FRENTE AMPLIO Y COMITÉS DE HUELGA

Después de dos semanas de un bochornoso espectáculo mediático entre las organizaciones del reformismo a la izquierda del PSOE, han fracasado una vez más en el intento de acordar su papeleta única para las elecciones generales del 29 de noviembre. Han dejado claro que nada les importa el programa, ni los intereses de la clase trabajadora, ni «parar el fascismo». Se desviven por los puestos y no se preocupan en esconderlo en unas semanas en las que, mientras la izquierda institucional ha estado ocupada haciendo consultas online para tratar de justificar sus maniobras electorales, la clase trabajadora ha estado organizándose en asambleas y comités para ir a las huelgas, en educación, vivienda y multitud de conflictos en curso, como en metal o el transporte, en un marco de escalada de luchas a nivel europeo.

Frente Amplio —conformado por IU, Más Madrid, Comuns, Sumar y otras marcas desde formaciones regionales hasta sectas como Recortes Cero o el Partido Humanista— solo irá al Congreso junto a Podemos en la Comunitat Valenciana, Balears y Canarias. En el resto irán separados y en el Senado concurrirá Frente Amplio con el PSOE bajo la marca «Senado de Progreso» en una campaña marcada por las masivas movilizaciones por la vivienda y con miles de docentes y estudiantes en una huelga indefinida en Madrid, donde la primera reacción del gobierno que integra a parte de ese Frente Amplio ha sido reprimir manifestaciones y piquetes.

Al mismo tiempo, Rufián, maestro de ceremonias de este circo malmenorista desde hace meses y que llegaba a postularse como cabecilla de la hipotética coalición, abrió finalmente el sábado pasado su campaña conjunta con Irene Montero. Aunque trate ahora de aparentarse en la crítica y distanciarse de la tibieza del Frente Amplio, basta con repasar sus últimos coletazos para desmentirle. Ya desde febrero, en un acto organizado junto a Emilio Delgado (Más Madrid) defendía abiertamente el «mal menor», como lleva haciendo en la práctica con su apoyo a Sánchez toda la legislatura. A esta justificación del mal hay que contraponer el hecho de que siempre habrá un «mal mayor» al que adaptarse y eso no tiene otro fin que aceptar la ideología dominante y el marco que la derecha trate de imponer. «Si tuviéramos más fuerza, haríamos un PSOE mejor», decía en febrero. No podemos permitir ese chantaje malmenorista. Hay que enfrentar enérgicamente que intenten canalizar la rabia de estos meses en una u otra propuesta electoral reformista que solo va a cristalizar en desmovilización. Estos meses la clase trabajadora movilizada ha demostrado que no es un sujeto político pasivo, expectante. Al fascismo en las calles, venga de Desokupa, Vito Quiles o Abascal lo ha enfrentado la fuerza de nuestra clase. La misma que ha revertido el auge racista tras lo de Ceuta y ha devuelto la confianza en la lucha con las masivas movilizaciones por la vivienda que han forzado el adelanto electoral y la convocatoria de la primera huelga general en catorce años.

Pero si ya las concepciones frentepopulistas clásicas son reprochables por su orientación interclasista y su programa, tibio precisamente por contentar a esos sectores centristas que lo conforman, aun así los Frentes Populares de Francia de 1935, del Estado español en 1936 o la Unidad Popular de Chile en 1969, entre otros, se parecen a este Frente Amplio lo que un huevo a una castaña. El programa en esta nueva quimera ni existe, las discusiones en el progresismo han ido orientadas en todo momento hacia sillones, pactos entre aparatos y listas; y en cuanto a la composición, esas viejas coaliciones al menos las conformaban una mayoría obrera y tenían una política dirigida a las masas. El actual Frente Amplio lo componen partidos que más bien son redes clientelares de afiliados y simpatizantes que, por buena intención que seguro que tienen, no optan más que a ser la muleta más afilada del PSOE en una reedición de legislatura progresista. Y la unidad es siempre un buen lema, pero lo que debemos preguntarnos es la unidad en torno a qué. Al Frente Amplio y, en general, al frentepopulismo, hay que oponer la perspectiva de la unidad de acción y la independencia política de la clase trabajadora: el Frente Único. Mientras los partidos reformistas compiten estos días por protagonismo, negocian sus parcelas de poder y tratan de mantener a nuestra clase expectante mientras la política institucional marca los estrechos márgenes de lo posible en un Frente que se presupone Amplio, hay una clase obrera que está demostrando su capacidad de lucha y organización fuera de eso. Pero aun esa fuerza está dispersa. El Frente Único no surge de otra cosa que de la urgente necesidad de asegurarle a la clase obrera la posibilidad de un marco común e independiente en la lucha contra el capitalismo. Porque solo vamos a estar en capacidad de superar este sistema y construir una sociedad sin clases si, durante estos momentos de estallidos sociales, logramos un grado de unidad de nuestras fuerzas sociales y un nivel de politización y conciencia cualitativamente superior al que existe en períodos de relativa estabilidad. La mayoría de trabajadoras adquiere conciencia de clase, en el sentido más profundo del término, solo a través de la experiencia de estos proceso de unidad en la lucha, y más aun en estas semanas donde están pasando décadas. Ahí las organizaciones revolucionarias desempeñamos un papel catalizador esencial, pero nuestra actividad particular no puede sustituir esta experiencia de lucha unitaria de la mayoría de trabajadoras. Hay que convencer de la fuente de conciencia que es la propia acción en momentos como el que atravesamos donde irrumpen las masas, y la manera de integrar en la lucha a toda esa franja de nuestra clase, que sea partícipe del movimiento y hasta desborde a las oportunistas direcciones sindicales de CCOO y UGT, serán los marcos de autoorganización que estemos dispuestos a impulsar. Porque de cualquier manera, las movilizaciones de masas que hoy chocan con los partidos institucionales y con las burocracias sindicales, no avanzarán sin los comités de huelga. Estos comités tienen el papel de unificar la lucha masiva que se está dando y de dar a esas masas la conciencia de su propia fuerza para pasar a la ofensiva.

En la entrevista del viernes pasado en la SER, Feijóo anunció que impondrá políticas regresivas para los derechos reproductivos, que el SMI dependerá del visto bueno de la patronal, que «estudiará si las pensiones son viables», que reformará la ley de eutanasia y que meterá a Vox en el Consejo de Ministros «si los españoles se lo mandan». Evidentemente un Gobierno de Feijóo y Abascal será mucho más ofensivo contra las conquistas de nuestra clase y regresivo para las libertades políticas. Pero eso no debe condicionar nuestra apuesta política. Vote a quien vote cada trabajador, cada estudiante, la tarea sigue siendo la de avanzar en el desarrollo de marcos de autoorganización de nuestra clase para que salgamos del mes de noviembre más organizados que ayer y con una articulación desde abajo que nos disponga en mejores condiciones para la lucha de clases.

Ante la farsa de la confianza institucional de unos partidos reformistas que no han sido capaces de unirse ni en lo electoral y han vuelto a decepcionar a cientos de miles de trabajadoras, desarrollemos la unidad de acción desde los comités de huelga unitarios que desenmascaren a esas direcciones traidoras y trabajemos en las movilizaciones de cara al 11N que den confianza a esos trabajadores para también continuar la lucha tras el 29N. Sin ese trabajo práctico unitario que trate de coordinar a toda nuestra clase en una experiencia conjunta real no solo a nivel local, sino estatal de cara a la huelga general, solo se estarán dando brindis al sol hablando de «unidad de clase».