A pesar de las divisiones dentro de las direcciones sindicales, en Italia, la juventud y la clase trabajadora desataron el pasado 22 de septiembre una movilización inesperada. Esta fecha llevó días después a la izquierda anticapitalista y revolucionaria y al sindicalismo combativo a analizar qué se puede extraer de los efectos del movimiento y cómo proporcionar un punto de referencia político a quienes desean poner fin a la masacre en Gaza.
La huelga general por Palestina en Italia del 22S llamada a “bloquearlo todo”, promovida por la Unión Sindical de Base, la CUB y la SGB, fue un éxito político innegable y de movilización masiva, superando las expectativas, en apoyo a la flotilla Global Sumud y contra el aumento militar. Las 80 manifestaciones celebradas e ciudades, grandes y pequeñas, contaron con una participación excepcionalmente numerosa (más de un millón a nivel estatal, 300.000 en Roma), principalmente de jóvenes, estudiantes de secundaria y universitarios, que llenaron calles y plazas imbuidos de un espíritu militante radical.
En grandes ciudades como Milán, Turín, Nápoles y Bolonia incluso las cifras de participación proporcionadas por la policía superaron con creces todas las previsiones, y aunque no se pudo hablar realmente de una huelga general, se produjeron numerosos paros, especialmente en escuelas, almacenes logísticos y transporte público: a Salvini, ministro de Transporte, no le quedó más remedio que reconocer un seguimiento del 25% en los trenes regionales. Los taxistas también pararon y los empleados del Vaticano; los puertos estaban bloqueados y grupos estudiantiles ocuparon universidades y se cerraron tiendas en señal de apoyo.
Es innegable que la importancia de estas manifestaciones, que sorprendieron en masividad a la dirección de la CGIL, marca un gran avance en el movimiento de solidaridad con el pueblo palestino en Italia y en el paso adelante de una generación joven. Estas manifestaciones también sirvieron como prueba del nuevo decreto-ley «DDL Sicurezza», que prevé multas y penas de prisión por bloquear edificios públicos o el tráfico, algo que los manifestantes no dudaron en desafiar en muchos lugares.
Así, cuando la noche del 2 de octubre fue interceptada por el ejército sionista la flotilla Global Sumud, la CGIL, presionada por sus bases, la USB y otros sindicatos de base convocaron huelga para el día siguiente y manifestaciones en toda Italia. Se trató de la puesta al descubierto de la conexión inmediata entre la masacre en Palestina y la vida cotidiana de la clase trabajadora italiana. Gaza estaba presente en las terminales de carga de los puertos de Génova y Livorno y en los flujos ferroviarios entre Milán y Bolonia, la columna vertebral del país.
La CGIL estimó 2 millones de manifestantes y un 60% de seguimiento, cifras difíciles de calcular, ya que estas manifestaciones se produjeron de forma espontánea, sin previo aviso a la prefectura. Se produjeron bloqueos en puertos y aeropuertos, estaciones de tren y carreteras de las principales ciudades. Al bloquear los envíos de armas a Israel, los estibadores de Génova, seguidos por los de otros puertos, hicieron creíble el lema “¡Bloqueemos todo!”. Como dato, la estación romana de Termini fue ocupada intermitentemente en repetidas ocasiones, e igual ocurrió en las estaciones de Milán, Nápoles y Bolonia.
La huelga tuvo gran repercusión sobre todo en el transporte, las escuelas y los hospitales, pero también en muchas empresas privadas, como las del sector metalúrgico, en el que se paralizaron todas las líneas de montaje. Las multitudinarias manifestaciones no tuvieron precedentes e incluso afectó a la televisión pública: en la RAI3, el informativo de la noche fue inusualmente breve pues muchos periodistas estaban en huelga. El 3 de octubre fue un acto de internacionalismo concreto, pero también la manifestación de un malestar acumulado durante años. Gaza fue la chispa, pero el polvorín fue la composición social italiana, cansada de la connivencia de la burocracia sindical y los gobiernos.