FRENTE AL REARME, SUS GUERRAS Y EL GENOCIDIO EN PALESTINA

La situación política internacional se puede caracterizar por una economía mundial atravesada por una crisis estructural del capitalismo, que se desliza hacia una espiral de enfrentamientos entre bloques imperialistas por el control de mercados, rutas y recursos estratégicos. Todo ello en un contexto de cambio climático y desastre ecológico, retos globales que solo pueden enfrentarse desde una cooperación internacional inviable dentro del marco capitalista.

A nivel geopolítico, el ascenso de China como potencia global está acelerando la decadencia de la hegemonía de los Estados Unidos, que en este contexto se está mostrando como un actor cada vez más autoriatio a nivel interno y más agresivo e impredecible en su política exterior, como demuestra su reciente intervención militar en Venezuela y sus continuas amenazas a Cuba e Irán entro otros. Europa, por su parte, vive un retroceso innegable en todos los planos.

En lo económico, la UE ha pasado de representar en 1990 cerca del 25% del PIB mundial a rondar hoy apenas el 14% (datos del FMI, World Economic Outlook), con una industria incapaz de competir con Estados Unidos y China, tal y como refleja su descuelgue en la carrera por el desarrollo de la Inteligencia Artificial. A lo que se le suma una dependencia energética creciente tras el atentado estadounidense contra el gaseoducto Nord Stream 2.

En el plano político-militar: los intereses espurios de la UE por las riquezas naturales del continente africano, continúan alimentando el negocio de la guerra en Sudán y en la República Democrática del Congo, por citar solo algunos de los conflictos más enquistados. Pero los pueblos del Sahel no están dispuestos a seguir tolerando su neocolonialismo ni un segundo más y las multinacionales francesas ya están siendo expulsadas de sus territorios, y los golpes de Estado y magnicidios orquestados desde París, otrora exitosos, hoy fracasan, tal y como denunció el presidente de Burkina Faso el día después del secuestro de Maduro.

Sin embargo, la imagen más ilustrativa de la pérdida de influencia política es la del pasado verano con el conjunto delos líderes de la UE en el despacho oval postrándose sin rechistar ante Trump y sus exigencias en materia comercial y militar. Y es que la sumisión de la Unión Europea frente a la administración Trump, no parece tener límites y esto no hace más que envalentonar al ególatra magnate. Nada más llegar a la Casa Blanca, dejó claro que la UE no pintaría nada en las negociaciones de paz de la guerra en Ucrania. En junio de 2025, obligó, sin esfuerzo, y para regocijo de la industria militar estadounidense, el aumento del gasto militar hasta el 5% del PIB a todos los socios europeos de la OTAN. Dos meses después, logró imponer un nuevo marco para las relaciones comerciales con la Unión Europa verdaderamente humillantes para el viejo continente. Y horas después de su asalto a Venezuela apuntó a Groenlandia como el siguiente paso para afianzar su seguridad energética. El caso de Groenlandia es paradigmático porque recoge todas las aristas de la situación política internacional: la sumisión de la UE ante la creciente agresividad imperialista de EEUU (ya se está negociando un acuerdo que incluso permitirá a EEUU desplegar armamento nuclear en Groenlandia); la carrera interimperialista por asegurarse el control sobre recursos naturales y rutas marítimas que aun a día de hoy no son rentables de explotar y el cambio climático como telón de fondo que con su deshielo imparable del ártico permite la aparición de esas rutas y recursos naturales hasta ahora inaccesibles.

Finalmente, en el ámbito moral y narrativo, la farsa de Europa como “garante de los Derechos Humanos” ha quedado brutalmente desenmascarada con su apoyo al genocidio sionista en Palestina, en el que el imperialismo occidental es cómplice activo e indispensable.


Al fin y al cabo, el Estado de Israel fue —y sigue siendo— un proyecto colonial europeo. La punta de lanza de Occidente para impedir el desarrollo de un mundo árabe que concentra algunas de las mayores reservas de hidrocarburos y que ocupa un emplazamiento geoestratégico clave. Sin el respaldo económico, diplomático y militar de la UE y de EEUU, la maquinaria de guerra israelí quedaría paralizada. La presión social (movilizaciones, huelgas generales y boicots como el que impidieron la conclusión de la Vuelta ciclista a España) contra la barbarie sionista, ha obligado a los gobiernos europeos a escenificar condenas formales, mientras siguen suministrando armas y protegiendo la impunidad de Israel, ahora sumándose también a la “Junta de Paz” orquestada por Trump, en principio para convertir la devastada Gaza en un “Resort veraniego”, pero según las últimas declaraciones de Trump al respecto, sería un proyecto llamado a sustituir a la ONU.

La política de rearme: mecanismo de decadencia y sumisión

En medio de esta distopía cotidiana, la UE presentó en marzo de 2025 el “Plan ReArmar Europa / Preparación 2030”, sentando las bases para un aumento de la inversión en defensa de hasta 800.000 millones de euros en los próximos años, justificándolo como respuesta a la “amenaza rusa”, pasando por alto que Rusia tiene un PIB inferior al de Italia. En la pasada cumbre de la OTAN en Madrid, que Sánchez acogió con fervor, al menos fueron más honestos señalando como la verdadera amenaza el crecimiento del papel de China en el mundo, constituida ya como vanguardia tecnológica y ganando influencia internacional a marchas forzadas, como demuestra el éxito de la última cumbre de la que ya es la mayor organización regional del planeta, la OCS (Organización de Cooperación de Shanghái). Paradójicamente es el presidente del gigante asiático quien no deja de llamar a la desescalada militar; la cooperación internacional e incluso a la defensa del libre comercio a nivel internacional, frente a la política arancelaria de Trump.

El plan de rearme de Europa ocupa ya el centro de los discursos políticos y del foco mediático, desplazando, a la hasta ayer, crucial “Agenda 2030”, parece que el cambio climático deberá seguir esperando un poco más para ser atendido, a pesar de las alertas de la comunidad científica europea, que se ha manifestado públicamente mediante un comunicado en los siguientes términos: “La humanidad se enfrenta a tremendos desafíos globales: el cambio climático, la hambruna en el Sur global, la mayor desigualdad económica de la historia, los riesgos crecientes de pandemias, la guerra nuclear. Lo último que necesitamos hoy es que el Viejo Continente pase a convertirse en un nuevo señor de la guerra”.


No cabe duda que la política de rearme en Europa nos conduce al reforzamiento de su sumisión a los intereses norteamericanos, a la adopción de políticas internas más autoritarias y a una creciente militarización de la vida pública. Países como Austria, Chipre, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Grecia, Letonia, Lituania, Noruega o Suecia han reinstaurado o ampliado el servicio militar obligatorio. Francia y Alemania ya han anunciado nuevas medidas para incentivar el alistamiento voluntario entre su juventud, la cual está respondiendo en las calles. Y es que la política de rearme tiene un reflejo en la política interior, aumentando las leyes represivas contra la protesta, el control policial de la disidencia interna y los recortes en servicios públicos para liberar fondos destinados al rearme y ofrecer nuevos mercados al capital internacional, tratando de dilapidar más de un siglo de conquistas políticas y sociales de la lucha obrera. A pesar de que últimamente Pedro Sánchez trate de abanderar la retórica soberanista de un ejército europeo, basta con atender a las palabras del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, preguntado al respecto de un posible ejército europeo, para calcular la realidad de dicho proyecto: “Pueden seguir soñando”.

Ninguna confianza en nuestros gobiernos

El gobierno de coalición PSOE–Sumar, se ha plegado sin ambages a la política de rearme, situando el presupuesto de Defensa por encima de los 30.000 millones de euros, tras comprometer el 5% del PIB en la cumbre de la OTAN en La haya el pasado junio. Sin embargo, el aumento del gasto militar ha sido una constante desde la anterior legislatura aun con Podemos en el Gobierno. Y no hace falta ser matemático para saber que si sube el porcentaje en defensa bajará el de otras partidas presupuestarias, como la de educación que encabeza el ranking de las damnificadas con 2.900 millones de euros menos, pero las partidas de sanidad o transición ecológicas tampoco quedarán indemnes.

En cuanto al genocidio en Palestina Sánchez se atrevió incluso a anunciar “sanciones unilaterales” al calor de las movilizaciones masivas y los casos de corrupción en la cúpula de su Partido, aunque tras abrazar con entusiasmo el insultante acuerdo de paz de Trump, no cabe duda, que mantendrá las relaciones con el Estado terrorista de Israel intactas, como viene haciendo desde hace dos años. Hasta el Rey ha afeado la conducta de Israel en la sede de la Naciones Unidas y es que como gran embajador del capital español que ha sido y es la casa real, sabe perfectamente que el posicionamiento público contra Israel, aunque sea meramente simbólico, fortalece las relaciones económicas con los regímenes árabes como la dictadura wahabita de Arabia Saudí.

Entre imperios anda el juego

El cacareado éxito que ha podido vender Trump a su electorado tras no conceder ni una sola víctima en su “primera gran intervención militar” es imposible de explicar sin la connivencia de Rusia y China, hasta ahora, pilares para el sostén del proyecto bolivariano. Todo parece apuntar a un reparto geopolítico de zonas de influencia que recuerda a las peores prácticas del siglo XIX. Moscú y Beijing, a pesar de sus discursos sobre la «multipolaridad», no movieron un solo dron en defensa de su aliado en Caracas.

Si la pasividad rusa, hoy en el Caribe y ayer en Siria, parecen ser la moneda de cambio para que Washington reconozca el triunfo de Putin en Ucrania y empuje a Europa a aceptar ese nuevo mapa. China, por su parte, tras ver cómo sus inversiones en Venezuela caían drásticamente desde 2018, ha optado por un silencio calculado, redirigiendo su mirada hacia otros mercados y aceptando, por ahora, la hegemonía estadounidense en lo que Trump denomina su «vecindario estratégico», a la espera, quién sabe, del momento propicio para recuperar Taiwan. Para los sectores de la izquierda institucional, a los que no le bastaba el abandono de los pueblos palestinos o saharauis para desmitificar los regímenes ruso y chino, lo acontecido en Caracas supone una lección dolorosa: ni Rusia ni China representan una alternativa antiimperialista, ni mucho menos socialista.

La movilización es nuestra única arma

Frente a esta carrera armamentística, no faltan advertencias. Los principales medios del mundo especulan ya sobre el riesgo de una tercera guerra mundial. A pesar de que esto significaría, literalmente, el fin de la vida humana tal como la conocemos. Y aunque nunca hay que subestimar la estupidez de quienes nos gobiernan en el marco de un sistema productivo completamente irracional y antisocial como lo es el capitalismo, es cierto que el escenario internacional que se presenta más probable se encamina hacia una multipolaridad inestable, donde las tensiones interimperialistas se traduzcan en choques cada vez más frecuentes, eso sí, en escenarios secundarios.

En cualquier caso, será la lucha de clases la que marcará el devenir de los acontecimientos, pues, la partida está abierta y la juventud y los y las trabajadoras del mundo no pueden depositar sus esperanzas en los gobiernos y mucho menos en las élites económicas a las que sirven. Es nuestra responsabilidad organizarnos y movilizarnos, haciendo uso de nuestras herramientas históricas como la huelga, porque sin nosotras nada se mueve. Paremos el genocidio sionista en Palestina; acabemos con la locura militarista y con el putrefacto capitalismo que los alimenta. Porque ante el escenario de guerra que nos imponen, la movilización social es nuestra única arma.