de Todd Miller, periodista especializado en fronteras y política migratoria, la policía fronteriza y aduanera actúa como un “matón de discoteca del capitalismo global”: un ejecutor que deja fuera a todos esos millones o miles de millones de indeseables que son víctimas del capitalismo global. Esto significará más sufrimiento, más muertes y más conflicto a medida que quienes intentan sobrevivir desesperadamente choquen con fronteras cada vez más militarizadas.
El ICE y la CBP refuerzan nuestra explotación
Es esencial reconocer que la inmigración en sí misma no empeora las condiciones de vida de la clase trabajadora. La inmigración y los trabajadores inmigrantes NO son el problema. La explotación capitalista de la clase trabajadora es la verdadera culpable. Mientras la clase trabajadora en su conjunto acepte pasivamente el estatus de segunda clase de los inmigrantes, los negros, las mujeres y otros grupos, la clase trabajadora será incapaz de contraatacar con toda su fuerza.
Hoy en día, el ICE y la CBP están llevando a cabo una política de deportación feroz que ataca a millones de individuos y familias que migraron aquí en busca de una vida mejor. Otro objetivo del ICE y la CBP es mantenernos a los trabajadores divididos. Como analizamos con más detalle arriba, esta ofensiva antiobrera ni es cosa de Trump ni es algo nuevo. Estas agencias han evolucionado con el tiempo para satisfacer las necesidades de la clase dominante capitalista bajo políticos tanto demócratas como republicanos. Pero hoy cuentan con una fuerza y un potencial represivo mayores que nunca. Trump puede utilizar al ICE y la CBP para otros fines políticos, incluida una represión más amplia. Son, de facto, la fuerza paramilitar personal de Donald Trump para aterrorizar a la población.
El ICE no puede ser reformado ni frenado. Tampoco la CBP. La brutalidad que vemos no es una cuestión de “falta de formación” de los oficiales, como se nos dice a veces. Tanto el ICE como la CBP han sido diseñados como fuerzas de represión estatal y ambos son intrínsecamente violentos, intrínsecamente antidemocráticos e intrínsecamente antiobreros. Y aunque su violencia a menudo ha sido invisible a los ojos de la mayoría de trabajadores estadounidenses, ahora está a la vista de todos y claramente dirigida contra todos nosotros. Debemos detenerlos.
¿Qué puede detenerlos?
Los demócratas no nos salvarán del ICE y la CBP. Las elecciones no nos salvarán, si es que llegan a celebrarse en 2026 o 2028. Las reformas no nos salvarán. Ninguna regulación nueva sobre el ICE o la CBP será suficiente. Los jueces y el sistema judicial no nos salvarán. Y no podemos esperar que las instituciones —creadas y moldeadas por la economía política capitalista y el racismo de esta sociedad— hagan otra cosa que sostener y defender el sistema que las engendró.
Pero tenemos la capacidad de detenerlos. Las grandes manifestaciones de protesta son fundamentales, pero por sí solas no detendrán la maquinaria reaccionaria. La clase trabajadora no solo es la gran mayoría de la sociedad; nosotros hacemos que la sociedad funcione. Y podemos hacer que se detenga. Somos nosotros quienes manejamos los trenes, atendemos los hospitales, conducimos los camiones, operamos los aeropuertos, mantenemos los servicios públicos y los bancos, dirigimos las escuelas, tapamos los baches, atendemos los supermercados, reparamos los coches, fabricamos los muebles y confeccionamos la ropa y otras mercancías que los capitalistas venden para obtener beneficios. Si dejamos de hacer estas cosas, los beneficios de los capitalistas se evaporan y pierden su control sobre nosotros. Si paralizamos nuestro trabajo, aunque solo sea una parte de la clase trabajadora, el sistema no puede funcionar. Si combinamos entonces grandes huelgas con protestas masivas y desobediencia masiva, podremos empezar a cambiar el rumbo.
Y aunque los agentes del ICE y la CBP en las calles puedan ser muy intimidantes y letales, siguen siendo una minoría diminuta que sirve a los intereses de una minoría rica todavía más pequeña. No podrían seguir funcionando de ninguna manera si saliéramos masivamente a las calles de forma organizada para desafiarlos. De Minneapolis a Chicago, de Los Ángeles a Charlotte, las comunidades han comenzado a organizarse para proteger a sus vecinos patrullando las calles, grabando vídeos de lo que hacen los matones enmascarados y, a veces, incluso obstruyéndolos. Necesitamos ampliar y extender estos esfuerzos tan valientes.
La clase trabajadora nos ha demostrado en el pasado cómo se puede hacer esto. En la Revolución Rusa de 1917, en la huelga general contra el golpe de Kapp en la Alemania de 1920, y con la huelga de los Teamsters [transportistas] de Minneapolis en 1934, entre otras, los trabajadores mostraron por decenas de miles y por millones de lo que somos capaces. Demostraron que los trabajadores, organizándose colectiva y democráticamente, pueden enfrentar y ganar luchas sociales, incluso contra la violencia de un Estado autoritario. Podemos hacerlo otra vez. Y la gente de Minneapolis hoy nos muestra un camino que es tan solo el principio de lo que queda.
Pero tenemos poco tiempo, y las fuerzas del otro bando están trabajando horas extra. Reconozcamos nuestras posibilidades. Reunamos nuestras fuerzas y empecemos a contraatacar de verdad. Si lo hacemos, no solo podremos detener a Trump y a sus matones; podremos abrir la puerta a posibilidades mucho mayores.
Si bien es absolutamente necesario exigir la abolición del ICE y la CBP, no podemos dejar en pie el sistema que depende de ellos. El ICE y la CBP son herramientas de quienes están en el poder para mantener su dominio sobre nosotros, aterrorizando a la clase trabajadora inmigrante como medio para debilitar a toda la clase trabajadora. El ICE y la CBP son hoy herramientas de la clase dominante, del mismo modo que el látigo fue una herramienta de los amos durante la esclavitud. Pero abolir del todo instituciones como el ICE o la CBP será imposible sin abolir el capitalismo. Ese debe ser nuestro objetivo final.
Cuando entendemos que la clase trabajadora es una clase internacional, independientemente de la nacionalidad o el estatus de ciudadanía, entendemos que podemos ejercer una fuerza explosiva capaz de acabar con esta pesadilla de sistema. Es hora de actuar.