Este 26 de septiembre, con los 41,3 ºC marcados en Sevilla, se han alcanzado los 40 °C más tardíos en Europa desde que hay registros, en un marco de anomalía climática en el que venimos encadenando olas de calor desde mayo, con el tercer verano más seco registrado y con toda probabilidad de un otoño más cálido de lo normal marcado a nivel global por una intensificación del fenómeno de El Niño.
El Niño es un fenómeno acoplado entre el océano y la atmósfera que altera el funcionamiento normal del Pacífico ecuatorial, que tiene consecuencias en todo el mundo, provocando en algunas zonas olas de calor y sequías y, en otras, lluvias torrenciales e inundaciones. Y todo apunta a que el que se está desarrollando ahora va a superar todos los registros por el calor excepcional acumulado en el Pacífico tropical. Así, la interacción entre los efectos devastadores de El Niño y de la crisis energética, junto a las consecuencias de los bloqueos del estrecho de Ormuz que nos hacen pagar a la clase trabajadora mundial con subidas de precios de combustibles y fertilizantes, van a propiciar un desastre alimentario en muchos territorios.
Entre los efectos del calentamiento global está la pérdida de glaciares, con consecuencias fatales como el desastre en la frontera entre Nepal y el Tíbet al derrumbarse parte de un acantilado glaciar el pasado 26 de agosto. Se pensaba que un terremoto había provocado esta catástrofe en el Himalaya que ha dejado más de 1500 muertes y 5700 desaparecidos. Pero ha sido al revés, ha sido el colapso del glaciar el que, al golpear contra la tierra, ha generado una energía sísmica equivalente a una magnitud de 5,2 en la escala Richter. El flujo de escombros recorrió casi 100 kilómetros con aldeas enteras arrasadas, la carretera principal que conecta Nepal con China aislada y, al menos, seis centrales hidroeléctricas dañadas, dentro de las cuales quedaron atrapados más de 900 trabajadores. Las montañas de Nepal han perdido casi un tercio de su hielo en las últimas tres décadas y, aunque es compleja la causalidad de las avalanchas de hielo y roca, el contexto general no está en duda. El colapso se ha producido en una montaña que lleva cuatro veranos consecutivos entre los cinco más cálidos registrados, en un valle que pierde hielo y permafrost a un ritmo acelerado y en una región donde la influencia capitalista tiene todas las papeletas de ser el principal motor del retroceso de los glaciares por, en gran medida, el desarrollo incontrolado de la energía hidroeléctrica. Las altas montañas de Asia ya tienen más personas expuestas a los peligros de las inundaciones glaciares que cualquier otro lugar del planeta. Nepal es un país con poca influencia histórica en el calentamiento global, pero, sin embargo, las personas que viven allí pagan con sus vidas tanto el abandono del gobierno Nepalí en esas zonas más pobres como los efectos de las economías de las grandes potencias basadas en combustibles fósiles. Así se muestra el carácter de clase e imperialista de la crisis climática. Mientras la clase trabajadora mundial sufre estos efectos cada vez más severos, sus responsables siguen llevándonos al precipicio.
Y en todo este contexto de calentamiento global y estancamiento energético, gigantes tecnológicos como Meta, OpenAI o Google compiten por la construcción de mega-centros de datos que consumen hasta 1,2 gigavatios de potencia cada uno, el gasto eléctrico de ciudades de 300.000 habitantes. Las infraestructuras necesarias para la inteligencia artificial (IA) elevan varios grados la temperatura de barrios enteros, lo que hace de la IA una importante fuente de demanda energética y calor residual que contribuye al calentamiento global. En 2026 el consumo global de la inteligencia artificial alcanzó los 415 teravatios/hora, una demanda energética que ya supera el consumo total del Estado español. En Andalucía se prevén unos 20 proyectos de centros de datos privados valorados en más de 10.000 millones de euros, aunque su expansión enfrenta hoy restricciones normativas con el Gobierno central que ya son de por sí insuficientes para prevenir y reducir sus impactos ambientales y sociales, en particular sobre el agua y la energía.
Bajo la misma lógica de rentabilizar la crisis ambiental, mientras el deshielo mata cientos de personas en Nepal, las potencias imperialistas aprovechan esta consecuencia climática de la que son responsables para potenciar sus intereses comerciales. Durante la asamblea general de la ONU, el pasado 22 de septiembre Dinamarca entregaba a EEUU el control militar de Groenlandia tras meses de tensión. El deshielo en la zona más fría del mundo permite ya el tránsito de cargueros de considerable tamaño donde China, Rusia y EEUU se disputan la nueva ruta marítima del Ártico y un mercado de tierras raras del que depende directamente su industria militar y de comunicaciones. El deshielo solo les importa a las potencias imperialistas en tanto que puedan asegurar la circulación de mercancías y nuevos proyectos extractivos para seguir saqueando, exportando capitales, hacerse con nuevos mercados y hasta generar guerras.
Estos fenómenos extremos no son coyunturales. Son parte necesaria de la fase imperialista. Con el calor y el deshielo no hay que caer en debates sobre su atribución humana que, en última instancia, desvíen la atención de la urgencia de acabar con este sistema. El negacionismo se sigue abriendo paso a nivel institucional para justificar unas relaciones interimperialistas que son incompatibles con los límites físicos del planeta. Frente a ellos y también frente a quienes utilizan la crisis climática como excusa para renunciar al programa revolucionario con el pretexto de actuar rápido, hay que afirmar que someter la producción energética, la tecnología, la organización del territorio y, en definitiva, nuestra relación con la naturaleza a un modelo racional y democrático es la única forma de enfrentar la crisis de habitabilidad que supone la amenaza climática bajo este sistema.