A CINCUENTA AÑOS DE LOS HECHOS DE VITORIA: CUANDO LA RUPTURA FUE POSIBLE

En este dossier trataremos sobre un episodio que cumple 50 años: la matanza de Vitoria-Gasteiz durante una huelga y la respuesta que tuvo la clase obrera. Además de analizar los hechos para sacar importantes lecciones que nos ayuden en nuestras luchas actuales, reflexionaremos sobre lo que pudo ser la llamada Transición.

En los años finales del franquismo, el aumento de la conflictividad laboral y el crecimiento del movimiento obrero pusieron en cuestión la continuidad del régimen. La clase dominante, que se había beneficiado del golpe de Estado de 1936 y del represivo sistema franquista, veía peligrar su propia existencia. Así se quejaban amargamente en Sabadell tras una importante huelga en 1976, al señalar que «el léxico empleado: “capitalistas”, “explotadores”, “sueldos de hambre”, etcétera, ha sorprendido al espectador, a quien le recordaba los aires de principios de siglo”; o, entre finales del mismo año y comienzos del siguiente, en asambleas de empresarios donde se afirmaba que “en la actualidad no avergonzamos de ir por la calle. Parece que somos ladrones […] Da vergüenza ser empresario»i.

Las grandes luchas estaban poniendo contra las cuerdas a una burguesía que había florecido al amparo del franquismo. No en vano, en 1976 la participación de los trabajadores/as en la renta pasaba a representar un 66,67%, mientras que la de los empresarios descendía un 16%. La necesidad de adaptación a esos nuevos tiempos, de sobreponerse a esa amenaza, bien queda reflejada en las palabras de Felipe Bertrán, presidente de Fomento del Trabajo Nacional, en una asamblea de empresarios celebrada en Barcelona en 1976: “Venimos aquí buscando encontrar un camino que nos resuelva una serie de problemas que se nos han creado de un tiempo a esta parte como consecuencia del rápido desmoronamiento de unas estructuras mantenidas durante prácticamente toda nuestra generación, lo que hacía que una serie de problemas nos los dieran resueltos sin intervención nuestraii. Y en toda esa conflictividad, los sucesos de marzo de 1976 en Vitoria son un importante ejemplo que, 50 años después, conviene no olvidar.

El movimiento obrero planta cara al franquismo

    Como decíamos, los últimos años del franquismo fueron de todo menos tranquilos. Una nueva generación de trabajadores/as, que no había conocido de primera mano la derrota en la Guerra Civil, comenzará a adquirir conciencia. Esto tuvo sus razones objetivas en el crecimiento económico, sobre todo a partir de los años 60, que tuvo como consecuencia un proceso de éxodo rural y una concentración de trabajadores en determinadas zonas industriales. Esta concentración favoreció la toma de conciencia ante problemas comunes y la posibilidad de luchas contra ellos, dándose un impulso a formas de lucha como comisiones, asambleas y huelgas.

    Entre 1969 y 1975, el año de la muerte del dictador, se va a dar un ascenso de la lucha de clases constante, donde el movimiento obrero y juvenil plantarán cara al régimen franquista. Este no fue un fenómeno exclusivo del Estado español, sino que se enmarcó en toda una oleada que atravesó Europa, en el contexto de un mundo convulsionado por luchas anticoloniales. Así, desde Asia, con el caso paradigmático de Vietnam, hasta África, pasando por el desarrollo de movimientos en diferentes partes del mundo como los casos de EEUU, el mayo francés y la Primavera de Praga (1968), el otoño caliente italiano (1969), las movilizaciones en Grecia (1973), el caso de Chile o la Revolución portuguesa (1974-1975), la clase trabajadora y los pueblos se levantaban de una u otra forma.

    El decreto de congelación salarial: el movimiento obrero se echa a las calles

      Con la muerte de Franco la oleada de movilizaciones se vería acentuada coincidiendo con la crisis del 73, que sacudió al mundo. Si en ese año el paro llegaba al 2%, en 1975 ya se encontraba en un 4%. La inflación pasó de un 14,2% a un 26% en 1977. La conflictividad aumentó de manera exponencial, a pesar de seguir en un régimen dictatorial: si en 1975 el nº de huelguistas era de 556.371, en 1976 esta cifra alcanzaba los 3.689.952. Las jornadas perdidas pasaron de 1.815.237 en 1975 a 18.916.900 en 1977.

      Uno de los disparadores de esta conflictividad fue la aprobación del “decreto de congelación salarial”, el 14 de noviembre de 1975. La respuesta del movimiento obrero fue automática. Al día siguiente, 11.000 trabajadores de la Standard-ITT en Madrid se ponían en huelga reivindicando salarios superiores a los topes previsto en el decreto. Este movimiento se extenderá por múltiples empresas, incluyendo sectores como el metal o la construcción, celebrándose movilizaciones masivas el 27 de noviembre y el 7 de diciembre. También en diciembre, 250 representantes de distintas empresas se reunían para coordinar acciones, convocándose una huelga para los días 10, 11 y 12. La respuesta que recibirán será cierres patronales y represión. Como consecuencia, un movimiento cada vez más grande incorporará, a las exigencias laborales, reivindicaciones contra la represión y por la amnistía, no amedrentándose ante las respuestas recibidas. Las movilizaciones serán un éxito: el 16 de diciembre, Getafe se encuentra completamente paralizada. Más de 150.000 trabajadores/as han participado de las mismas.

      Sin embargo, enero será testigo de una mayor agudización aún de las luchas. El día 5 se pone en huelga el Metro, de nuevo con reivindicaciones económicas, a las que se suma la exigencia de una reducción en la jornada de trabajo. Frente a esto, el Estado decidió la militarización del servicio el día 10. El 12, diferentes sectores se van uniendo a la huelga, implicando a más de 400.000 trabajadores/as: Telefónica, Correos, Renfe, Banca, seguros, artes gráficas…Aunque el potencial era mayor, las mejoras conseguidas gracias a las movilizaciones fueron muy importantes, debido al miedo de una burguesía que veía como la situación se le escapaba de las manos.

      Vitoria 3 de marzo

        Los acontecimientos de Vitoria deben encuadrarse en este contexto de luchas y huelgas que tenían lugar a lo largo del Estado. Ya desde 1974 se habían extendido por la zona comités obreros, elegidos en las empresas, y se había creado un organismo que sería fundamental, la Coordinadora Obrera de Vitoria (COV), que reunía a representantes de distintas empresas y había impulsado la unificación de tablas reivindicativas que incluían aspectos como aumento salarial, edad de jubilación a los 60 años, reducción de la jornada laboral, derecho a bajas, etcétera.

        Tras el citado decreto, el 9 de enero Forjas Alavesas se ponía en huelga y celebraba una asamblea, pidiendo la elección de unas comisiones representativas (CCRR) para negociar el conjunto de las reivindicaciones. Al día siguiente, en Mavesa secundaban la huelga 2.000 trabajadores. Las elecciones de comisiones como único interlocutor con los patrones, la celebración de asambleas como método y la huelga se extendieron. A finales de enero, se encontraban paradas nueve empresas más, a las que se sumaban otras con paros parciales. Más de 6.000 trabajadores estaban en huelga. Toda esta lucha se organizaba a través de la COV, convertida en Coordinadora de las Comisiones representativas, compuesta por tres representantes de cada centro de trabajo.

        A las empresas ya citadas se sumaron nuevos sectores, como transportistas y profesorado. Además, se desarrollaron asambleas para extender la huelga y se organizaron manifestaciones a lugares como el Consejo de Empresarios, el 2 de febrero. La detención de tres trabajadores el 12 daría lugar a una asamblea multitudinaria, en la que se convocó una Huelga general para el día 16 pidiendo que se pusiera en libertad a los detenidos y se negociara las reivindicaciones con las CCRR. A esta seguiría otra convocatoria el 23 y, ya la tercera, el 3 de marzo, que exigía la readmisión de los trabajadores despedidos.

        Esta transcurrió con enorme éxito. Diferentes columnas convergieron hacia el centro de la ciudad, con cánticos como “despedidos readmisión”, “somos obreros, únete”, “menos policía, más jornal”, “libertad”. Como afirma J. A. Val del Olmo: “A partir del mediodía Vitoria era de los que estábamos en huelgaiii, y esto a pesar de la presencia y actuaciones policiales para dispersar las columnas.

        A las 17 h. se había convocado una asamblea en la Iglesia de San Francisco, a la que acudieron miles de trabajadores. En torno a la hora de inicio, la policía ordenó el desalojo, pasando a lanzar gases lacrimógenos dentro del edifico. Afuera, golpearon y dispararon sobre la gente que salía. En las grabaciones de la policía que se conservan puede seguirse la intervención, oyéndose los disparos (“hemos tirado más de 2.000 tiros”, dirá uno de los grises). La conversación termina con una frase demoledora: “hemos contribuido a la paliza más grande de la historia”. La consecuencia, más de sesenta heridos graves, cientos de heridos leves y cinco muertos: Pedro María Martínez Ocio (27 años), Francisco Aznar Clemente (17 años), Romualdo Barroso Chaparro (19 años), José Castillo (32 años) y Bienvenido Pereda (30 años).

        Mientras Fraga Iribarne (ministro de Gobernación) y Rodolfo Martín Villa (ministro de Relaciones Sindicales) visitarán a las familias intentando bajar los ánimos, las brutales actuaciones policiales continuarán. Y, del mismo modo, el movimiento no se amedrentará: el día 5, una marea humana acompañó los féretros de los asesinados; y, para el 8 de marzo, se convocó una nueva Huelga general, en la que participarán más de medio millón de personas en Euskadi y Navarra. Y no solo eso, sino que las muestras de solidaridad (con respuesta de la policía incluida), se extendieron por otras partes del Estado.

        El día 14 de marzo, comenzaron las reincorporaciones al trabajo después de meses en huelga, que se fue produciendo conforme se iban logrando acuerdos sobre la readmisión de despedidos y reivindicaciones.

        Cincuenta años después: lecciones aún vigentes

          Los hechos de Vitoria además de aportar importantes lecciones para las y los trabajadores cincuenta años después, sintetizan mucho de lo que fue, lo que pudo ser y lo que no fue la denominada como Transición.

          La toma de conciencia de los trabajadores de aquel momento, que aun vivían en una dictadura (la muerte de Franco no cambió los métodos policiales, como se ha podido comprobar), fue rápida. Conciencia forjada en la lucha, donde dio saltos inmensos. De nuevo citando a J. A. Val del Olmo: “Durante aquellos tres meses los trabajadores habíamos aprendido más que en todos los años anterioresiv.

          Efectivamente, la celebración de asambleas, la elaboración de tablas reivindicativas, la creación de cajas de resistencia, la elección de CCRR, la coordinación de las mismas para poder llevar a cabo acciones comunes…además de cuestiones necesarias para cualquier lucha, eran demostraciones de fuerza. Demostraciones de que no se reconocía la legitimidad ni de los patrones ni del Estado, de que se podían crear espacios de autoorganización y de que en los trabajadores/as, si se ponían, solo mandaban los trabajadores mismos. Un testimonio resume a la perfección ese salto de conciencia, esa confianza ganada: un trabajador de una empresa vitoriana cuenta como convocaron una asamblea sin saber quién iría y que, una vez allí, sabían que el jefe de personal se pasaría, por lo que acordaron no hacer nada, aunque dudaban de si aguantarían. Sin embargo, el jefe vino hasta tres veces y no se movieron. El protagonista cuenta cual fue la sensación: «de sopetón descubres que esa gente que en la fábrica nadie le ha preguntado nada de nada, ni han sido tomados en consideración, no se les ha apreciado para nada…de repente descubren que, una vez que estábamos unidos, ese señor que los tenía acojonados: “¡Cristo!” “¡Hemos podido!”. Entonces empieza una autoestima de nosotros mismos»v.

          Vitoria fue un hecho transcendental. En un marco de movilizaciones y huelgas, la represión no solo no asustó, sino que animó a un movimiento de solidaridad. Que asambleas, coordinaciones y huelgas siguieran extendiéndose era muy peligroso para la élite franquista que ya, al menos una de sus partes, veía necesario poder transitar hacia un régimen liberal, estable, que evitara el peligro de que los trabajadores impusieran un modelo diferente donde empresarios y burgueses no tendrían cabida. El ejemplo portugués estaba muy reciente y había sido un aviso a navegantes. No en vano, los empresarios vitorianos hablaban de que la ciudad era, en aquellos momentos, “un pequeño soviet”vi.

          El gobierno de Arias Navarro, responsable de la matanza de Vitoria, cayó a los pocos meses. El rey, sucesor de Franco, entendía, como la parte “liberal” del régimen, que era necesario ir hacia una solución pactada para poder sobrevivir, y que la mano dura simplemente no sería el camino ante un movimiento obrero en auge. El resto es conocido: ascenso de Adolfo Suárez, que desarrolló una estrategia de pactar con la dirección del movimiento obrero para que actuarán de contención (a lo que se prestaron las direcciones de las grandes organizaciones como el PSEO o el PCE); y transición hacia una “democracia liberal” lo más rápido posible, yendo de “la ley a la ley”, donde las trabajadoras/as tuvieron que ver como sus aspiraciones quedaban en muy poco, ya que, dada la fuerza y las luchas, otro futuro hubiera sido posible.

          i Doménech Sampere, X. (2024): Luchas de clases, franquismo y democracia. Akal: pp. 310-312.

          ii Ibidem: pág. 289.

          iii Val del Olmo, A. (2004): Tres de marzo. Una lucha inacabada. Fundación Federico Engels: pág. 133.

          iv Ibidem: pág. 133.

          v Woods, A. (2021): La gran traición. Análisis marxista de un testigo ocular de la transición. Asociación Lucha de Clases: pp. 185-186.

          vi Ibidem: pág. 197.