El pasado 15 de diciembre se confirmó en Chile lo que el resultado de la 1ª vuelta de las elecciones presidenciales ya había presagiado: el ultraderechista José Antonio Kast ganaba ampliamente con casi el 60% sobre la candidata oficialista Jeannette Jara, que apenas obtuvo un 42%. La consecuencia política no escapó a la lógica de la orfandad de la derrota de la izquierda: tras años en los que el gobierno del Frente Amplio prometió romper definitivamente con el neoliberalismo heredado de Pinochet, le ha entregado a su sucesor en el cargo 2 tazas y media bien cargadas.
La nítida victoria del candidato del Partido Republicano, hijo de soldado nazi y declarado pinochetista, se produce en la 3º contienda electoral en que participa, y aunque tiene lugar en medio de un auge global de la ultraderecha insoslayable (Meloni, Trump, Milei), es imposible de explicar sin analizar el historial del gobierno de Gabriel Boric, del que no pudido sacudirse su ministra de Trabajo Jara, miembro del PC chileno y que acabó haciendo una campaña demasiado centrista incluso para los suyos. Si en ocasiones anteriores Kast se había centrado en la agenda católica, esta vez su campaña presentó a Chile como un país presa del crimen organizado.
El proyecto politico Kast representa la suma de una derecha ultraliberal, autoritarismo (endurecimiento penal y relevante de las fuerzas represivas) que Milei y Bukeke homogenizan y conservadurismo moral, que promueve un relato de confrontación entre un “pueblo decente” y unas élites políticas y culturales progresistas que habrían deteriorado el orden y la seguridad en las últimas décadas. La combinación de estos elementos lo enraizan con el legado político del pinochetismo su base social nostálgica, ampliada por el apoyo del centro-derecha democrático.
La patronal saludó el resultado como lo hizo (con menos entusiasmo) con Boric hace 4 años. No en vano, la victoria cómoda de la derecha más a la derecha ilustra, una vez más de tantas, que el atajo del “mal menor” del gobierno del Frente Amplio es más desencanto de la clase obrera con el llamado “progresismo” en Latinoamérica, como lo fue Tsipras en Grecia hace una década. Tras prometer transformaciones sociales (reforma del sistema de pensiones y de la Seguridad Social), vació su contenido, encarceló a presos políticos Mapuche militarizando la región sureña de Wallmapu y adoptó una agenda económica de todo menos antiliberal.
La propia clase trabajadora chilena ha tenido difícil caracterizar al gobierno de Gabriel Boric como de izquierda en cuanto a reformista, pues la hegemonía de su administración recayó en tecnócratas de la Concertación. Las promesas progresistas no se han cumplido (no hablemos de la propaganda por la fallida nueva Constitución), bajo el pretexto de que la mayoría parlamentaria era de derecha, de modo que adoptó la agenda de ésta (compitiendo con la extrema derecha en seguridad ciudadana) sin respuesta ni movilizaciones: mantuvo al movimiento obrero y a la juventud en una profunda pasividad, con la complicidad de las integradas direcciones sindicales de la CUT.
Tradicionalmente, si dejamos al margen las profundas movilizaciones de 2011 o las más recientes de 2019 que auparon a la generación de Boric, el bipartidismo ha sido capaz de controlar las instituciones políticas del país y este turnismo convenientemente para la burguesía ha marcado la dinámica política chilena. Pese al trasfondo de movilización social e ilusoria ruptura, la victoria de Boric al frente de una coalición de izquierdas dentro de la Concertación (la alianza entre socialistas y democristianos, de la que Michelle Bachelet fue un claro exponente) no ha supuesto un cambio sustancial en este sentido y la decepción mayúscula tras los constantes cambios y rebajas programáticas desmoralizaron.
Ante otro “ejemplo de libro” más de lo que ocurre cuando la izquierda alternativa gobierna, por muy a lomos de la movilización que haya impulsado su éxito electoral (como fue el caso de Gabriel Boric), a la militancia anticapitalista que ha apoyado a Jeanette Jara con una pinza en la nariz porque acaso su pertenencia al PC la hacían “diferente” a Boric y que va a estar en la trinchera frente a los ataques y la agenda ultra de Kast, le toca extraer lecciones y construir cuanto antes una alternativa revolucionaria y de independencia de clase tanto de la Concertación como del reformismo que al final acaba ahogando la lucha en las gobernabilidad desde las instituciones