Traducción para IZAR de Tomás Martínez de un artículo del NPA-R (Francia)
Los últimos días de diciembre del pasado 2025 estallaron manifestaciones masivas en las principales ciudades iraníes. A los comerciantes de Teherán se unieron rápidamente estudiantes y amplios sectores de la población en estas protestas, inicialmente provocadas por el alza del coste de la vida (¡el pan ha subido un 250%!). La indignación pronto trascendió las reivindicaciones económicas, con llamamientos a derrocar la República Islámica, pese a la represión que ya se ha cobrado un centenar de vidas en los primeros días de enero.
Las protestas en Irán parecen haber alcanzado un punto de inflexión en esta segunda semana del año, con informes de que las fuerzas del régimen se han retirado temporalmente debido a la movilización popular en varios barrios y ciudades (Karaj, Abdanan, Teherán, Mashhad, Zahedan y Malekshahi). Internet sigue bloqueado en todo el país, lo que ha permitido intensificar la represión, la única forma en que el régimen mantiene su control del poder. Incluso hoy intenta dividir la movilización entre las reivindicaciones «legítimas» de los comerciantes (que constituían una parte significativa de su base social) y el resto, denunciados como «agentes extranjeros».
Así, en los primeros días el gobierno despidió a algunos agentes de policía y prometió medidas para mejorar el poder adquisitivo de la población. Desafortunadamente, la inercia de un régimen corrupto provocó algunos reveses: el 31 de diciembre se aumentaron los peajes un 30% en 15 autopistas del país.
¿Puede ser que no sea suficiente esta vez? Esta es claramente la apuesta de la derecha monárquica: Reza Pahlavi, hijo del Sha derrocado en 1979 por un levantamiento popular, multiplica sus convocatorias de manifestaciones desde EEUU con guiños a Trump en un intento de erigirse como el líder político de un movimiento popular que podría volverse incontrolable para las clases dominantes.
Esta crisis llega en un momento en que Irán se encuentra debilitado. A 3 años del movimiento «Mujer, vida, libertad» y a pocos meses de los atentados israelíes, la policía de la moral ha relajado notablemente su control sobre las libertades individuales: por ejemplo, las mujeres que se niegan a llevar el velo en público ya no sufren acoso. Pero, al mismo tiempo, el gobierno ha intensificado la represión política, especialmente contra activistas (de asociaciones o sindicatos) en nombre de la lucha contra los «espías israelíes». El gobierno impuso un «día festivo» nacional, ha cerrado escuelas y universidades y arrestando a sindicalistas y estudiantes, impidiendoen ocasiones salir de sus residencias universitarias.
La Guardia Revolucionaria se ha vuelto tan poderosa que el colapso del mismo régimen significaría inevitablemente el fin de este cuerpo, tan profundamente odiado por la población, sobre todo porque controla sectores enteros de la economía nacional y el mercado negro. Ni la burguesía iraní ni las potencias imperialistas pueden tolerar la perspectiva de tal vacío político si cae el régimen. Dicha intervención no impediría que EEUU y Reza Pahlavi, cuya base de apoyo es reducida, lleguen a acuerdos con algunas de las fuerzas represivas y dignatarios del régimen para asegurar una transición fluida.
Las protestas continúan y se extienden por todo el país, atacando incluso a algunos centros de poder como las prefecturas. El gobierno impuso un «día festivo» nacional, ha cerrado escuelas y universidades e intensificado la represión selectiva arrestando a sindicalistas y estudiantes, impidiéndoles en ocasiones salir de sus residencias universitarias. El régimen envía a sus milicias para dispersar violentamente las concentraciones y la policía abre fuego contra los manifestantes, que en ocasiones responden lanzando piedras.
Un movimiento de revuelta inédito
A diferencia de las movilizaciones de los últimos años, el movimiento actual se originó en los mercados (el «Bazar») de Teherán, donde se reúnen comerciantes, artesanos y la clase trabajadora (obreros, transportistas, etc.), agobiados por una inflación galopante: un kilo de carne se vende ahora por 3 millones de tomanes (17,5 euros), mientras que el salario medio mensual es de 170 euros; la gente paga los huevos a plazos. Esta inflación se debe a los embargos estadounidenses y europeos y se ve agravada por las políticas del régimen islámico y su corrupción endémica. Los funcionarios del régimen prefieren importar coches de lujo a bienes útiles para la población.
En particular, con una economía bajo presión por la caída de los precios del petróleo —su economía depende en gran medida de los ingresos petroleros—, el régimen iraní ha intensificado sus políticas de austeridad en su presupuesto 2025-26 y ha decidido imponer nuevos impuestos. Esto es lo que desencadenó los disturbios, sobre todo entre los comerciantes del Bazar, y a pesar de las concesiones anunciadas por el presidente Massoud Pezechkian, la movilización sólo se ha intensificado y la ira ahora abarca todos los aspectos de este régimen injusto.
La oposición expresada actualmente por los comerciantes del Bazar y la juventud confirma la erosión de una parte significativa de la base social del régimen, evidenciada inicialmente por la rápida expansión de la movilización a localidades pequeñas y medianas en detrimento de los grandes centros urbanos. Esto se explica por las condiciones de vida menos duras en ciudades como Teherán, pero también por una mayor concentración de fuerzas represivas en las grandes urbes. El estallido de protestas en Teherán y la posterior convocatoria de una huelga general en las regiones kurdas demuestran el dinamismo de la movilización y abren nuevas posibilidades.
El peligro monárquico
Los movimientos monárquicos son mucho más influyentes que antes, o al menos aparecen con mayor prominencia en las movilizaciones y los medios de comunicación occidentales. Esto no solo se debe al apoyo de las potencias imperialistas (principalmente EEUU), que invierten fuertemente en la promoción de Reza Pahlavi, sino también a que el régimen islámico ha reprimido sistemáticamente a los activistas de izquierda y extrema izquierda durante décadas: el gobierno actuó con rapidez para cerrar las universidades, foco histórico de la extrema izquierda, especialmente en Teherán, desde el inicio de las protestas.
Los monárquicos (todavía una minoría entre los manifestantes) no dudan en amenazar verbalmente o intimidar a los «izquierdistas» y a minorías étnicas, feministas y otros opositores no monárquicos para imponer sus lemas, amparándose en el firme deseo de «derrocar al régimen» llamando a la unidad tras ellos, beneficiados notablemente del apoyo activo de las potencias imperialistas. Este fortalecimiento político se produce mientras son principalmente las y los trabajadores los que se movilizan en las calles, con una participación active en particular en las refinerías, que ya se ha movilizado en varias ocasiones durante las últimas dos décadas a través de comités de huelga.
Los lemas del movimiento, «Mujer, vida, libertad» han desaparecido de las manifestaciones actuales. Lo que se escucha con más frecuencia es «Reza Pahlavi», incluso de opositores recientes, debido a la estructura militante de los monárquicos y a la falta de una alternativa política. Un giro preocupante, como si el regreso de la «monarquía milenaria» (una férrea dictadura de la que las masas se deshicieron en 1979) fuera a mejorar la vida de la población.
¿De grietas en el aparato del Estado a un «cambio de régimen»?
El régimen iraní intenta aplastar el movimiento mediante la represión. Los manifestantes responden a las balas con piedras, pero también atacan las estructuras de poder: estatuas del líder supremo o de Qassem Soleimani (el general asesinado por EEUU en Siria), oficinas gubernamentales, edificios de medios de comunicación y cuarteles generales de la Guardia Revolucionaria, donde a veces se descubren importantes reservas de alimentos.
La crisis política y económica, sumada al deseo de intervenciones imperialistas (el Mossad reivindica su presencia en suelo iraní y EEUU despliega bombarderos en zonas que posibilitarían la intervención), intensifica la presión sobre un aparato estatal que ya muestra signos de desgaste. Así, la clase dirigente iraní está dividida sobre cómo superar la crisis y en la gestión de las protestas (por ejemplo, el ayatolá Jamenei pidió una represión más brutal que la que el presidente «reformista» Pezeshkian había solicitado tan solo unos días antes). También se establecen contactos entre altos funcionarios y figuras de la oposición para preparar una posible transición (y salvar el pellejo). Algunos dignatarios también están preparando su huida (mediante solicitudes de visado a Francia y, en el caso de Jamenei, vía Rusia).
La revuelta en curso puede transformar Oriente Medio y el régimen islámico, al igual que sus adversarios, lo sabe muy bien. Israel y EEUU sopesan los pros y contras de una intervención militar, con el pretexto de «salvar» al pueblo iraní instalando en el poder a Reza Pahlavi. Sueñan con deshacerse de un estado debilitado por la casi desaparición de su «eje de resistencia» (Hezbolá libanés, la Siria de Bashar al-Assad y los hutíes yemeníes), sobre todo porque una intervención militar tendría el mérito de sepultar cualquier levantamiento popular emancipador bajo montañas de muerte y escombros. Pero tampoco quieren que el enfrentamiento con los ayatolás (y su posible colapso) siembre el caos en Oriente Medio, que llevan 3 años remodelando violentamente.
La opción militar, si bien podría acelerar la caída, requiere el establecimiento de las condiciones para el «día después» y dado que la burguesía iraní y las potencias imperialistas no tienen intención de permitir que la población se organice, esto implica un acuerdo con una facción del régimen iraní (como lo intentan en Venezuela) para evitar el «caos» en Irán. Para EEUU, el principal objetivo es asegurar un Oriente Medio «domesticado» y aliarse con el aparato estatal iraní a expensas de Rusia y China.
La necesidad de una política obrera independiente y revolucionaria
Las masas en lucha que están pagando estas Semanas con su vida se enfrentan así no solo al riesgo de una intervención militar imperialista, sino muy seguramente a un fortalecimiento político de las tendencias monárquicas y ultranacionalistas (incluidas las «fascistas»), que están ganando más terreno en el movimiento actual que en años anteriores, sobre todo gracias al apoyo político de los imperialistas, que para algunos parecen un mal menor en comparación con la dictadura.
¿Entonces las salidas son el derrocamiento del Líder Supremo, un golpe militar o el regreso del Sha? Existe otra opción: una revolución liderada por las y los los trabajadores de Irán, centrada en un programa emancipador para todo el pueblo del país. La corriente capaz de impulsar tal perspectiva es muy probable que quizá aún no exista en Irán (ni a escala global), pero es en eventos de esta magnitud donde podría surgir y debemos contribuir a ello. El hecho de que declaraciones públicas de sindicatos y organizaciones kurdas, azerbaiyanas y baluchis exijan algo más que el regreso del Sha ofrece un atisbo de otras perspectivas emancipadoras.
¡Solidaridad con las masas trabajadoras en lucha en Irán!
¡No a la intervención de las potencias imperialistas ni al regreso de la monarquía del Sha!
¡Abajo la República Islámica!