OCTUBRE 2026, NUEVO MAYO DEL 68

Los estudiantes de liceos llevan desde septiembre movilizándose por sus condiciones de estudio. Hablamos de institutos en barrios de mayoría migrante donde el techo se cae a pedazos encima de sus cabezas, hay goteras, ratas y una preocupante falta de medios y profesores. Con el inicio del mes de octubre, a esta lucha se le sumaron los estudiantes universitarios, quienes, al terminar el liceo, se ven abocados a un proceso selectivo, el Parcoursup, que no es más que un triaje entre ricos y pobres diseñado para perpetuar la división de clase, dejando sin oportunidades a los hijos e hijas de la clase trabajadora para continuar sus estudios superiores.

Todo esto sucede mientras el gobierno de Macron no deja de recortar en materia social para derivar recursos al presupuesto militar e introducir un servicio militar voluntario entre los jóvenes, en lugar de aumentar las plazas y responder a las necesidades urgentes en los barrios populares. Sus políticas antisociales durante ya casi 10 años han provocado que durante dos meses se hayan bloqueado liceos y facultades, y se hayan llenado las calles de manifestantes en una oleada de protestas cada vez más numerosas: desde las 300.000 personas del 29 de septiembre en la función pública, pasando por las marchas del 1, 6, 8 y 13 de octubre, hasta culminar alcanzando los 800 mil movilizados los días 17 y 24 de octubre. Los jóvenes se han plantado contra un gobierno que pretende arrebatarles el futuro, sirviendo como faro a las movilizaciones de la generación Z que empiezan a recorrer el resto de Europa.

A esta chispa juvenil se le está sumando la experiencia de los chalecos amarillos y de los sindicatos de trabajadores, atendiendo al llamado de construir una movilización conjunta entre obreros y estudiantes, con la vista puesta en la próxima huelga general del 5 de noviembre en los centros de trabajo. No se trata de una mera muestra de solidaridad, sino de la unificación real de las demandas sociales que todos sufren: la subida desbocada de los precios de la cesta de la compra y la gasolina, la destrucción de los servicios públicos o los anuncios de despidos masivos en todo el país son parte de la ofensiva capitalista contra las clases populares. Mientras las empresas del MEDEF y del CAC40 (los homólogos de la CEOE y el IBEX35) disparan sus beneficios a niveles récord, los salarios de la clase trabajadora no permiten llegar a fin de mes.

El miedo está cambiando de bando…

Conscientes del peligro que la unión entre estudiantes y trabajadores representa, los capitalistas han reaccionado desplegando con más fuerza su brazo armado para reprimir todavía más brutalmente el movimiento. El gobierno francés no ha dudado en sacar el ejército a las calles, imponer toques de queda e incluso prohibir las manifestaciones que se dirigían a edificios importantes, centros de trabajo o que simplemente no estaban convocadas por las centrales sindicales.

Todo ello con el objetivo de frenar la autoorganización y la celebración de las asambleas generales masivas, llegando a enviar a las fuerzas antidisturbios (CRS) a desalojar y detener a los estudiantes, y a cerrar cientos de liceos y facultades en lo que llevamos de movilización. Más de 8.000 arrestos y miles de detenidos, muchos menores, obligados a pasar la noche en condiciones inhumanas, hacinados en celdas, sin colchones y durmiendo en el suelo. A esto se suman las mutilaciones de ojos, manos y dientes infligidas por una policía cada vez más radicalizada en posiciones de extrema derecha, como sucede también en el Estado español.

Inclusive, en algunas ciudades, los fascistas han actuado codo con codo junto a los policías, propinando palizas a los manifestantes con total impunidad, mientras el Rassemblement National (RN) y la prensa despliegan una campaña de utilización racista de los saqueos para criminalizar y deslegitimar la protesta, incitando y tratando de capitalizar electoralmente el odio. Ese odio que es responsable del brutal atentado racista en Trappes que ha dejado un muerto y cinco heridos a manos de un nazi que tenía el Mein Kampf en su casa. Al final, lo que no puede negar la extrema derecha ni la prensa, ya que se está demostrando por parte de este gobierno en cada manifestación, es quién tiene de verdad el monopolio de la violencia: el Estado.

Sin embargo, esta generación ha dicho basta y está demostrando que solo la irrupción de la juventud y la clase trabajadora puede frenar el avance de una extrema derecha que hasta hace poco se veía ganadora en todas las encuestas. Es la misma lección que dejó el Estado español cuando el empuje del movimiento por la vivienda desplazó de la agenda el discurso racista con el que VOX pretendía ganar terreno tras los acontecimientos de Ceuta.

Reforzar los marcos de autoorganización para ganar

Ahora bien, la tarea de los y las revolucionarias sigue siendo alertar contra la ilusión electoral: no será una papeleta en las urnas en las presidenciales de 2027, ni tampoco las negociaciones de migajas que busca Macron con sindicatos amarillos a espaldas del movimiento, lo que conseguirá arrebatar victorias reales. Solo mantener y coordinar nuestra movilización decidida y coordinada en las calles hasta las últimas consecuencias.

Es por ello que, en las manifestaciones, los estudiantes franceses cantan «Octobre 2026, nouveau Mai 68», dibujando en el horizonte la posibilidad de recuperar el espíritu de la huelga general insurreccional iniciada por la chispa estudiantil, que en su día conquistó mejoras salariales y laborales históricas. Aquella huelga general demostró la fuerza de nuestra clase: si quienes hacemos todo funcionar paramos, todo se para, y debemos ser, por lo tanto, nosotros quienes tomemos las decisiones sobre todo. Porque la única manera que nuestra clase ha tenido históricamente de cambiar nuestras vidas es a través de su lucha, y esta generación empieza a tenerlo claro.

Bajo esta perspectiva, y a pesar de las vacaciones, se están extendiendo y consolidando los marcos de autoorganización, tratando de estructurarlos a escala nacional. Es el propio movimiento el que ha de decidir sobre todo, representarse a sí mismo y tomar las riendas de la movilización para ganar. Nuestros compañeros en Francia pueden ganar, pueden doblegar al gobierno de Macron con su movilización y la huelga. Si ellos ganan, su victoria será la nuestra, puesto que demostrarán cuál es la vía. Así, estaremos en mejor disposición en el Estado español, pero también en el resto del mundo, para conseguir articular la fuerza necesaria que nos haga ganar nuestras reivindicaciones, y para cristalizar en toda una generación que se moviliza por primera vez la necesidad de acabar con este sistema de miseria.