¿A DÓNDE NOS CONDUCE LA POLÍTICA DE REARME?

Tal y como venimos señalando, la descripción del viejo líder revolucionario ruso sobre el imperialismo como la fase superior del capitalismo, caracterizada por la concentración monopolista, la exportación de capitales, la rivalidad entre potencias por el reparto del mundo y, en consecuencia, un periodo histórico de crisis, guerras y revoluciones, más de un siglo después, se revela, con toda su crudeza, más vigente que nunca, cuando observamos una economía mundial, atravesada por una crisis estructural que no remonta desde 2008, que se desliza hacia una espiral de enfrentamientos entre bloques imperialistas, cuyo motor fundamental reside en la lucha por el control de mercados, rutas y recursos estratégicos.

Esta pugna interimperialista se desarrolla hoy bajo condiciones específicas: la carrera hacia el desastre ecológico y climático, que no es un accidente de la codicia capitalista sino su consecuencia inevitable; la decadencia de la hegemonía estadounidense, que pese a seguir siendo la principal potencia militar no logra ya imponer unilateralmente su voluntad; y el ascenso de China como actor central en el tablero geopolítico.

Europa, por su parte, vive un retroceso innegable en todos los planos. En lo económico, la UE ha pasado de representar en 1990 cerca del 25% del PIB mundial a rondar hoy apenas el 14% (datos del FMI, World Economic Outlook), con una industria incapaz de competir en productividad con Estados Unidos y China, y una dependencia energética creciente tras el sabotaje al Nord Stream 2. En el plano político, la pérdida de peso es palmaria: Francia ha visto expulsada su influencia en el Sahel, donde antaño actuaba como gendarme neocolonial, y el conjunto de la Unión Europea quedó en evidencia al arrodillarse ante Donald Trump en materia comercial y militar. En el ámbito moral y narrativo, la farsa de Europa como “garante de los Derechos Humanos” ha quedado brutalmente desenmascarada con su apoyo al genocidio sionista en Palestina, en el que el imperialismo occidental es cómplice activo e indispensable.

Al fin y al cabo, el Estado de Israel fue —y sigue siendo— un proyecto colonial europeo, la punta de lanza para impedir el desarrollo de un mundo árabe que concentra algunas de las mayores reservas de hidrocarburos y que ocupa un emplazamiento geoestratégico clave. Sin el respaldo económico, diplomático y militar de la UE y de EEUU, la maquinaria de guerra israelí quedaría paralizada. La presión social contra esta barbarie sionista está dando saltos cualitativos a tal nivel que los gobiernos europeos se están viendo obligados a escenificar condenas formales, meramente teatrales, mientras siguen suministrando armas y blindando impunidad en los foros internacionales.

La política de rearme: mecanismo de decadencia y sumisión

La reciente política de rearme de la Unión Europea está ocupando el centro de los discursos políticos y del foco mediático, desplazando, a la, hasta ayer, crucial “Agenda 2030”. La Comisión Europea anunció en 2024 un plan de rearme que moviliza cientos de miles de millones de euros para “reforzar la base industrial de defensa”, justificándolo como respuesta a la “amenaza rusa”. Incluso desde una perspectiva imperialista y geopolítica, una alianza estratégica euroasiática que incluyese a Rusia sería mucho más racional frente a la competencia de Estados Unidos y China. Pero la guerra en Ucrania ha sido el catalizador perfecto para Washington: ha fracturado definitivamente cualquier posibilidad de acercamiento entre Moscú y la UE, ha facilitado que EEUU venda gas natural licuado a precios inflados sustituyendo el gas ruso barato, y ha abierto un gigantesco mercado para la industria armamentística norteamericana. A cambio, la agresividad de la OTAN en Ucrania ha empujado a Rusia a los brazos de una China constituida ya como vanguardia tecnológica y líder indiscutible de un bloque contrahegemónico aún por definir, pero imparable en su avance, como demuestra el éxito de la última cumbre de la que ya es la mayor organización regional del planeta, la OCE (Organización de Cooperación de Shanghái) y en la que se dieron cita líderes como el presidente ruso Vladímir Putin, el chino Xi Jinping, el iraní Masud Pezeshkian; o el primer ministro indio Narendra Modi.

¿A dónde conduce la política de rearme a Europa? Al reforzamiento de su sumisión a los intereses norteamericanos, a la adopción de políticas internas más autoritarias y a una creciente militarización de la vida pública. Países como Lituania, Noruega o Suecia han reinstaurado o ampliado el servicio militar obligatorio; en Alemania crecen las propuestas para reintroducirlo. En paralelo, crecen las leyes represivas contra la protesta, el control policial de la disidencia interna y los recortes en servicios públicos para liberar fondos destinados al rearme y ofrecer nuevos mercados al capital internacional, tratando de dilapidad más de un siglo de conquistas políticas y sociales por la lucha obrera.

El papel del Gobierno español

El actual gobierno de coalición PSOE–Sumar, ha aprobado un aumento del gasto militar de más de 10.000 millones de euros para 2024–2025, situando el presupuesto de Defensa por encima de los 30.000 millones si se suman los programas especiales de armamento. Y a pesar de que el presidente Sánchez ya se atreve a pronunciar “genocidio” con todas sus letras y anuncia “sanciones unilaterales” colocándose la kufiya para cubrir sus corruptelas, mantiene intactas las relaciones con Israel y su fidelidad a la OTAN. Hasta el Rey ha afeado la conducta de Israel en la sede de la Naciones Unidas y es que como gran embajador del capital español que ha sido y es la casa real, saben perfectamente que el posicionamiento público contra Israel, aunque sea meramente simbólico, fortalece las relaciones económicas con los regímenes árabes.

Genocidio, guerras «proxy» y amenaza nuclear

Frente a esta carrera armamentística, no faltan advertencias. Los principales medios del mundo especulan ya sobre el riesgo de una tercera guerra mundial. Titulares recientes como “The world edges closer to World War III” (The Economist), evidencian que la perspectiva de un choque entre potencias nucleares está sobre la mesa. A pesar de que esto, evidentemente, significaría, literalmente, el fin de la vida humana tal como la conocemos.Y aunque nunca hay que subestimar la estupidez de quienes nos gobiernan en el marco de un sistema productivo completamente irracional y antisocial como lo es el capitalismo, el cual, ha demostrado y demuestra a diario en Ucrania y en Gaza su asombrosa capacidad para conducirnos a la barbarie de la que nos alertaba Rosa Luxemburg, es cierto que el escenario internacional que se presenta más probable se encamina hacia una multipolaridad inestable, donde las tensiones interimperialistas se traduzcan en choques cada vez más frecuentes, eso sí, en escenarios secundarios.

En cualquier caso, será la lucha de clases, por supuesto en los “vagones de cola” del capitalismo, pero también en el viejo centro de la economía mundial, donde muestra signos de reactivación, e incluso en las grandes potencias emergentes se acumularán contradicciones sociales cada vez más explosivas.

La juventud y los y las trabajadoras del mundo no puede depositar sus esperanzas en los gobiernos y mucho menos en las élites económicas a las que sirven. La partida está abierta y nuestra responsabilidad el organizarnos y movilizarnos, porque sin nosotras nada se mueve, paremos el genocidio en Palestina, acabemos con la locura militarista y con el putrefacto capitalismo que los alimenta. Porque en el escenario de guerra que nos imponen, la movilización social es nuestra única arma.