LA CUEVA DE LOS BANDIDOS: DAVOS, TRUMP Y LA LEGALIDAD INTERNACIONAL

En este dossier analizaremos como la ofensiva imperialista en América Latina y el órdago con Groenlandia demuestran que, tras los discursos sobre derecho y legalidadd internacionales, los choques entre las potencias imperialistas siguen agudizándose y que la política de Trump de la “ley del más fuerte” responde a los intereses de la clase capitalista de EEUU.

El marxismo, al contrario de lo que suele pensarse, no es una doctrina, es decir, no es un código de normas morales a cumplir como un credo religioso, ni un recetario de utopías políticas. El marxismo es un método de análisis social que nació en un momento en que la burguesía había tropezado con un muro ideológico y se vio incapaz de seguir explicándose cómo funcionaba el mundo que ella misma había fundado: el capitalismo, en el que la mayoría de la sociedad producimos mercancías a cambio de un salario para un patrón, que se lucra con el negocio. Los economistas y los filósofos que pensaban desde los marcos de la clase burguesa no lograban entender de dónde surgían las crecientes contradicciones sociales que resquebrajaban ese nuevo sistema de libertades e igualdad de oportunidades para todos: el enfrentamiento entre la clase trabajadora y los capitalistas por intereses contrarios, las crisis, la imposibilidad de materializar la «igualdad de derechos de todos los hombres ante la Ley» La burguesía terminó por creerse sus propios embustes: quienes obtienen sus ganancias mediante nuestra explotación tratarán de convencernos de que la desigualdad es fruto de que somos unos flojos y no nos esforzamos lo suficiente, aunque realmente seamos la clase obrera quienes producimos y movemos el mundo. Sin embargo, basándose en el conocimiento científico existente y poniendo en el centro del análisis histórico la lucha de clases, Marx y Engels nos legaron una tajamata para desenmarañar el camino hasta comprender la raíz de nuestros problemas y resolverlos.

Afortunadamente para quienes nos imponemos la tarea de comprender y transformar el mundo, es la propia burguesía la que de vez en cuando revela sus trucos y nos ahorra desmontar sus ficciones. Así ha pasado con el concepto de «legalidad internacional», trampantojo con el que los gobiernos capitalistas adornan la dominación imperialista. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, un liberal que fue ejecutivo de Goldman Sachs, poco sospechoso de bolchevique, observó en el Foro de Davos que «vivimos en una época de rivalidad entre grandes potencias, [en el que] el orden basado en normas tiende a desaparecer [y] los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias. […] Las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como medio de presión. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como medio de coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar».

El último mes de enero el choque de intereses entre las potencias imperialistas se ha agudizado tanto que el oropel de la «legalidad internacional» se ha desconchado, revelando que todo iba en realidad de la ley del más fuerte. Tras el citado discurso de Carney en Davos, Trump amenazó a Canadá con aranceles del 100% si el país vecino firmaba un acuerdo comercial preliminar con China. Como notó la marxista revolucionaria Rosa Luxemburgo en La acumulación del capital, «la teoría burguesa liberal no abarca más que un aspecto: el dominio de la “competencia perfecta”, las maravillas técnicas y el simple tráfico de mercancías; aparte está el otro dominio económico del capital: las estrepitosas violencias de la “política exterior”». El capital financiero abre mercados a bombazos, y luego sus lacayos políticos se encargan de dotarlo de fundamento de derecho.

En un Estado, el derecho se impone por la fuerza que ejerce un poder soberano; esto es algo que hasta un párvulo aprende en el patio del colegio cuando, para resarcir alguna tropelía de sus compañeros, recurre a la autoridad de la maestra. Sin embargo, en los conflictos entre Estados, ¿a qué instancia superior recurrir para dirimir según la legalidad internacional? Tras la Segunda Guerra Mundial, las viejas potencias imperialistas europeas reconocerían a Estados Unidos como el gendarme global, ese poder superior que vigilaría el «orden mundial basado en normas» o, lo que es lo mismo, protegería los intereses comunes del bloque imperialista occidental, en el siglo pasado frente a la Unión Soviética y los movimientos de descolonización, y en el siglo presente frente a China, Rusia y potencias regionales secundarias emergentes. Ahora ese equilibrio se ha roto: los imperialistas europeos no están invitados al reparto del pastel de las llamadas «esferas de influencia» entre EEUU, China y Rusia y ven amenazados sus intereses por todos los flancos.

Si algo podemos agradecer a Donald Trump es que no se haya cortado en reconocer que el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, asesinando a 81 personas, después de una campaña de bombardeos y piratería en el Caribe y habiendo sometido a Venezuela a sanciones —iniciadas por los anteriores presidentes, tanto Bush como Obama y Biden— que han causado una crisis humanitaria, no tenía por objetivo democratizar el país o luchar contra el narcotráfico, sino saquear el petróleo y otros recursos. Despreciando los ofrecimientos de la arrastrada líder de la oposición antichavista, María Corina Machado, Trump ha recordado a la derecha europea, y sobre todo a la española, que la correlación de fuerzas lo es todo para ejercer el poder y que hechos son amores y no buenas razones. Con el beneplácito de la Casa Blanca, el gobierno chavista se mantendrá con la vicepresidenta Delcy Rodríguez, que emprenderá una reforma de la ley de hidrocarburos para ampliar la privatización petrolera. En una reunión a puerta cerrada con multinacionales en Davos, el secretario estadounidense de Energía ha declarado que la producción venezolana aumentará un 30%. En cuanto a la «seguridad nacional», Trump ya ha decidido que China, el principal comprador de petróleo venezolano, podrá seguir comprando, pero a un precio mayor.

A la ofensiva imperialista en América Latina ha seguido el órdago que el presidente de EEUU ha lanzado a sus aliados de la Unión Europea y la OTAN para comprar o anexionar la colonia danesa de Groenlandia, rica en materias primas críticas según la Comisión Europea, un punto que subraya Mike Waltz, el embajador estadounidense ante la ONU, mientras Trump alerta de la necesidad estratégica de aumentar el número de bases militares que ya tiene en la isla ártica para supuestamente defenderse de Rusia y China. Impotentes ante esta demostración de fuerza del imperialismo yanqui, los gobiernos europeos, desde los conservadores al socialdemócrata de Pedro Sánchez, han coincidido en apelar infantilmente al derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, y en la extrema derecha voces como las de Viktor Orbán y Giorgia Meloni han sugerido reforzar la OTAN. Pero la debilidad europea trasciende este envite y sus causas son estructurales. Dependiente de EEUU tanto militar como comercialmente, Europa se plantea un rearme para conseguir una «autonomía estrategia» que, en las condiciones actuales, reposaría fundamentalmente en la industria armamentística estadounidense. Todavía muy dependiente del gas ruso pese a cuatro años de las sanciones comerciales —que han sorteado a través de los mercados en países post-soviéticos como Kirguistán—, la Unión Europea ha sido excluida de la mesa de negociación entre EEUU y Rusia por las tierras raras de Ucrania, para cuyo ejército sigue comprando armamento estadounidense en cumplimiento de una cláusula del acuerdo arancelario que Von der Leyen firmó con Trump en julio de 2025. Aislados y sin poder de disuasión, doce países miembros de la OTAN, incluida Dinamarca, mandan contingentes militares a Groenlandia para demostrar que, como expresó el canciller alemán, Merz, pueden defender la isla de la «amenaza rusa». Trump responde amenazando con aranceles del 25% a los países de maniobras en la nieve, a lo que el Parlamento Europeo contesta con la congelación del acuerdo comercial de julio de 2025. Emmanuel Macron pide más contundencia ante la coerción, sobre lo cual el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ironiza imaginando que el instrumento europeo más potente sería un «temible grupo de trabajo» para deliberar cómo seguir. A las pocas horas, Trump se retracta, ya que, por mediación de Mark Rutte, el secretario general de la OTAN, ha alcanzado un preacuerdo sobre Groenlandia, lo que la UE celebró como el resultado de la «firmeza» y la «unidad» europeas. En cualquier caso, todas las posibles resoluciones del conflicto son un win-win para Trump, que en Davos volvió a exigir a los adherentes del Pacto Atlántico que aumenten el gasto militar, con especial mención a España, a quien demandó alcanzar el 5%; Rutte insistió en lo mismo: la UE «no puede defenderse sola» y debe flexibilizar el préstamo de 90.000 millones de dólares para seguir armando a Ucrania.

El panorama, entre la tragedia en América Latina y la farsa en Europa, recuerda a la alegoría que Lenin usó para describir el circo de la Sociedad de Naciones: una cueva de bandidos que se reparten el botín, no sin alguna puñalada para solventar desavenencias. Tras el Foro de Davos, Trump inauguró su «Junta de Paz» de banqueros, armamentistas, criminales de guerra, como Tony Blair, y tecnócratas neoliberales, como Javier Milei: un organismo internacional para implementar la administración colonial de Gaza y convertir su suelo devastado en «la Riviera de Oriente Medio», un megaproyecto inmobiliario de rascacielos y complejos hoteleros que el yerno del presidente presentó simultáneamente en Suiza con mock-ups, planos y gráficas. Para formar parte de tan jugoso negocio hay que aportar un billón de dólares a la caja, lo que se suma a los fondos fiduciarios que el Banco Mundial prevé para la reconstrucción de la Franja, con el despliegue de tropas internacionales, a las que el Gobierno de España contribuirá según anunció Pedro Sánchez, en la operación que explicó nuestra compañera Hada Martínez en «Frente a sus guerras, el rearme y el genocidio, ¿qué hacer?». Trump y Netanyahu cuentan con el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU, donde China y Rusia se abstuvieron en la votación, a la vez que empresas chinas han firmado recientemente contratos con empresas israelíes para la construcción de plantas energéticas. Votaron a favor Francia y Dinamarca, las mismas que hoy se revuelven ante la extorsión de Trump por Groenlandia; la misma Francia de Macron que estaba dando un golpe de Estado en Burkina Faso a la misma hora que los yanquis abducían al presidente de Venezuela, y la misma Dinamarca que mandó tropas a Irak y Afganistán. La Autoridad Nacional Palestina, ese gobierno cipayo de los sionistas, lo acepta con matices, pero lo acepta. Carney, el primer ministro canadiense, el mismo que en Davos alertó de la «ruptura del orden mundial», apoya el plan colonial para Gaza y, cabe recordar, bloqueó reservas de oro venezolanas cuando ejerció de gobernador del Banco de Inglaterra.

En fin, nadie sabe mejor que los pueblos latinoamericanos, palestino y saharaui, entre tantos otros oprimidos y explotados por los imperialistas, que la «legalidad internacional» es un camelo y que, al igual que la guerra es la continuación de la política por otros medios, la política, cuyo contenido es la lucha de clases, es a su vez la continuación de la guerra. Trump no es ningún loco: su política exterior expansionista, que combina su corolario a la Doctrina Monroe con la salida de organismos internacionales para no rendir cuentas y regirse por pactos bilaterales por la fuerza, es la respuesta a su propia crisis interna y coincide con una deriva autoritaria del Gobierno federal, que se pertrecha cada vez de más poderes ejecutivos y camina hacia el estado de excepción mientras siembra el terror entre la clase obrera estadounidense para intensificar su explotación mediante el despliegue del ICE, una policía migratoria cuyo presupuesto duplica al gasto militar español. En ese sentido, la segunda administración Trump confirma la advertencia del escritor Mark Twain sobre la Diplomacia del Gran Garrote: Estados Unidos no puede actuar como un imperio en el extranjero y pretender mantener una república liberal en casa. Este sistema nos aboca al exterminio y la destrucción por las ganancias de nuestros explotadores. La clase trabajadora mundial no puede confiar más que en sí misma. Solo mediante la solidaridad internacionalista, la lucha revolucionaria y la organización política independiente podremos enfrentar el rearme, el autoritarismo, las agresiones imperialistas y la escalada belicista. Hoy, como hace cien años, la consigna vuelve a ser socialismo o barbarie.