EL FRENO DE LULA A LA ULTRADERECHA EN BRASIL DEBE IMPULSAR LA MOVILIZACIÓN DE LA CLASE OBRERA

No habían pasado apenas 24 horas de la amplia victoria contra todo pronóstico de Inácio Lula da Silva en Brasil y el candidato derrotado, el ultraderechista Flávio Bolsonaro, que aún no había reconocido los resultados, huía a EEUU por banqueo de capitales. En un reforzado giro a la derecha en todo el continente americano, esta victoria del antaño sindicalista del Partido de los Trabajadores (PT) ha supuesto un alivio para el conjunto de la izquierda internacional.

El hijo mayor del expresidente condenado por golpista aspiraba a consolidar la dinastía política de los Bolsonaro por una alianza entre toda la derecha y el poder evangélico hasta tal punto que le permitió prometer en campaña «decretar que Brasil pertenece al Señor Jesucristo» había dado por amortizado a Lula. Pero el exsindicalista del PT logró algo inédito el último domingo de octubre: ganar 10 millones de votos en una segunda vuelta recibiendo 3 de 4 votos y logrando que Brasil siga siendo el reducto progresista de una América conservadora.

El diputado André Janones fue el responsable de la remontada digital, encargado de hace frente a las tecnológicas con la comunidad de wasap del “ejército de Lula” y de una política comunicativa mucho más centrada en lo emocional y poco en lo político. Cabe señalar que en su última legislatura Lula pactó con el centro liberal y con el poder económico, cuya figura es el vicepresidente Geraldo Alckmin, al que ha asegurado no derogar la legislación laboral del conservador de Temer, además de que gobernará con un parlamento bolsonarista.

Sin embargo fueron las masivas movilizaciones obreras y de jóvenes las semanas posteriores al 4 de octubre, cuando Flávio Bolsonaro se vio ya excarcelando a su padre y desplegó grandes marchas de escuadristas con el saludo nazi, pidiendo al ejército un nuevo golpe de Estado si ganaba Lula y a Donald Trump bombardear el país, las que fueron espoleadas para que votaran abstencionistas en la primera vuelta, a pesar de las zancadillas de gobernadores bolsonaristas, que suspendieron servicios de autobuses en las regiones más pobres afines al PT y las amenazas de la milicia vinculada al narcotráfico.

En el tablero de Brasil han jugado sus cartas la ultraderecha de Flávio Bolsonaro, que asumía como el vecino Milei (cuyas salvajes medidas de recorte del gasto social han asustado) ser el patio trasero de Washington, mudar su embajada a Jerusalén y ofrecerse a Marcos Rubio, frente a un Lula moderado, de política multilateral (y contradictoria) sumado a la demanda por genocidio contra Israel, quien condenó las agresiones contra Irán y Venezuela, denunció el criminal bloqueo a Cuba y seguirá reforzando los BRICs.

Que el resultado de una cita electoral puede pendular gracias a la movilización hasta tal punto de cambiar la dinámica política es una evidencia, pero lo que por desgracia es bastante probable es que los trabajadores y jóvenes que se han activado estos días vuelvan a sus casas, una vez empleados como instrumento para llenar urnas. El ministro de Hacienda de Lula quiso tranquilizar a los mercados un día después de la victoria afirmando que habrá que hacer un ajuste para contener el gasto público, lo que es todo un golpe contra la misma base social que acaba de aupar a Lula.

Los mercados, que esperaban el tijeretazo prometido por el bolsonarismo, parecen presionar ahora para que el gobierno del PT aclare pronto su fisacalidad. No en vano el presupuesto del gobierno saliente impuso un límite al aumento de las partidas y se fijó sanciones si había incumplimiento. La garantía de “tranquilidad” que les ofrece a banqueros y empresas el liberal vicepresidente Alckmin debería obligar los millones que llenaron las calles a no abandonarlas ni entregar su confianza a un lulismo que ha gestionado y gestiona las migajas del capital.