HUELGA GENERAL EN PORTUGAL

El pasado 11 de diciembre de 2025, por primera vez en doce años, la clase trabajadora portuguesa fue a la huelga general paralizando gran parte del país. Alrededor de tres millones de trabajadoras/es se movilizaron contra el paquete de reforma laboral que pretende imponer el gobierno de derechas de Luís Montenegro, sumándose a la ola de movilizaciones y huelgas generales que se están extendiendo por Europa.

Una reforma laboral antiobrera

El gobierno de coalición conservadora-liberal que dirige Luís Montenegro, formado por el Partido Social Demócrata (PSD) y Partido de Centro Democrático Socia – Partido Popular (CDS-PP) tiene como objetivo, con este proyecto de ley, lograr que el parlamento apruebe modificar 100 artículos del Código del Trabajo para abaratar y facilitar el despido, reforzar el poder empresarial en la negociación colectiva, obstaculizar el derecho a huelga, recortar derechos básicos relacionados con la conciliación, externalizar servicios en caso de despidos individuales o colectivos, desregular la jornada laboral para extenderla a hasta 50 horas semanales y precarizar el empleo con aun más temporalidad. Una auténtica ofensiva contra la clase trabajadora que legalizaría los abusos que ya ejercen los empresarios y que el ejecutivo trata de edulcorar justificando más productividad, flexibilidad y modernización, la misma cantinela que se escuchó para los recortes y las medidas de austeridad tras la crisis de 2008 y los años de la Troika, cuando en 2013 se vivió la última huelga general del país.

El anuncio de este paquete —en un país gravemente afectado por la inflación, la temporalidad, la precariedad y la crisis de vivienda—, ya desató una protesta masiva en Lisboa el pasado 8 de noviembre, cuando 100.000 personas marcharon exigiendo su retirada, y se enmarca en un 2025 de consolidación de la extrema derecha en Portugal después de las elecciones legislativas de mayo, el giro conservador tras las elecciones municipales de octubre y una erosión de la izquierda institucional más preocupada por las elecciones presidenciales de enero de 2026 que por enfrentarse a la extrema derecha y movilizar. Con un Partido Socialista (PS) cómplice, que se abstuvo en la votación de los presupuestos de ajuste presentado por el gobierno de Montenegro, y un debilitamiento y desacreditación del Bloco de Esquerda (BE) y el Partido Comunista (PCP) tras el período de pacto de legislatura de 2015-2019, donde se mantuvieron todas las reformas estructurales del período de la Troika y no fueron capaces de presentar ninguna alternativa independiente al PS sino que se subordinaron a este.

La huelga general: el arma que retoma la clase obrera en Portugal

Convocada por la Confederación General de los Trabajadores Portugueses (CGTP, afín al PCP) y la Unión General de Trabajadores (UGT, afín al PS), fue respaldada por el 61 % de la población y el 70 % de jóvenes de entre 18 y 34 años, para quienes mayoritariamente fue su primera huelga general. Hubo movilizaciones en más de veinte ciudades de todo el país, la más importante en Lisboa con cientos de miles de manifestantes y se pararon importantes centros industriales, la recolección de residuos, el transporte y buena parte del sector público. Con un impacto importante en sanidad, en industria con la paralización de la mayor exportadora del país —Autoeuropa (filial de VolksWagen) que paró completamente— y transporte, con los metros de Lisboa y Porto totalmente paralizados y con un total de 400 vuelos cancelados por la huelga.

La especialización económica de Portugal en el turismo y los servicios ha intensificado la precariedad laboral, generalizando los contratos basura y dificultando la organización sindical. Aun así, el éxito de esta huelga general demuestra que la contradicción capital-trabajo y la conflictividad laboral siguen siendo centrales y pueden movilizar masivamente a las/os trabajadoras/es.

Una ola de huelgas generales recorre Europa

Portugal se suma a la cascada de luchas que se extiende por Europa, donde los últimos meses se están viviendo movilizaciones masivas como en Bulgaria para hacer caer al gobierno o en Alemania contra el aumento del gasto militar. Pero sobre todo se está expandiendo la herramienta de clase que achanta a los patrones y devuelve la confianza al conjunto de las/os trabajadoras/es de su capacidad: la huelga general. El 10 y 18 de septiembre en Francia contra la austeridad y los recortes, 1 y 15 de octubre en Grecia contra la reforma laboral, el 24, 25 y 26 de noviembre en Bélgica (la cuarta del año) contra los recortes presupuestarios y la reforma de las pensiones, el 5 de diciembre en el cantón de Vaud (Suiza) por los recortes en los presupuestos cantonales o el 22 de septiembre, 3 de octubre y 12 de diciembre en Italia en solidaridad con el pueblo palestino y contra el presupuesto de guerra de Meloni. Al mismo tiempo que se retrocede en derechos por todo el continente y crece la extrema derecha, la clase trabajadora que sufre esas consecuencias y que tiene los intereses materiales para revertir la situación, se levanta hasta hacer mover ficha a gobiernos y direcciones sindicales. En Portugal, Montenegro ha llamado al “diálogo”; Chega, el partido de ultraderecha, ha retirado su apoyo al paquete laboral de manera oportunista al ver que su discurso populista y obrerista peligraba, y las burocracias sindicales se vieron forzadas a convocar huelga. De manera análoga, en Italia el sindicato mayoritario CGIL se vio presionado por sus bases para convocar las últimas tres huelgas generales y aquí en el Estado español CCOO y UGT tuvieron que convocar el paro de dos horas del 15 de octubre ante las masivas manifestaciones en solidaridad con el pueblo palestino y la llamada a huelga general de sindicatos minoritarios y estudiantiles.

Lo que está en juego en Portugal trasciende sus fronteras: un nuevo intento de reducir los estándares mínimos de trabajo que sentaría un precedente para el conjunto de la clase trabajadora europea. Así como la demostración de que no hay que esperar a que nos gobierne la derecha para defender las conquistas sociales y laborales en la calle y con independencia de clase. Y que la mejor manera de hacerlo es con nuestra mejor arma que es la huelga general, pero que debe escalar a la lucha política, extenderse y generalizarse hasta que haga cuestionar que el poder de la economía y el funcionamiento de un país solo depende de nuestras fuerzas.