El pasado 4 de noviembre, el joven y carismático Zohran Mamdani se convirtió en el nuevo alcalde de la ciudad de Nueva York. Presentándose por el Partido Demócrata, derrotó de manera contundente a su principal rival, Andrew Cuomo, con un 50% de los votos frente al 41% de Cuomo, convirtiéndose en el primer candidato a la alcaldía desde 1969 en obtener más de un millón de votos. Mamdani incluso se ha hecho con muchos votos en distritos donde Trump y los republicanos habían obtenido buenos resultados en elecciones recientes.
De cuna privilegiada, nacido en Uganda, naturalizado estadounidense, de madre hindú y de padre musulmán, Mamdani ha concurrido a las elecciones con un programa progresista de reformas sociales y discursos de inclusión de las minorías étnicas frente al racismo y la xenofobia, lo que le ha valido los ataques de todo el aparato mediático conservador y por lo que estos comicios se han leído como un plebiscito a la administración Trump. Durante la campaña, el presidente amenazó con retirar los fondos federales a Nueva York e incluso enviar a la Guardia Nacional a patrullar si el «comunista» Mamdani saliera electo; un discurso que, sin embargo, ha cambiado de tono en cuanto el nuevo alcalde se ha reunido con Trump en el Despacho Oval y ambos han manifestado intenciones mutuas de colaboración. También en el resto del mundo la figura de Mamdani —al que una representante republicana del Estado de Nueva York acusa de «yihadista»— ha levantado pasiones: desde los memes sobre la teoría conspirativa del Gran Reemplazo de la extrema derecha hasta las declaraciones de Pedro Sánchez reivindicándolo, pasando por el portavoz del PP de Ayuso calificándolo de «contrario a los valores occidentales». En la misma línea que sus cómplices y aliados, algunos miembros del gobierno israelí han acusado a Mamdani de estar a favor de Hamás y del 11-S después de que en campaña prometiera arrestar a Netanyahu si pisara Nueva York. Hoy, 4 de diciembre, Netanyahu acaba de desafiar a Mamdani afirmando que volverá a la ciudad.
En el Estado español, la victoria electoral de Mamdani quizá nos recuerde a los llamados «ayuntamientos del cambio», que siguieron a la irrupción de Podemos y la vía neorreformista del «asalto institucional» tras el ciclo abierto por el 15-M. Estos «nuevos municipalismos», acogidos inicialmente con mucho entusiasmo e ilusión entre sectores avanzados de la clase trabajadora organizada, se agotaron tan pronto como terminaron sus mandatos, siendo notable la experiencia de la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena, cuyo gobierno se vendió como paradigma de la participación ciudadana y acabó vendiéndose literalmente al BBVA para relanzar el pelotazo urbanístico de la Operación Chamartín. También entonces vimos que el alcalde de Cádiz, José María González «Kichi», declarado militante anticapitalista, encontró muchas dificultades para articular su gestión municipal y una posición de independencia de clase ante la polémica sobre la fabricación de buques de guerra para Arabia Saudí. El balance de aquel periodo sigue vigente en tanto en cuanto la izquierda —institucional y buena parte de la radical— todavía no se ha repuesto de la resaca y sigue planteándose las mismas fórmulas que condujeron a esos callejones sin salida, llamando ahora a reagrupamientos electorales frentepopulistas y malmenoristas frente al auge de la extrema derecha.
El pasado octubre, a un mes de que tuvieran lugar las elecciones a la alcaldía de Nueva York, nuestras camaradas de la organización comunista estadounidense Speak Out Now publicaron un análisis crítico de la campaña electoral de Mamdani y la viabilidad de su programa de reformas en el marco político vigente y según la estrategia de DSA. El siguiente texto es una traducción de dicho artículo.
Es importante aclarar algunos términos y conceptos sobre el sistema político estadounidense. Estados Unidos es una república federal, es decir, una unión de diferentes territorios —los estados— que poseen sus propias leyes y órganos de autogobierno. La ciudad de Nueva York, por ejemplo, cuenta con un gobierno municipal presidido por un alcalde, pero está subordinada a la legislación y al poder del Estado de Nueva York, administrado por la gobernadora. A su vez, por encima de ambos se encuentra el Gobierno federal, encabezado por el Presidente de los Estados Unidos. Desde su origen, la historia política de Estados Unidos ha estado marcada por los conflictos entre estas instancias territoriales, que en realidad son las formas que han tomado los choques de intereses entre las diferentes facciones de la clase capitalista. Este diseño institucional, como explicarán abajo las camaradas de Speak Out Now, ha servido no solo para el reparto de competencias, sino como un mecanismo de control: una arquitectura deliberadamente fragmentada que permite a los grupos oligárquicos del país disputarse el poder entre sí sin dejar que ningún nivel territorial amenace los intereses generales del capital.
En el sistema electoral estadounidense impera un bipartidismo férreo. Los dos grandes partidos —Republicano y Demócrata— no se diferencian en lo sustancial: ambos representan, con matices, los intereses estratégicos de la burguesía estadounidense, especialmente en su política exterior imperialista. El Partido Republicano está a la derecha respecto de los partidos conservadores europeos tradicionales; el Partido Demócrata es liberal, más cercano a la derecha europea clásica, pero considerado como centro-izquierda en el espectro ideológico estadounidense. Este duopolio no es espontáneo: se sostiene mediante barreras legales, requisitos discriminatorios para acceder a las papeletas electorales, reglas de financiación, exclusión sistemática de terceras fuerzas y un sistema institucional que sabotea cualquier alternativa política independiente de los grandes capitales.
Ambos partidos eligen a sus candidatos a cargos públicos mediante elecciones primarias, en las que las bases electorales juegan un papel determinante participando en la campaña electoral. Las campañas son financiadas con fondos multimillonarios ilimitados por lobbies, magnates y grandes corporaciones a través de entidades opacas denominadas comités de acción política.
El Partido Demócrata —a cuyos miembros nos referiremos como «demócratas» — ha estado tradicionalmente ligado a los sindicatos, que por lo general se vuelcan financieramente en las campañas electorales demócratas y que son mayoritariamente gremiales o de empresa, a diferencia de las centrales sindicales europeas, que agrupan a diversos sectores productivos teóricamente bajo el llamado sindicalismo de clase. Debido a esta composición social, los demócratas albergan en su seno a algunas corrientes más progresistas y encuadradas en la izquierda; una de estas corrientes internas es Democratic Socialists of America (DSA), una organización socialdemócrata y obrerista con implantación en movimientos sociales y con cuadros sindicales. DSA está conformada a su vez por diferentes subgrupos, algunos de corte marxista, aunque todos se agrupan bajo la misma bandera del posibilismo, el reformismo y el ideal de la construcción gradual y democrática de una sociedad dizque socialista, proponiendo ciertas mejoras inmediatas en las condiciones de vida de la clase trabajadora mediante políticas públicas, sobre todo en la esfera del consumo y la distribución —servicios públicos y regulación del mercado— sin una intervención revolucionaria en la esfera de la producción capitalista. Zohran Mamdani pertenece a DSA.
Como indicamos arriba, el Partido Demócrata es «liberal», un término que aquí se refiere a políticos de derechas como Emmanuel Macron o José María Aznar pero que en Estados Unidos, por las peculiaridades que acabamos de describir, es sinónimo de progre o centro-izquierdista. Bajo esa lógica, es comprensible que Mamdani y DSA se perciban como peligrosos bolcheviques. Su victoria electoral, por tanto, es muy significativa y nos dice mucho sobre el momento que atraviesa la sociedad estadounidense. El artículo a continuación evalúa no solo las limitaciones que enfrenta la hipótesis estratégica del nuevo alcalde de Nueva York, sino también qué fuerzas sociales lo han aupado en medio de esta coyuntura tan convulsa no solo para los Estados Unidos sino a nivel mundial: un tiempo que se abre —como dijo famosamente Lenin— de crisis, guerras y, más pronto que tarde, revoluciones.
El 1 de julio se anunció que Zohran Mamdani, parlamentario del Estado de Nueva York, con 33 años y miembro de los Democratic Socialists of America (DSA), había ganado las primarias demócratas para la alcaldía de Nueva York. Su victoria fue contundente: 12 puntos por encima de su rival más poderoso, el ex gobernador Andrew Cuomo. Para lograr la alcaldía tendrá que derrotar otra vez a Cuomo, ahora reubicado en la carrera como candidato independiente. En las últimas encuestas Mamdani aparece claramente por delante y todo indica que presidirá la mayor metrópolis de Estados Unidos, incluso después de que el actual alcalde, Eric Adams, abandonara lo que comenzó como una contienda a tres bandas.
Su victoria en las primarias ha sido noticia en todo el país y ha desencadenado un estallido de reacciones enfrentadas. Para muchos demócratas de base, progresistas autoproclamados, personas pobres, trabajadoras y ahogadas por los alquileres, para las comunidades racializadas y para los musulmanes neoyorquinos, la noticia ha despertado una ola de entusiasmo. Lo mismo puede decirse de muchos miembros de los DSA y de otros sectores más o menos situados en la izquierda. Creen que, por fin, cuentan con un candidato que de verdad se preocupa por ellos y que está dispuesto a plantar cara a los multimillonarios y a las fuerzas económicas que dominan la ciudad. Entre esos grandes capitalistas, sus aliados conservadores y la derecha reaccionaria, la respuesta ha sido justo la contraria. Le han colgado de inmediato las etiquetas de «comunista» e «islamista», alimentando el miedo de que sus políticas convertirán Nueva York en un páramo posapocalíptico. Los capitalistas multimillonarios y los intereses empresariales que dominan la ciudad y el país temen que, esta vez, alguien les haga pagar más impuestos y cuestionar su dominio político y económico.
Pero más allá de estas reacciones tan polarizadas y teatrales, surgen preguntas genuinas sobre lo que significa la elección de Mamdani. ¿Por qué y cómo ganó las primarias? ¿Cambiarán él y los DSA el Partido Demócrata? ¿Existen límites prácticos e ideológicos a su política? ¿Y será capaz de llevar a cabo parte o la totalidad de su programa si resulta elegido?
Cómo ganó Mamdani
Zohran Mamdani ganó las primarias, ante todo, porque sus dos rivales más conocidos habían quedado ampliamente desacreditados entre la base electoral del Partido Demócrata. Cuomo, una figura del establishment abiertamente favorable a los multimillonarios, gestionó desastrosamente la crisis de la Covid-19 en Nueva York y fue obligado a abandonar la gobernación tras numerosos casos documentados de acoso sexual. Sus políticas económicas mantuvieron impuestos bajos y una regulación mínima para los intereses empresariales, y no hicieron absolutamente nada por los neoyorquinos pobres y trabajadores. Eric Adams, policía retirado y alcalde en activo, ni siquiera se presentó a las primarias, porque, habiendo sido imputado y muy probablemente condenado por corruptelas, terminó pactando con la administración Trump para librarse de ir a la cárcel. Adams, además, se ha alineado con multimillonarios sionistas, ha reprimido a los estudiantes movilizados, y ahora una docena de sus asesores, empleados y grandes recaudadores de fondos también están acusados de corrupción. Con su principal rival completamente desacreditado e impopular y el otro fuera de la carrera electoral, Mamdani ha tenido el viento a su favor.
Mamdani también se benefició del sistema de voto preferencial, mediante el cual los votantes pueden ordenar a sus candidatos y transferir su voto al segundo preferido si su primera opción no está entre las más votadas en la primera ronda. De este modo, Mamdani y otros candidatos relativamente progresistas no se neutralizaron entre sí, sino que, en la práctica, pudieron concentrar sus apoyos en un único bloque progresista que terminó favoreciendo al más fuerte: Mamdani. Especialmente importante fue el acuerdo de apoyo cruzado con Brad Lander, el respetado contralor liberal de la ciudad. Aunque muchos de los seguidores de Lander probablemente habrían situado a Mamdani en segundo lugar igualmente, el respaldo mutuo oficial sin duda arrastró votos hacia Mamdani.
Mamdani también obtuvo el apoyo de varios sindicatos pequeños y secciones locales en la ciudad. Además, animó a militantes de otros partidos progresistas —como Los Verdes y el Working Families Party— a registrarse como demócratas simplemente para poder votar en las primarias. Miles de miembros de los DSA desarrollaron una campaña de base que conectó a Mamdani y a sus simpatizantes con la clase trabajadora neoyorquina de una forma poco habitual, incorporando incluso a comunidades étnicas como la surasiática a la ecuación electoral significativamente por primera vez. Esa base sindical y progresista, combinada con las fuerzas de los DSA, permitió que su campaña utilizara las redes sociales con eficacia, llamara puerta a puerta por toda la ciudad y mantuviera un ritmo alto y sostenido. El propio Mamdani contribuyó a este efecto: su actitud optimista y su llaneza contrastaban con la mezquindad, el cinismo y la retórica del miedo que proyectaba Cuomo.
Pero el factor clave de su victoria fue, sin duda, su extenso programa de reformas sociales y económicas progresistas, que afirmaba tener como objetivo hacer de Nueva York una ciudad asequible para la clase trabajadora. Propuso transporte en autobús gratuito en toda la ciudad (más de 300 líneas), una congelación del alquiler en los apartamentos con renta estabilizada (más de un millón de viviendas), la ampliación de la red pública de guarderías, mayores impuestos sobre las viviendas de lujo, un aumento del 2% en el impuesto sobre la renta para quienes ganan más de un millón de dólares al año, la construcción de 200.000 viviendas asequibles, un supermercado de titularidad municipal en cada distrito, así como aumentos fiscales a nivel estatal y la duplicación del salario mínimo estatal [en el territorio del Estado de Nueva York] a 30 dólares la hora.
Al menos 545.000 votantes en las primarias consideraron que estas reformas mejorarían de manera directa sus condiciones materiales, protegiéndoles aunque fuese mínimamente del aplastante coste de la vida en Nueva York. El apoyo entusiasta de tantos neoyorquinos fue otra señal más de que la clase trabajadora está harta de la política de siempre. Cansados de ver a los ricos dominar los dos grandes partidos, más de medio millón de personas estuvieron dispuestas a votar a alguien distinto. De hecho, incluso ganó en distritos que, en elecciones anteriores, habían apoyado a Trump.
La respuesta demócrata
La reacción dentro del Partido Demócrata ha sido desigual: va desde el apoyo entusiasta de los sectores más progresistas hasta el desprecio de las élites del partido. Alexandria Ocasio-Cortez y figuras afines lo respaldaron de inmediato e intentaron difundir su línea política entre otros demócratas progresistas. Los demócratas moderados han elogiado su estilo de campaña y su éxito, al mismo tiempo que condenan su política. La cúpula del partido ha sido abiertamente hostil, viéndolo como una amenaza directa para los multimillonarios que financian y moldean tanto al Partido Demócrata como al Republicano. Salvo los pocos que ya comparten su orientación política y se presentan como adversarios del aparato, está claro que las élites demócratas no tienen la menor intención de enfrentarse a los intereses empresariales a los que sirven. Pueden respaldarlo oficialmente, pero a la vez trabajar con diligencia para limitar sus reformas y minimizar el daño percibido para los capitalistas a los que representan. Por ahora, algunos líderes demócratas han empezado a apoyarlo públicamente, mientras que otros aún se resisten a hacerlo.
La política de Mamdani y sus limitaciones
El programa político de los DSA es profundamente reformista, en el sentido de que, pese a algún pronunciamiento ocasional de apariencia radical o incluso revolucionaria, no deja de ser un largo inventario de reformas que los DSA aplicarían al capitalismo tal como existe hoy. Aunque los DSA y buena parte de su militancia aspiran —más o menos honestamente— a transformaciones más hondas, están recorriendo la misma senda gastada del reformismo que siguieron primero la Internacional Socialista (1889-1914) y luego numerosos partidos socialistas. Pese a proclamar el socialismo como su horizonte, ninguno de estos partidos llevó jamás a la clase trabajadora ni siquiera cerca de abolir las sociedades capitalistas y de clases que saquean el mundo. De hecho, a menudo abrieron la puerta al reaccionarismo más violento, especialmente en la antesala de la Primera Guerra Mundial y luego durante el ascenso del fascismo en Europa en las décadas de 1920 y 1930.
Trágicamente, los DSA han seguido más o menos estas mismas políticas fracasadas. En Nueva York, el partido trabaja con ahínco para construir un aparato electoral que pueda conquistar posiciones dentro del gobierno existente. Están empeñados en canalizar las energías de su base trabajadora y de clase media hacia las urnas, con la esperanza de ganar unas pocas elecciones y colocar a algunos de sus miembros en cargos públicos. Esto refleja la esperanza ilusoria de que, con unos cuantos representantes, puedan empujar poco a poco a la ciudad, luego quizá al estado y tal vez algún día a Estados Unidos hacia el socialismo.
Peor todavía: hoy, en Estados Unidos, parecen convencidos de que operar dentro del Partido Demócrata es la vía para alcanzar sus metas. Esto suele implicar diluir aún más sus propuestas fundamentales de reforma para satisfacer a los donantes demócratas y al sector más liberal del partido. Mamdani, aunque miembro de los DSA, declaró públicamente en campaña que su plataforma no era la de los DSA, marcando así distancia incluso respecto al reformismo de los propios DSA. Mamdani ha dejado claro que su apuesta es trabajar dentro del Partido Demócrata e intentar transformarlo. Esta primavera dijo en un podcast: «Ahora mismo hay una batalla por el alma del Partido Demócrata… Yo, como demócrata…». No solo se identifica y se presenta como demócrata; ha animado a independientes a unirse al Partido Demócrata. Apoyó a Kamala Harris en las elecciones presidenciales de 2024, pese a su apoyo total a la matanza de Israel en Oriente Medio y a un plan de deportaciones masivas poco distinto del de Trump. Incluso su acuerdo de aval cruzado con Brad Lander, un demócrata liberal, muestra una vez más su afinidad con el Partido Demócrata y lo cerca que se encuentra del centro político. Él, y muchos en los DSA, están claramente comprometidos con actuar dentro del Partido Demócrata en un intento de empujarlo hacia la izquierda.
Es altamente improbable que el Partido Demócrata cambie radicalmente, o que ese cambio provenga de Mamdani o de algún otro político progresista carismático. El Partido Demócrata ha perfeccionado el arte de absorber movimientos sociales activos, convertir en ley versiones descafeinadas de sus conquistas u objetivos y, después, atraer a sus dirigentes a la maquinaria demócrata, donde su visión y energías quedan sofocadas. Esto ocurrió en gran medida con el movimiento sindical de los años 1930 y con el movimiento de liberación negra en las décadas posteriores. Aunque eran movimientos de millones de personas, ambos fueron absorbidos por el Partido Demócrata, donde las necesidades de millones de trabajadores pobres y personas negras quedaron, de nuevo, abandonadas.
Mamdani ya está mostrando que, incluso antes de ascender dentro del aparato demócrata, está dispuesto a diluir su propio programa, rebajar su desafío al statu quo o aceptar compromisos con tal de obtener una fracción de lo que dice defender.
Mamdani ha emprendido lo que un reciente artículo del New York Times describió como «una ofensiva de encanto a gran escala mediante reuniones privadas, llamadas telefónicas y promesas públicas para cortejar a altos dirigentes del partido, donantes y activistas». Ha recibido el apoyo de estrellas demócratas como Alexandria Ocasio-Cortez, que también estuvo dispuesta a apoyar públicamente a Kamala Harris pese a sus políticas regresivas y su apoyo total al genocidio de Israel en Gaza. Varios de sus nuevos asesores son veteranos funcionarios del Partido Demócrata.
Mamdani está desplegando las mismas tácticas de seducción ante la comunidad empresarial neoyorquina. Desde que ganó las primarias, ha mantenido al menos tres reuniones con organizaciones empresariales en las que ha trabajado duro para convencerlas de su pragmatismo. En un encuentro organizado por la Partnership for New York, un grupo de 150 representantes de los mayores bancos, constructoras, bufetes y corporaciones de la ciudad se reunió en privado con Mamdani, con multimillonarios como el ex alcalde Michael Bloomberg presentes. Aunque algunos miembros de la clase dominante neoyorquina salieron del encuentro decididos a oponerse a él, otros quedaron impresionados por su pragmatismo y entendieron la reunión como una señal de que su programa y sus políticas eran negociables y no firmes. Si juegan bien sus cartas, podrían incluso contemplar apoyarlo, canalizando la creciente rabia anticapitalista de vuelta hacia el Partido Demócrata, donde puede morir lentamente.
¿Puede siquiera cumplir sus objetivos principales?
Más allá de sus propias limitaciones políticas, existe la cuestión estructural más amplia: qué puede hacer realmente él —o cualquier alcalde y ayuntamiento de Nueva York— dentro de los estrechos márgenes que impone el sistema tal como es.
El alcalde de Nueva York, por ejemplo, no tiene control total sobre la Metropolitan Transit Authority (MTA), que gestiona todos los autobuses y el metro. El consejo que dirige la red de transportes tiene 17 miembros; solo cuatro son elegidos por el alcalde. El resto proviene de los condados suburbanos y de la gobernadora, que en la práctica controla la MTA. Dicho de otro modo: Mamdani tiene un margen muy limitado para gestionar o financiar cualquier iniciativa de transporte.
Para sufragar otras iniciativas progresistas que propone, como la gratuidad de las guarderías para menores de 6 años o las 200.000 nuevas viviendas asequibles, tendrá que aumentar los ingresos. El único flujo de ingresos que la ciudad de Nueva York puede aumentar por sí misma es el impuesto a la propiedad. Si este se incrementara y reformara de manera significativa (por ejemplo, aumentando las tasas sobre propiedades cuyo valor se ha disparado en las últimas décadas sin un alza equivalente en impuestos), la ciudad podría recaudar al menos mil millones de dólares, quizá algunos miles de millones.
Más allá de eso, cualquier otra fuente de ingresos —impuestos sobre la renta, ventas, negocios o consumo— está fuera de los límites sin la aprobación de la gobernadora y del legislativo estatal en Albany. Y dado que el programa completo de vivienda social de Mamdani podría costar hasta 100.000 millones de dólares en diez años, es evidente que la ciudad no tiene posibilidad de financiarlo sola. Si a esto se suma la intransigencia de Albany y de otras fuerzas políticas estatales, queda aún más claro que Nueva York no tiene motivos para esperar una ayuda significativa desde la capital del estado para avanzar en los objetivos de Mamdani. La gobernadora Hochul, una de esas dirigentes demócratas que no ha manifestado su apoyo a Mamdani hasta hace poco, probablemente lo ha hecho para mantener una base amplia de apoyos de cara a su próxima campaña. En otras palabras: Mamdani está seriamente limitado en sus pretensiones de financiar la vivienda, la educación infantil, el transporte gratuito y demás iniciativas.
Incluso si él u otros políticos neoyorquinos intentaran endeudarse para financiar la expansión de estos programas, también necesitarían permiso de Albany. Y aun con ese permiso, ¿prestarían los grandes bancos a una ciudad y a un dirigente político con objetivos que no desean respaldar? ¿O retendrían la financiación para hacer sufrir a Mamdani y a la ciudad, aprovechando la ocasión para señalarlo y decir con sorna: «Mirad, otro ejemplo del fracaso del socialismo»?
Más allá de estas limitaciones fiscales tan claras, se ciernen también los efectos de los recortes federales. La administración Trump podría retener la financiación federal de transporte o incluso los fondos de vivienda de la Sección 9. Aunque probablemente sea ilegal, el gobierno actual ha demostrado una enorme disposición a violar leyes que no le gustan y no dudaría en cortarle la financiación a Nueva York. En ese escenario, Mamdani podría verse gestionando la austeridad, aplicando recortes reales a servicios públicos en lugar de expandirlos o mejorarlos.
En un escenario más grave, ¿qué haría —o podría hacer— Mamdani si Trump inundara la ciudad con la Guardia Nacional o tropas federales? Y si Mamdani intentara resistir la intervención federal, ¿qué haría el Departamento de Policía de Nueva York? ¿Lo respaldaría, o apoyaría de buen grado una toma de control estatal o federal de las calles de la ciudad?
Lo evidente es que, incluso si Mamdani y sus partidarios desean sinceramente buses gratuitos, vivienda asequible, impuestos más altos a los ricos y otras reformas, es improbable que puedan lograr ni siquiera estos objetivos limitados. La ciudad tiene recursos muy restringidos y otros niveles de gobierno necesarios para ejecutar sus propuestas impedirán que se implementen o financien. Y, llegado un punto, la fuerza bruta del Estado capitalista estadounidense podría emplearse directamente para restringir o destruir el proyecto Mamdani/DSA.
¿Qué haría falta realmente para cumplir sus objetivos?
Para tener siquiera una posibilidad de llevar a cabo estas reformas modestas, Mamdani tendría que desafiar frontalmente a aquellos con los que ahora intenta congraciarse. Reunirse con la élite gobernante de Nueva York y con los altos cargos demócratas, desplegando «ofensivas de encanto», no hará que acepten subidas fuertes de impuestos, regulaciones más duras o una pérdida significativa de su control sobre el gobierno de la ciudad.
Para cumplir sus objetivos declarados, haría falta una movilización real de la clase trabajadora, una que vaya mucho más allá del apoyo electoral y de los tímidos reformismos que ha reunido hasta ahora. Hace falta un movimiento social auténtico, que organice activamente la resistencia frente a la reacción ascendente en Estados Unidos y que luche por el progreso social en todos los frentes. Un movimiento que no se detenga en la urna ni en el apoyo a políticos encerrados en un sistema que nos constriñe. Un movimiento que vaya más allá de las reivindicaciones aisladas y de los líderes individuales, y reconozca las conexiones entre el capitalismo y la mayor parte del sufrimiento del mundo. Ningún político ni campaña puede sustituir a un movimiento de masas organizado capaz de ejercer poder real en la sociedad.
De hecho, por crucial que sea Nueva York para la economía nacional y global, estas economías son igualmente esenciales para la vida de la ciudad. Por grande que sea, Nueva York no es autosuficiente. Su población y su economía están inseparablemente unidas al mundo. No vamos a resolver los grandes problemas ciudad por ciudad. La gente en Nueva York enfrenta el riesgo de la catástrofe climática, la guerra nuclear y las pandemias, como el resto del planeta. Necesitamos una política capaz de responder a todas estas crisis.
El tipo de movimiento social necesario en Nueva York y más allá implicaría a trabajadores organizándose en sus centros de trabajo para plantar cara a sus jefes y a los propietarios corporativos. Implicaría organizarse y hacer huelga para desafiar el supuesto derecho de los capitalistas a poseer y lucrarse con la producción de alimentos, ropa y vivienda. Implicaría que la clase trabajadora se uniera por encima de las líneas raciales, étnicas, migratorias y nacionales. Implicaría que las organizaciones obreras formaran comités de defensa para proteger no solo a sus miembros, sino a toda la clase trabajadora y a las personas migrantes que trabajan a su lado. Implicaría barrios enteros —e incluso ciudades— plantándose firmes ante redadas y ataques destinados a dividirnos e intimidarnos. Implicaría manifestaciones masivas en las grandes ciudades así como resistencia organizada en pequeñas ciudades y pueblos de Estados Unidos y más allá. Exigiría huelgas que empezaran en algunos sectores industriales y se extendieran a muchos más. Requeriría que trabajadores, a gran escala, retirasen su fuerza de trabajo, paralizando el sistema y bloqueando la producción de beneficios que sustenta al capitalismo.
Ninguna campaña electoral puede hacer eso, ni ningún político. Menos aún en una sola ciudad, rodeada dentro y fuera por fuerzas hostiles. Lo máximo que Mamdani —y los que se le parezcan— podrá hacer es gestionar el sufrimiento producido por el capitalismo de formas un poco menos dolorosas, o tal vez minimizar algunos de sus efectos.
La campaña de Zohran Mamdani ha reflejado el dolor y el miedo de millones de trabajadores neoyorquinos ante las condiciones de sus vidas, así como su hartazgo con los políticos de siempre, ya sean demócratas o republicanos. Para tener esperanza real en el futuro, necesitamos organizarnos por nosotros mismos y no depositar nuestra confianza en los políticos de los partidos Demócrata y Republicano, digan lo que digan o por muy bienintencionados que parezcan.