EEUU ATACA VENEZUELA POR SU PETRÓLEO. ¡NO A LA AGRESIÓN IMPERIALISTA! ¡FUERA TROPAS YANKIS DEL CARIBE Y AMÉRICA LATINA!

La agresión imperialista contra Venezuela perpetrada hoy, 3 de enero de 2026, marca un nuevo punto de inflexión en la historia de América Latina y, al mismo tiempo, es un episodio más en la larga serie de invasiones y golpes de Estado en la región por parte de Estados Unidos en lo que se considera el «patio trasero» de Norteamérica. El secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores por las fuerzas especiales de los Estados Unidos, tras una serie de bombardeos aéreos a Caracas, no es un hecho aislado. Se trata del desenlace de una estrategia diseñada y ejecutada por los diferentes gobiernos estadounidenses, desde Bush hasta Trump pasando por Obama y Biden, para apropiarse de los recursos energéticos de Venezuela y someter al país a los intereses del capital yanqui y europeo. Como diría en 2019 el consejero John Bolton ante un grupo de veteranos de la invasión de la Bahía de Cochinos, «la Doctrina Monroe sigue viva», es decir, la idea de que Estados Unidos debe dominar política y económicamente todo el continente americano, ahora renovado en el eslogan de Trump: «América primero».

A finales de 2025, la administración de Trump intensificó su «guerra contra el narcotráfico» en el Caribe bajo la denominada Operación Lanza del Sur, pero esta retórica antidroga no es más que maquillaje para legitimar la intervención militar en un territorio que posee la mayor reserva de crudo pesado del planeta. Así, Estados Unidos —con el apoyo logístico de gobiernos títere en la región, como República Dominicana, Honduras, Panamá, Guyana y Trinidad y Tobago; las dos últimas, colonias de la petrolera ExxonMobil— desplegó su fuerza naval para reafirmar su poderío, llegando a bombardear barcos pesqueros a los que acusaron de «narcolanchas», capturando como piratas buques petroleros con millones de barriles de crudo y, finalmente, cercando al presidente venezolano, contra el que habían emitido una orden de busca y captura por «narcoterrorismo». Además, Trump, como sus predecesores, utiliza esta campaña para intervenir directamente sobre el suelo de Estados soberanos bajo el chantaje de que sus gobiernos no actúan con toda la contundencia que deben contra las mafias; en esa línea, en su comparecencia tras el secuestro Trump ha presionado a México y ha lanzado una amenaza contra Cuba y contra el presidente colombiano Gustavo Petro, al que ya había acosado mediante aranceles y descertificación estos meses atrás. Esta operación, que se desarrolla en un momento en que el crecimiento económico de Estados Unidos está estancado por los costos energéticos, es la respuesta del capital financiero estadounidense a su propia crisis interna y a la necesidad urgente de asegurar el control directo sobre los recursos energéticos de Venezuela.

Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo, lo que representa aproximadamente el 18% del total global probado. Cuenta además con la mayor reserva de gas de América Latina, recurso estratégico para la estabilidad energética del hemisferio occidental. Actualmente, estos activos son operados por la estatal PDVSA en alianza con empresas como Chevron, Repsol y Eni. Tras la intervención, multinacionales como ExxonMobil, Shell y BP encabezan la lista de corporaciones interesadas en liderar la privatización y reconstrucción masiva de la infraestructura extractiva. Venezuela es la pieza que falta para que Estados Unidos sea totalmente independiente de la energía de Oriente Medio y sus adversarios transatlánticos. El pasado mayo el secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, expresó esta necesidad de «asegurar por la fuerza» la independencia energética.

Después de décadas de condenas al «régimen chavista» por restricciones a la democracia y la libertad, desde Washington no ocultan que toda esta operación tiene como objetivo el oro negro. Hace un mes, ante el Reagan National Defense Forum, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, enumeró la lista de «territorios clave donde garantizar el acceso militar y comercial»: el Canal de Panamá, el Caribe, el Golfo de América, el Ártico y Groenlandia; y añadió: «donde no colaboren, el Departamento de Guerra está listo para tomar medidas concretas y decisivas que promuevan los intereses estadounidenses […] Este es el corolario de Trump a la Doctrina Monroe». Inmediatamente tras el secuestro de Maduro y su esposa, Trump, que no descarta un «segundo mayor ataque militar», ha anunciado sin rodeos que será su gobierno quien dirija Venezuela y que serán empresas estadounidenses las que tomen el control del petróleo para «hacer dinero».

Paradójicamente, la voz que más ha celebrado esta intervención militar ha sido la última galardonada con el premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, líder de la llamada «oposición» venezolana al chavismo. En diferentes discursos públicos en el último año —no en castellano sino en inglés, porque su audiencia no está en Venezuela sino en importantes despachos de Manhattan, Houston y Miami—, como los que dio en la Americas Society/Council of the Americas o el American Business Forum, Machado afirmó que una Venezuela «libre» sería una «oportunidad de un billón de dólares» para los inversores extranjeros que no solo suministraría petróleo barato a Estados Unidos, sino que se convertiría en el mayor exportador de gas y energía limpia de la región, garantizando la estabilidad de precios en el hemisferio occidental. Además, la aspirante a gobernar una Venezuela subordinada a Washington ha prometido la privatización de sectores estratégicos (petróleo, gas, minería de oro e infraestructuras) bajo un modelo de «puertas abiertas» para las multinacionales extranjeras. Pocas horas después del golpe, Machado ha publicado una carta en la que agradece a Trump «haber cumplido su promesa» y afirma que ella y los suyos están «preparados para tomar el poder». No obstante, tras el secuestro de Maduro el presidente estadounidense ha declarado que Machado no es apta para dirigir el país mientras ha revelado que está en diálogo con la mandataria chavista Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Venezuela, para una «transición».

Esta violación imperialista de la soberanía de Venezuela por el saqueo de sus recursos energéticos no impide las críticas que podamos hacer desde la izquierda internacionalista al gobierno de Maduro, que ha reprimido severamente sindicalistas, perseguido al Partido Comunista y otros grupos socialistas y revolucionarios, y desarmado y desmovilizado el movimiento popular. Además, el gobierno de Maduro, en colaboración con sectores oligárquicos del país, ha dado pasos atrás con políticas que nada tienen que ver con un proyecto socialista y que hasta pueden tildarse de ajustes neoliberales. En cualquier caso, solo corresponde al movimiento obrero venezolano hacer juicios y no puede caber ninguna duda de que esta agresión está encaminada a someter y explotar más a la clase obrera venezolana, que a todas luces solo puede confiar en su lucha y su organización independiente para combatir tanto al imperialismo como a las oligarquías que venden su país.

A este lado del charco, los intereses del capital europeo han quedado bien definidos por sus lacayos políticos. Kaja Kallas, la vicepresidenta de la Unión Europea y adalid de la escalada belicista contra Rusia y China, cuestiona la «legitimidad» del gobierno de Maduro y defiende una «transición pacífica» a la vez que apela al respeto a la «legalidad internacional y la Carta de las Naciones Unidas», un mensaje que ha calcado Pedro Sánchez, quien ha añadido un «llamamiento a la desescalada y a la responsabilidad». No ha desentonado celebrando la «restauración de la democracia en Venezuela» Santiago Abascal, que además de líder de Vox es vocero de la burguesía venezolana reaccionaria instalada en los barrios ricos de Madrid; la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump apuesta por los partidos de extrema derecha europeos como socios necesarios para apuntalar el dominio global norteamericano. De este modo, a través de sus portavoces, las tres principales fuerzas políticas de la Unión Europea —conservadores, socialdemócratas y extrema derecha— han ratificado una vez más su compromiso con la hegemonía de Estados Unidos como garante del bloque imperialista occidental frente a China y Rusia, en una guerra cada vez menos fría en la que la manida legalidad internacional es un arma que no aplica para todos por igual. Para interferir en las elecciones de Honduras, Trump excarcela a un ex presidente hondureño condenado por narcotráfico mientras secuestra a Maduro por supuestamente lo mismo. A la vez que declara terrorista a Maduro, Trump recibe en la Casa Blanca a Al Golani, el ex yihadista hoy presidente de Siria, por el que el Departamento de Estado estadounidense ofrecía hasta 10 millones de dólares de recompensa hasta hace dos días. Queda claro que, como señalaba el revolucionario soviético León Trotsky hace casi 90 años, «los imperialistas no luchan por principios políticos [democracia, libertad, seguridad] sino por mercados, colonias, materias primas, la hegemonía sobre el mundo y toda su riqueza». Bajo ese mismo prisma, se entiende que estén aún por esclarecerse los papeles que Rusia y China han desempeñado y desempeñarán en este último ataque a Venezuela teniendo en cuenta sus posicionamientos en la ONU y reuniones bilaterales ante la autodeterminación del Sáhara Occidental, el plan colonial de Trump y Netanyahu para Gaza, y el reparto del pastel de las tierras raras de Ucrania.

En todo el mundo los tambores de guerra redoblan cada vez con más fuerza: Ucrania, Oriente Medio, África, el Pacífico, el Caribe… Desde Japón al Báltico, los capitalistas y sus lacayos políticos se están rearmando mientras nos convencen a la clase trabajadora de que sus intereses son los mismos que los nuestros, que nuestros enemigos son los obreros de otros países, que debemos «hacer sacrificios» con nuestros servicios públicos para aumentar el gasto militar y que tenemos que mandar a nuestros jóvenes al matadero por sus mercados y sus beneficios. Justo cuando el Jefe del Estado Mayor francés declara que «debemos estar dispuestos a perder a nuestros hijos» y Von der Leyen se ríe cuando le preguntan si mandaría a los suyos al frente, Francia y Alemania acaban de implementar un servicio militar voluntario para reclutar jóvenes, mientras que en Croacia se acaba de reintroducir la mili obligatoria y Dinamarca la ha extendido a las mujeres de 18 años. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, insiste en que tendremos que renunciar a nuestras pensiones públicas para llenar los bolsillos de la industria armamentista, a la vez que la Comisión Europea anuncia privatizaciones billonarias en los fondos de pensiones para invertir en Defensa.

La única garantía de paz es acabar con este sistema que nos aboca a genocidios, guerras y catástrofes para sostener las ganancias de unos pocos. Como hemos aprendido en el último año en el movimiento internacional de solidaridad con el pueblo palestino, solo podremos enfrentar el rearme y la escalada belicista mediante la movilización independiente de la clase trabajadora y la juventud. En varios puntos de Estados Unidos ha habido ya respuestas de solidaridad inmediata con el pueblo venezolano como las que se están convocando en todo el mundo. Aquí, en el corazón de la Europa imperialista, en un Estado como el español que es miembro clave de la OTAN, podemos y debemos jugar un papel determinante. Por eso, desde Izquierda Anticapitalista Revolucionaria, IZAR, llamamos al conjunto de las organizaciones sociales, políticas y sindicales antiimperialistas a sumarse a las movilizaciones convocadas en sus respectivas ciudades. Condenamos esta agresión imperialista a Venezuela que busca expoliar sus recursos y enviar un mensaje de que la supuesta legalidad internacional no es obstáculo para sus intereses. Exigimos la liberación de Maduro y Cilia Flores y que el gobierno de Estados Unidos pague por sus crímenes en la Operación Lanza del Sur. Denunciamos la complicidad de la UE y exigimos la salida inmediata de la OTAN del Estado español y el cierre de sus bases.