La realidad ha superado la ficción de la 30ª cumbre climática de las Naciones Unidas (COP30): mientras gobiernos y corporaciones discutían cómo frenar la crisis climática, un incendio abrasaba parte del recinto oficial y obligaba a parar las negociaciones. Un reflejo irónico de cómo lo pactado en Belém do Pará (Brasil), sede en esta edición, solo garantiza más crisis y más destrucción de la naturaleza.
A veinte años del Protocolo de Kioto y diez del acuerdo de París –donde se estableció el límite del aumento de 1,5 ºC respecto a niveles preindustriales que ya se ha sobrepasado–, la conferencia del clima continúa a pesar del boicot del negacionismo y de EEUU, pero también continúa la crisis climática y ecológica. Desde la última cumbre, solo en la península hemos presenciado la catastrófica DANA de 2024, los devastadores incendios de este verano –el más cálido registrado históricamente–, ciclos de sequía y precipitaciones irregulares y miles de muertes atribuibles al calor.
La declaración final de la cumbre, aunque recoge fórmulas ambiguas como el «Mecanismo de Belém para la Transición Justa», vuelve a dejar fuera los combustibles fósiles y sigue la línea obstaculizadora así como la apuesta por la financiarización verde y las falsas soluciones mágicas que marcan los Estados petroleros, Gobiernos negacionistas y los grupos de presión del sector energético. Y es que este año, más de 1.600 lobistas de la industria fósil han participado de esas negociaciones, superando en número a todas las delegaciones excepto a la anfitriona. Pero ni siquiera la presidencia brasileña de Lula da Silva, que presumía elevar el listón en materia de mitigación y deforestación, se salió de los márgenes de unas lógicas capitalistas que prevalecen sobre la conservación del planeta. Unas lógicas que, de hecho, el propio gobierno reformista de Lula sostiene a costa de la naturaleza, como demuestra la autorización a Petrobras (empresa petrolera brasileña) para la perforación en la cuenca amazónica pocos días antes de la COP. Tampoco China, que se expone como la potencia comprometida con la sostenibilidad, representa ninguna solución real. De un Estado que tiene la obligación política de crecer económicamente un 5 % y que impulsa la devastación extractivista, solo podemos destacar cómo empresas chinas avanzan en la construcción de plantas energéticas conjuntas con los sionistas a la vez que se abstenían en la votación sobre el plan de Trump-Netanyahu para Gaza. En este sentido, la participación de Israel en las negociaciones climáticas de la COP30 y en las Naciones Unidas, que utiliza el colonialismo energético y la ocupación verde para sostener el genocidio sobre el pueblo palestino, no hace más que enterrar aun más la credibilidad de la ONU.
En comparación con ediciones anteriores, el abandono mediático de esta cumbre demuestra que el entramado institucional y empresarial que durante estos años se han subido al carro de la sostenibilidad, solo son sostenibles en tanto que esto les asegure beneficios económicos. Hoy, sin que precisamente la agudización de la crisis climática y ecológica se haya resuelto, la guerra y el militarismo tienen ese espacio propagandístico y presupuestario en la agenda imperialista, y veremos cómo las mismas empresas beneficiarias de la “Transición Justa” que promocionaban los fondos NextGeneration EU, esta vez se beneficiarán del paquete económico que imponga el plan ReArm Europe, al que Pedro Sánchez presionó heroicamente para cambiarle el nombre por uno más amable y que así podamos dormir tranquilos. Farsa que se suma a la épica de este Gobierno en la COP30, que ha enviado una carta a la presidencia de la conferencia quejándose del último borrador y Sara Aagesen (vicepresidenta y ministra para la Transición Ecológica) ha participado en una rueda de prensa señalando la insuficiencia del texto frunciendo el ceño fuertemente. Según el equipo de Ecologistas en Acción presente en Belém, “la COP30 ha sido una de las cumbres más opacas de la historia. De nuevo los gobiernos de todo el mundo anteponen sus intereses, poniendo en riesgo las vidas de todas y todos”. Y es que ni estando en pleno Amazonas, se ha avanzado nada en materia de biodiversidad o deforestación donde, sin embargo, quienes sí han estado a la altura han sido las más de 70.000 personas que han llenado las calles de Belém en la Marcha Mundial por el Clima durante la cumbre o los manifestantes indígenas que ocuparon la sede de la COP30 en protesta por el expolio y la deforestación de sus tierras que imponen los negocios agrícolas y ganaderos así como la exploración petrolera. Lo único “verde” que se vio durante la cumbre fueron los uniformes militares del fuerte despliegue represivo que trató de controlar estas acciones, donde 7.000 militares cercaron Belém para proteger a los representantes políticos y empresariales del greenwashing. Al mismo tiempo, mientras transcurría la COP30, era asesinado un líder guaraní-kaiowá de una comunidad que recientemente había retomado parte de su territorio de la ocupación de la industria ganadera. Esto responde a cómo el capital fósil y de la agroindustria se encarga de aplastar cualquier acción que pueda debilitar su proyecto, en este caso a través de un aparato estatal más preocupado del ordem que del progresso.
Estas cumbres no es que fracasen, sino que cumplen su función real de maquillar la depredación ambiental mientras expanden sus mercados y desplazan poblaciones. Frente a esto, la supervivencia de la humanidad y de la naturaleza en su conjunto exige superar este sistema y solo va a depender de nuestras propias fuerzas como clase. La reorganización de la producción bajo control colectivo, la abolición de la lógica del beneficio y la relación consciente entre sociedad y naturaleza no es una alternativa entre otras, sino la única posible para evitar la barbarie.