LA CHISPA DE LA “GENERACIÓN Z” SACUDE UN SISTEMA EN CRISIS

Una ola de protestas encabezadas por la Generación Z (jóvenes nacidos entre finales de los 90 y principios de los 2000) atraviesa América Latina, África, Europa y el sudeste asiático dejando ver la bandera pirata de One Piece —manga japonés con un fuerte mensaje político— como símbolo común y coordinadas a través de Discord, una plataforma pensada para jugadores de videojuegos.

La caída del Gobierno de Nepal, la huida del presidente de Madagascar, la dimisión del de Serbia o la destitución de la de Perú, son la materialización de unas movilizaciones masivas, de jóvenes y no tan jóvenes, agudizadas por la intensificación de la censura, la corrupción, la represión, la explotación y todas las contradicciones estructurales a las que se enfrentan la juventud y la clase trabajadora bajo el capitalismo. No responden únicamente a una revuelta de «jóvenes indignados» de estos últimos meses de manera aislada, sino a la explosión de una generación precarizada que el sistema capitalista ha condenado a la incertidumbre y que ahora lidera estas movilizaciones frente a un sistema que necesita mantener a una gran parte de la juventud en el paro, los trabajos basura y sin futuro. Mientras unos pocos acumulan riqueza, la mayoría de jóvenes de todo el mundo vivimos en la inseguridad permanente.

Una vez más, la juventud se demuestra como vanguardia táctica en la lucha de clasesencendiendo la mecha de unas movilizaciones que, de articularse con el movimiento obrero, pueden resultar imparables. Un joven marroquí entrevistado durante las protestas lo resume de manera clara: «Nuestros padres creían que el silencio nos ayudaría, pero no sirve de nada. Nos decían: os van a pegar y encarcelar, y así querían educarnos. Pero el silencio no sirve de nada. ¿Creéis que nos vamos a ir de Marruecos? ¡No vamos a dejar nada, vosotros sois los que se van a ir de aquí!». Un sector de la juventud evidencia que no hereda el miedo de las derrotas pasadas, sino solo la memoria combativa y los aprendizajes de quienes lucharon antes. Bajo el nombre de GenZ 212, continúa en Marruecos esta protesta masiva que estalló contra el pelotazo del Mundial 2030 para exigir mejoras en los servicios públicos colapsados y que ahora, por primera vez en décadas, se extiende hasta señalar abiertamente al monarca —llegando a quemar sus imágenes en plena calle— y al régimen alauí que ha dejado tres muertos, centenares de heridos y más de cuatrocientos detenidos.

Estas protestas son tan poderosas porque, aunque no todas consigan resultados inmediatos, abren brechas y reconfiguran el escenario político dando paso a posibles nuevos escenarios organizativos y de protesta. Sin embargo, si este desborde de las viejas estructuras burocráticas que experimenta este impulso no da paso a nuevas formas de organización permanente y canaliza en un proyecto político, la marea de protestas acabará retrocediendo tan rápido como avanzó y se acabará disipando. Por tanto, el desafío es doble: generalizar la lucha y superar la espontaneidad mediante la organización. Y esta organización debe construirse sobre una línea revolucionaria. De no ser así, el caso de Nepal lo deja claro: cuando un partido que se autodenomina “comunista” solo aspira a gestionar la miseria capitalista desde el gobierno, se convierte en una pata más del sistema y en un obstáculo reaccionario tratando de contener la protesta, en la que han dejado al menos 72 muertos. La prueba más cruda de la necesidad de plantear una alternativa revolucionaria la ofrecen estas propias movilizaciones, donde se han viralizado vídeos de jóvenes arrancando la bandera comunista de la sede del partido.

Con todo esto, frente al relato de la presunta derechización de la juventud, las recientes revueltas en el llamado Sur Global —junto con las movilizaciones masivas a nivel internacional en solidaridad con el pueblo palestino— dibujan un panorama más complejo y esperanzador: el de una juventud que rompe con la paz social, aunque aún no cuente todavía con un programa político consolidado. No se trata de movimientos orquestados por estructuras tradicionales, sino de un desborde y de una lucha de clases que expresan una negación frontal al orden actual. Estamos, en definitiva, ante una nueva fase de lucha donde la juventud busca formas de contestación que las viejas estructuras no logran canalizar. En el Estado español, un porcentaje equivalente al que actualmente respalda a la extrema derecha —en torno al 20%— opta por la abstención. Este fenómeno no es casual, sino la consecuencia directa del papel lamentable de los partidos que, autodenominándose de izquierdas y disponiendo de altavoces institucionales, han sido incapaces de construir un proyecto creíble que canalice el malestar hacia una alternativa transformadora. Su fracaso no solo no frena el auge y la estabilización de la extrema derecha, sino que alimenta el vacío político del que se nutre esta. De ahí la necesidad urgente, de nuevo, de construir una alternativa revolucionaria.

Estas movilizaciones son el grito de una generación a la que el capitalismo no le puede ofrecer más que precariedad y desesperanza. Pero la rabia por sí sola no basta. Esta energía que recorre las protestas masivas se debe convertir en organización, implantada en los centros de estudio y de trabajo, con un marcado carácter combativo e internacionalista. Solo cuando la juventud, consciente de su papel histórico, una su fuerza a la del conjunto de la clase obrera, emergerá el sujeto colectivo capaz no solo de desafiar al sistema, sino de derrotarlo.